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Miranda celebró bajo la sombra de la Luna sus 83 segundos de oscuridad

Дата публикации: 13-08-2026 13:35:55

La Luna cubrió el Sol a las 20:27:48 horas y la ciudad respondió con aplausos y vítores desde La Picota, las canteras y otros puntos de observación

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Celia Miguel

13/08/2026 a las 15:35h.

A las siete y media de la tarde, las calles de Miranda quedaron prácticamente vacías. El éxodo hacia los distintos puntos de observación de un fenómeno inédito en varias generaciones se hizo evidente tras semanas de expectación. El eclipse solar que durante días había intervenido en conversaciones, escaparates, agendas y hasta horarios laborales acababa de convertirse en realidad: la Luna avanzaba sobre el Sol. Todo ello, ante la atenta mirada de miles de personas que aguardaban el momento culmen: los 83 segundos de oscuridad.

La tarde había comenzado, sin embargo, de una manera muy distinta. Bajo un sol abrasador y con temperaturas que todavía rondaban los 40 grados, se percibía una especie de calma tensa. De una manera u otra, el eclipse había conseguido instalarse en la conversación de toda la ciudad. «Yo voy a ir a verlo a La Picota», comentaban unos. «Yo al parking de caravanas, al lado de la comisaría», respondían otros. También había quien prefería mantenerse al margen o quien, a última hora y sin gafas homologadas, confiaba en poder observarlo durante la totalidad.

Hasta el cielo pareció querer añadir algo de suspense. Hacia las 18:00 horas comenzaron a aparecer algunos cúmulos sobre el perfecto manto azul que había acompañado la jornada. «A ver si se va a nublar después de tanta expectación», conjeturaban quienes ya empezaban a mirar hacia arriba con preocupación. Finalmente, todo quedó en un pequeño susto. Pasadas las siete, el cielo recuperó la infinitud de su azul y entonces Miranda comenzó a desplazarse.

Imagen principal - Cielo de Miranda a las 17:45 horas del miércoles 12 de agosto

Cielo de Miranda a las 17:45 horas del miércoles 12 de agosto. (CM)

Poco a poco Miranda se sumió en la oscuridad

A medida que se acercaban las 19:30 horas, los mirandeses fueron abandonando las calles para ocupar los lugares desde los que habían decidido contemplar el eclipse. Sillas plegables, mochilas, gafas homologadas e incluso bocadillos componían el particular equipaje de quienes habían convertido la tarde en un irrepetible plan de verano.

El aparcamiento de caravanas situado junto a la comisaría de la Policía Nacional, las barandillas de los puentes Carlos III y de Hierro, los montes próximos al cementerio nuevo y las canteras fueron algunos de los puntos seleccionados para la observaciónn. Pero por encima de todos ellos, La Picota se convirtió en uno de los grandes centros de reunión.

A las siete de la tarde ya había personas subiendo al cerro que, poco a poco, fue llenándose. «Subimos a las siete de la tarde y ya había gente y muy buen ambiente», explica Marisa, una de las vecinas que escogió La Picota para contemplar el fenómeno. También llegaron visitantes de fuera. Los acentos extranjeros que durante los últimos días habían comenzado a hacerse habituales en las calles de Miranda se mezclaron con los de los mirandeses que buscaban el mejor lugar para contemplar un acontecimiento que la ciudad no vivía desde 1905. La espera se hizo, quizás, un poco larga, pero a las 19:32:44 horas comenzó el espectáculo.

Imagen principal - Multitud de personas escogieron La Picota como punto de observación

Multitud de personas escogieron La Picota como punto de observación. (CM)

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Durante los primeros minutos apenas había nada que permitiera advertir que algo extraordinario estaba sucediendo. El Sol continuaba brillando con fuerza y el calor de agosto seguía pegándose al cuerpo. No obstante, bastaba con colocarse las gafas homologadas ante los ojos para descubrir que algo excepcional había comenzado: un Sol ya falciforme comenzaba a ocultarse tras una pequeña Luna que, lentamente, se deslizaba sobre el disco solar.

Para quienes no llevaban gafas, el eclipse resultaba prácticamente imperceptible, la iluminación del entorno apenas se había alterado, pero la Luna continuaba avanzando y, poco a poco, la tarde comenzó a cambiar.

Hacia las 20:15 horas, la luz perdió intensidad de manera evidente, los colores comenzaron a apagarse y las sombras adquirieron una apariencia diferente; en las zonas más naturales, algunos observadores percibieron incluso alteraciones en el comportamiento de los animales. Y mientras tanto, los nervios contenidos durante toda la tarde comenzaron a aflorar.

«¡Que ya viene!», se escuchaba entre quienes llevaban más de una hora esperando. Todavía faltaban unos minutos, pero el cielo ya se veía diferente, hasta que, finalmente, a las 20:27:48 horas se produjo el clímax del espectáculo: comenzó la totalidad.

Emoción total

La transformación fue inmediata. La luz del día desapareció y Miranda quedó sumida en una oscuridad impropia de aquella tarde de agosto. La corona solar, adornada al inicio por rojizas perlas de Baily, apareció alrededor de la silueta de la Luna y algunas estrellas comenzaron a hacerse visibles en un firmamento, dominado por la luz solar apenas unos minutos antes.

La reacción fue unánime en los principales puntos de observación. Primero llegó el clamor de la sorpresa y, acto seguido, los aplausos. Los vítores de quienes se habían concentrado en La Picota, las canteras y otros puntos elevados podían escucharse incluso desde la distancia. Sea como fuere, durante 83 segundos, Miranda pareció detenerse.

«Estaba con las gafas puestas y de repente dejé de ver; me quité las gafas y solo pude exclamar '¡Oh!'», relataba Ernesto, uno de los asistentes, para describir el instante en el que la totalidad convirtió el fenómeno en un espectáculo completamente distinto. De hecho, no hacía falta estar en uno de los grandes puntos de observación para que el eclipse —valga la redundancia— lo eclipsara todo.

«Estábamos trabajando y de repente se hizo de noche. En lo que tardé en servir una caña, pude ver por la puerta que se hacía de día otra vez», explicaba una camarera con turno de tarde. En otros centros de trabajo, la actividad pudo detenerse durante unos instantes para permitir que los empleados contemplaran el acontecimiento. «La fábrica estaba parada y todo el mundo viéndolo», resumía otro de los testimonios recogidos durante la tarde.

En La Picota, la emoción desbordó la expectación previa. Quienes habían acudido al cerro desde primera hora pudieron contemplar el fenómeno rodeados de decenas de personas y, una vez el Sol quedó completamente cubierto, retiraron con cautela las gafas para observar directamente la totalidad.

«Me sorprendió ver que había más luz de la que imaginaba», reconocía María, una de las vecinas que contempló el eclipse desde este punto. Allí el ambiente se convirtió durante unos instantes en toda una celebración: se aplaudió la oscuridad pero también el retorno de la luz.

Otros optaron por alejarse de las concentraciones y buscaron pequeños miradores naturales desde los que contemplar la ciudad y el cielo en soledad. Fue el caso de Borja, un observador que decidió ascender por encima de las canteras de Bardauri, hasta un pequeño llano con vistas sobre Miranda.

Imagen principal - Nadie quiso perderse el eclipse

Imagen secundaria 1 - Nadie quiso perderse el eclipse

Imagen secundaria 2 - Nadie quiso perderse el eclipse

Nadie quiso perderse el eclipse. (BC)

La zona acumulaba ya decenas de coches y personas cuando decidió continuar subiendo hasta encontrar un espacio prácticamente vacío. «Me ha parecido un auténtico privilegio disfrutar del fenómeno en este paraje», relataba después. «La totalidad me ha emocionado muchísimo, incluso me ha alterado» reconocía, pero no fue el único con el corazón agitado. Según su propio relato, los pájaros comenzaron a sobrevolar el cielo mucho más inquietos en ese preciso instante e incluso un caballo de una finca cercana comenzó a relinchar durante la oscuridad. «Ha sido espectacular, una pasada», sentenciaba.

Ochenta y tres segundos después, a las 20:29:11 horas, la totalidad terminó. Entonces, la Luna continuó su recorrido y el Sol comenzó a recuperar progresivamente su protagonismo. Las gafas volvieron a ser imprescindibles y, ahora con la tensión ya liberada, los observadores pudieron disfrutar de los últimos compases del eclipse mientras el astro se aproximaba al horizonte en su ocaso.

Del eclipse a las Perseidas

El espectáculo no terminó de golpe. El Sol, ya muy próximo al horizonte, comenzó a recuperar terreno tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. Los observadores, ahora mucho más relajados, aprovecharon los últimos coletazos del fenómeno para intentar conseguir la instantánea perfecta de un acontecimiento que no se repetía sobre Miranda desde hacía 121 años.

Las sillas continuaron ocupadas y los grupos que habían preparado la tarde para el eclipse no tenían demasiada prisa por regresar a casa, aunque pasadas las 21:30 horas, comenzó a producirse un éxodo a la inversa: desde los puntos de observación hasta el calor de unos hogares expuestos a las temperaturas de agosto. El movimiento fue regresando de manera paulatina a las zonas céntricas de la ciudad. Tocaba cenar, comentar lo vivido y, para muchos, prolongar una tarde que había comenzado bajo un sol abrasador y que terminaba bajo un cielo teñido de naranja.

Imagen principal - Después del eclipse llegaron las Perseidas

Después del eclipse llegaron las Perseidas. (CM)

Y es que todavía quedaba una segunda función. La noche del 12 al 13 de agosto coincidía con el máximo de las Perseidas y el novilunio permitía unas condiciones especialmente favorables para continuar mirando al cielo. Algunos grupos decidieron alargar la jornada para tratar de localizar las conocidas lágrimas de San Lorenzo.

Culminaba así un eclipse histórico en Miranda. Tras 121 años de espera, la Luna volvió a ocultar el Sol sobre la ciudad. Después, llegaron ochenta y tres segundos de oscuridad total, suficientes para convertir una tarde cualquiera de agosto en una de esas que difícilmente se olvidan. En definitiva, «una pasada».

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