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Dos décadas de cocina con raíces extremeñas

Дата публикации: 18-09-2026 10:57:50

La Abadía, en Puebla de Sancho Pérez, lleva 19 años creciendo. Hoy reciben clientes llegados de toda España, pero el éxito también les plantea una pregunta difícil: cómo seguir creciendo sin que el sueño termine por desbordarlos

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Irene Toribio

18/09/2026 Actualizado a las 12:57h.

Hay algo curioso en el éxito: a veces, cuando por fin llega, no se parece demasiado a lo que uno había imaginado. Puede que venga acompañado de alegría, de orgullo y de esa satisfacción difícil de explicar que aparece cuando alguien reconoce el valor de todo lo que has construido. Pero a veces le acompaña el miedo. Y eso es precisamente lo que siente hoy José Navarro cuando mira a su alrededor y es consciente de hasta dónde ha llegado La Abadía. «La verdad es que ha subido como un tiro y a mí esas cosas me preocupan también», reconoce.

En Puebla de Sancho Pérez, un pequeño municipio pacense de unos 2.634 habitantes, su restaurante se ha convertido en un destino al que muchos comensales llegan expresamente. Algunos desde Badajoz o Sevilla, otros desde Málaga o Barcelona. Incluso recuerda a una familia que viajó desde Oporto para llevarse algunos de sus platos y disfrutarlos en Nochevieja. No estaban de paso. Habían ido a La Abadía.

Lo cuenta sin perder la sonrisa y con una emoción que él mismo reconoce en nuestra conversación, pero con la conciencia de quien sabe que detrás de cada mesa ocupada hay mucho más que una reserva confirmada. Hay una responsabilidad, un equipo que coordinar, una cocina que sostener y una exigencia que no entiende de horarios. Porque José no vive el éxito como una meta alcanzada. Lo vive, sobre todo, como un nuevo desafío.

Un sueño que empezó hace 19 años

La historia de La Abadía no nació de una gran estrategia empresarial ni de una campaña publicitaria. Nació de una vocación que José llevaba dentro desde mucho antes de abrir las puertas del restaurante.

De madre churrera y padre taxista, su pasión por la hostelería creció con él. Sus padres abrieron un bar en común y a los 18 años decidió emprender por su cuenta, primero con un bar de tapas, después en el mundo de la noche y, finalmente, en la restauración. Siempre en Puebla de Sancho Pérez. Siempre en el mismo lugar: su casa. Un hogar al que hoy llegan personas que, en muchos casos, tienen que desviarse expresamente para sentarse a su mesa.

La Abadía cumplió 19 años el pasado 21 de agosto. Casi dos décadas de trabajo en las que José y su mujer, Eva María, han ido construyendo un proyecto que hoy tiene una dimensión que ni ellos mismos imaginaron al principio. Aunque hay algo permanece intacto; la filosofía con la que comenzaron. «Yo aposté desde el primer momento por la calidad y no cambié nunca ni voy a cambiar», explica José.

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Cuando empezaron, hubo quien les dijo que estaban locos. Apostar por una materia prima de calidad en un pueblo pequeño, con los precios que eso implica, no parecía una decisión sencilla. José, sin embargo, tenía claro que no quería construir su negocio sobre otra cosa.

Le costó que la gente empezara a probar, que volviera, que recomendara el restaurante. Pero aquella apuesta terminó convirtiéndose en uno de los pilares de su trayectoria. «Hoy, gracias a eso, estamos donde estamos».

Hay un momento en la conversación en el que José reconoce que la repercusión de La Abadía le sorprende. No tanto por el hecho de que venga gente de fuera, sino por la dimensión que ha adquirido esa respuesta.

El restaurante recibe, según calcula, alrededor de un 90% de clientela de fuera del pueblo. Las llamadas para reservar se suceden y la afluencia, que antes se concentraba especialmente en los fines de semana, también se ha hecho notar entre semana.

Es el tipo de crecimiento con el que muchos negocios sueñan. Sin embargo, José no habla de cifras ni de expansión. Habla de preocupación. «Llega un momento que también me preocupa y me da un poco de miedo», confiesa. Su inquietud tiene una explicación muy concreta: no quiere que la demanda crezca más deprisa que la capacidad de atenderla.

En su caso, el éxito no consiste simplemente en llenar todas las mesas posibles. Consiste en poder seguir haciendo las cosas como cree que deben hacerse. Y ahí aparece una de las grandes paradojas de su historia: cuanto más crece La Abadía, más importante se vuelve proteger aquello que la ha llevado hasta aquí.

«La gente me decía que estaba loco y que no veían esto viable en un pueblo»

Al frente de La Abadía están José y Eva María, una pareja que comparte mucho más que un negocio. Los dos llevan la cocina y se reparten una actividad que ocupa prácticamente las 24 horas de su día. Por supuesto, cuentan con un equipo que les acompaña en su empeño. Entre ellos su hijo mayor, de 21 años, que también colabora mientras continúa estudiando.

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La posibilidad de que el negocio pase algún día a la siguiente generación aparece en la conversación, aunque José no termina de tener claro que quiera ese destino para sus hijos: «Yo me exijo mucho. Mi manera de hacer las cosas es hacerlas muy bien y eso genera un estrés que, por lo menos por mi parte, no me gustaría para mis hijos», reconoce.

Una reflexión que dice mucho de su manera de entender el oficio. Hay orgullo en lo que ha construido, pero también una conciencia muy clara del esfuerzo que exige mantenerlo: «Son 24 horas pensando en la restauración». Piensa en la carta, en los nuevos platos, en los proveedores, en cómo encontrar la mejor materia prima. Incluso cuando descansa, su cabeza sigue en el restaurante.

Y esa dedicación, que ha sido parte fundamental de su recorrido, es también una de las razones por las que el crecimiento le impone tanto respeto. Crecer, sí, pero sin perder el control de aquello que hace especial a La Abadía.

«El mejor atún de Extremadura»

Su cocina tiene una raíz extremeña, con productos de la tierra como los ibéricos, los quesos o la ternera retinta, pero también se abre a ingredientes de otros lugares. La calidad, insiste, es el criterio que guía sus decisiones, de hecho no titubea al considerar que sirve «el mejor atún de Extremadura».

No quiere dirigirse exclusivamente a un público «de alta gama». Su intención es llegar a distintos perfiles de clientes, aunque eso no signifique renunciar a una materia prima que tiene un coste. «No es porque queramos cobrar más caro, sino porque la calidad la tengo que cobrar».

En esa defensa del producto hay una forma de entender el negocio que no parece haber cambiado con los años. José quiere que quien se siente a su mesa entienda lo que hay detrás de cada plato. Y, sobre todo, quiere que la experiencia esté a la altura de las expectativas de quienes han recorrido kilómetros para llegar hasta allí.

Porque el boca a boca que les ha llevado tan lejos también implica una responsabilidad: cada nuevo cliente llega con una recomendación previa, con una historia que alguien le ha contado y la ilusión de comprobar por sí mismo si merece la pena el viaje.

La emoción de un éxito cargado de sacrificio

Y entonces, cuando le pregunto qué le gustaría que sintieran los clientes al salir de La Abadía, José se emociona. No habla de cifras, ni de reservas, ni de hasta dónde ha llegado el restaurante. Habla de las palabras de quienes se sientan a su mesa. De esas personas que llegan desde Málaga y se sorprenden de poder comer un atún así en un pueblo del interior, o de quienes comparan su cochinillo con el que han probado en Segovia.

Pero detrás de esas palabras bonitas hay una historia que no siempre se ve. La de la inversión que hicieron para poner en marcha el restaurante, la de los primeros años, cuando apostar por la calidad en un pueblo pequeño no parecía una decisión demasiado sensata, y la de tantas horas de trabajo que han tenido que dejar por el camino.

«El sufrimiento que hemos pasado nosotros aquí en un pueblo, de meternos en la cantidad de dinero que nos metimos en este restaurante y pasarlo mal hasta que hemos sido lo que somos, son muchas horas de trabajo por detrás», confiesa.

José se emociona al recordarlo. Y es entonces cuando el éxito adquiere otra dimensión. Porque detrás de La Abadía, de las reservas y de los clientes que llegan de todas partes, hay una pareja que ha dedicado buena parte de su vida a sacar adelante un sueño: «Hoy día lo único que te mantiene son estas cosas bonitas. Si no fuera por esas palabras, no estaríamos aquí».

Quizá ahí esté la verdadera medida de todo lo que han conseguido. No en cuántas personas vienen de fuera ni en cuántas mesas llenan cada día, sino en que, después de tantos años y tanto sacrificio, todavía haya palabras de un cliente capaces de conseguir que se le salten las lágrimas.

Porque a veces, para descubrir algo extraordinario, solo hay que desviarse un poco del camino.

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