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Ni vienen de los lobos ni hay que tratarlos como bebés: el peligro de ignorar la naturaleza de los perros vistiéndolos con disfraces de princesa o sometiéndolos para ser el 'alfa'

Дата публикации: 10-10-2026 05:00:00


La sociedad oscila entre dos extremos a la hora de relacionarse con los perros: el mito de su herencia salvaje y la infantilización desmedida de sus animales; la etología advierte que ambos polos distorsionan la realidad


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Venimos de una creencia arraigada de que el perro es un lobo evolucionado. Bajo esta premisa de lupomorfismo, cualquier conducta canina —desde tirar de la correa hasta gruñir o proteger un juguete— se interpretaba como intento de dominar, lucha por la jerarquía o pulso por liderar la “manada”. De ahí surgieron técnicas de adiestramiento tan extendidas como punitivas: el llamado alpha roll, que consiste en tumbar al perro en el suelo y someterlo por la fuerza; los toques bruscos en el cuello, que pretenden imitar la mordida correctiva de otro perro; o herramientas como el collar de ahogo y el collar eléctrico, diseñadas para castigar mediante el dolor o la asfixia parcial.

Esta teoría se fraguó en la década de 1940, a raíz de estudios con lobos en cautividad dirigidos por el etólogo Rudolph Schenkel. Sin embargo, décadas después, biólogos como David Mech desmintieron formalmente el concepto de “lobo alfa”, al comprobar que la jerarquía rígida observada en cautiverio no se reproduce en las manadas salvajes, que en realidad funcionan como grupos familiares. Trasladar esos patrones —ya de por sí erróneos— a los perros domésticos es un doble error que solo ha servido para justificar adiestramientos disciplinarios.

El péndulo opuesto es la trampa del bebé

En los últimos años, la sociedad ha pasado del “es un lobo” al extremo contrario: la infantilización desmedida del perro. Este fenómeno lo equipara a un bebé humano, poniendo el foco exclusivamente en su dependencia y su vulnerabilidad, y llevándolo a una pérdida casi total de agencia sobre su propio comportamiento.

Esta tendencia se observa a diario en muchos hogares: perros a los que se les lava minuciosamente la cola, la cara y las patas siempre que vuelven del exterior, o que cuentan con armarios enteros de disfraces y paseos en bolsos o en cochecitos sin una necesidad detrás que lo justifique. 

Dos perros disfrazados para una sesión de fotos.

Dos perros disfrazados para una sesión de fotos.Getty Images

En muchos casos, se les prohíbe rotundamente olfatear el suelo durante el paseo para que no lleguen “sucios” a casa y en casos más extremos, se les llega a prohibir interactuar con otros perros e incluso limitar las salidas de casa.

Sin embargo, privar a un perro de explorar su entorno a través del olfato —su principal sentido cognitivo— supone recortar drásticamente su bienestar. Una revisión sistemática sobre el antropomorfismo publicada en la revista Animals señala que tratar al perro como si fuera un niño pequeño desencadena problemas físicos, como el aumento de la obesidad por el exceso de premios, y trastornos emocionales graves, como la hiperdependencia y la ansiedad por separación.

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Los extremos no son buenos: la riqueza de los grises

Al intentar encasillar al perro entre el lobo y el bebé indefenso, perdemos de vista lo que realmente lo hace único como especie: un lenguaje propio, una enorme flexibilidad social y una capacidad de adaptación al entorno humano que no tiene rival en el reino animal.

En la ciencia del comportamiento explican que lo mas importante son las escalas de grises y no quedarnos en blancos o negros. Existen tantos perros diferentes como relaciones posibles con las personas, y ahí reside la verdadera riqueza de la convivencia. Respetar a un perro no significa someterlo para ser el “alfa” de la casa, ni tampoco vestirlo con trajes de princesa o impedirle pisar el barro. Significa ejercer una tutoría responsable que le proporcione seguridad, afecto y límites claros, y que le permita, sobre todo, ser, oler y actuar como lo que realmente es: un perro.

Respetar a un perro no significa someterlo para ser el “alfa” de la casa; pero tampoco vestirlo con trajes de princesa

Lo que dice la Ley

En España, la Ley de Bienestar Animal (Ley 7/2023) prohíbe de forma explícita el uso de métodos de adiestramiento que infligen dolor, miedo, ansiedad o sufrimiento al animal, así como cualquier conducta —por acción u omisión— que le cause dolor, sufrimiento o lesión, perjudique su salud o provoque su muerte cuando no esté legalmente amparada.

En su artículo 27, la norma recoge una serie de prohibiciones específicas para los animales de compañía, entre los que se incluyen los perros domésticos. Dentro de ese listado, el apartado es especialmente relevante para el mundo del adiestramiento: prohíbe el uso de cualquier herramienta de manejo que pueda causar lesiones al animal, “en particular collares eléctricos, de impulsos, de castigo o de ahogo” (BOE, 2023).

En la práctica, esto supone el fin legal de los collares eléctricos, de ahorque y de pinchos: cualquier persona que utilice alguno de estos dispositivos, o cualquier otra herramienta que pueda dañar al animal con el fin de dirigir, controlar o castigar a su perro, se expone a una denuncia y a una sanción económica.

La Ley 7/2023 se suma así a una tendencia creciente, tanto científica como social, que apuesta por métodos de adiestramiento más respetuosos con el perro, basados en el refuerzo positivo y en la modificación de conducta desde un enfoque cognitivo-conductual. Una tendencia que, en el fondo, no hace sino confirmar lo que la etología lleva años señalando: ni lobo ni bebé, solo perro.

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