Ayer cogimos el 5º vuelo interno de este Dakar. Después de hacer un reportaje hasta las 3 de la mañana para mostrar el trabajo de los mecánicos, muchos sin dormir (su pan de cada día), me dirigí a la tienda para dormir dos horas antes de ir hacia Bisha. Los pilotos no llegarán a este vivac hasta hoy tras pasar la noche en el campamento refugio, a 4 horas por carretera de aquí.
Redactor Motor y Polideportivo
Bisha (Arabia Saudí)
Actualizado a 14/01/2026 07:00 CET
Ayer cogimos el 5º vuelo interno de este Dakar. Después de hacer un reportaje hasta las 3 de la mañana para mostrar el trabajo de los mecánicos, muchos sin dormir (su pan de cada día), me dirigí a la tienda para dormir dos horas antes de ir hacia Bisha. Los pilotos no llegarán a este vivac hasta hoy tras pasar la noche en el campamento refugio, a 4 horas por carretera de aquí.
Cada año tengo la misma tentación: ir allí para verlos arreglar sus vehículos con sus manos y ver cómo Sainz, Loeb y otros montan sus tiendas y hacen una hoguera en el desierto. Captar esa esencia y hacer un reportaje. Hay un problema: en un lugar tan aislado, la conexión es nula. No podría escribir. Quizás enviar un correo. Arriesgado.
Pensé en acudir a una salida de etapa o a mitad de especial para contar dicha vivencia, pero las distancias son tan largas que eso supone 3 o 4 horas de ida y las otras tantas de vuelta.
Varios compañeros pudieron ir, y cuando regresaron, la etapa ya había terminado hace rato. Suerte que no lo hicimos. Sería imposible entregar las crónicas a tiempo. Y si algo ocurre en carrera durante la mañana, el problema sería mayor. Lo hice una vez, en 2020, en la salida hacia la etapa maratón.
Llegué a una enorme duna y me encontré a un ingeniero malagueño que trabajaba en pleno desierto, en el sector del petróleo. “Aquí ha volcado Fernando Alonso”, nos decía. Abrí la boca. No había cobertura. No podíamos llamar, ni escribir. Éramos los primeros en saberlo, pero no podíamos contarlo. Misión imposible.