El veterinario explica que las recompensas deben asociarse al comportamiento que queremos reforzar, y distingue entre enseñar una conducta concreta y ayudar al perro a gestionar situaciones que le generan miedo
Dar una golosina a un perro después de un paseo o una visita al veterinario parece una forma lógica de premiar su buen comportamiento. Sin embargo, el momento en el que se ofrece la recompensa importa tanto como el premio en sí. Si el animal no consigue relacionarla con lo que acaba de hacer, difícilmente aprenderá qué conducta queremos que repita.
El veterinario Juan Manuel Liquindoli ha abordado esta cuestión en Instagram y ha explicado por qué entregar una recompensa al llegar a casa no equivale necesariamente a reforzar el comportamiento que el peludo ha tenido durante el paseo. Bajo su punto de vista, la clave está en entender cómo aprenden los animales y distinguir entre dos mecanismos: el condicionamiento clásico y el condicionamiento operante.
Por qué no siempre funciona premiar al perro al llegar a casa
Liquindoli pone dos ejemplos cotidianos: una persona que lleva a su perro al veterinario y le da una golosina porque se ha portado bien, y otra que hace lo mismo después de volver de la calle. Aunque la intención sea premiar al animal, el veterinario advierte de que, si la recompensa llega cuando ya ha terminado la situación, el perro puede no asociarla con la conducta concreta que se pretendía reforzar.
Para enseñar comportamientos, como acudir cuando lo llaman, resulta más útil ofrecer el premio inmediatamente después de que el perro responda correctamente. Así, la consecuencia positiva queda vinculada a la acción y aumenta la probabilidad de que vuelva a repetirla.
Este mecanismo se conoce como condicionamiento operante. El educador y adiestrador canino Alejandro Martínez explica que este aprendizaje se basa en las consecuencias de las conductas: aquellas que obtienen resultados agradables pueden fortalecerse, mientras que otras pueden disminuir cuando dejan de recibir el refuerzo que las mantenía.
Por ejemplo, si el perro acude al escuchar su nombre y recibe una pequeña recompensa justo entonces, puede aprender que responder a esa llamada merece la pena. En cambio, premiarlo varios minutos después, cuando ya está haciendo otra cosa, dificulta que identifique qué acción ha provocado la recompensa.
Condicionamiento clásico: asociar el veterinario con algo positivo
El objetivo cambia cuando no se busca enseñar una conducta, sino modificar la respuesta emocional del animal ante una situación que le produce miedo o estrés. En estos casos entra en juego el condicionamiento clásico, que permite crear asociaciones entre una experiencia y un estímulo positivo.
Liquindoli explica que una visita al veterinario puede resultar desagradable para algunos perros por los olores, los ruidos, la manipulación y los procedimientos que experimentan. En lugar de esperar hasta el final para premiar que se hayan portado bien, propone ofrecer pequeños trozos de comida durante la propia sesión, por ejemplo, al subir a la camilla o mientras se prepara una intervención.
La finalidad no es recompensar una conducta concreta, sino ayudar al perro a asociar ese entorno con experiencias agradables. La misma estrategia puede adaptarse a otros contextos que le generen inquietud, como los viajes en coche.
Esto no significa que una golosina vaya a eliminar automáticamente el miedo. El trabajo debe adaptarse a cada animal y procurar que la exposición no sea tan intensa que aumente su malestar.
Premiar también implica decidir cómo educamos
La elección de los métodos de adiestramiento tiene implicaciones que van más allá de conseguir que un perro obedezca. Un estudio de la Universidad de Copenhague en colaboración con la Universidad de Edimburgo, publicado este año, analizó las respuestas de 500 propietarios estadounidenses y encontró una asociación entre sus ideas sobre la ética animal y los métodos que utilizaban. Quienes daban más importancia al bienestar y a los derechos de los animales tendían a recurrir menos a métodos punitivos.
Los resultados no demuestran que todos los propietarios actúen igual ni permiten establecer una relación causal, pero invitan a reflexionar sobre la educación canina. Reforzar las conductas deseadas no significa permitirlo todo, sino enseñar de forma clara y respetuosa.