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“Que te ignoren duele igual que una patada en la espinilla”

Дата публикации: 05-05-2026 22:05:00


Tengo 55 años. Nací en Atlantic City y vivo en California. Llevo décadas estudiando el cerebro social: estamos diseñados para conectarnos. Soy profesor en la Universidad de California. Casado con otra neurocientífica. Un hijo. Me preocupa la polarización en EE.UU.: nos está rompiendo. No tengo creencias. (Foto: LV)


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Programados para conectar

Lieberman lleva dos décadas metiendo a la gente en un escáner para demostrar algo contraintuitivo: que el cerebro, cuando descansa, se pone a pensar en los demás. Desde la Universidad de California, y tras doctorarse en Universidad de Harvard, es uno de los padres de la neurociencia social. Sus estudios muestran que el rechazo activa los mismos circuitos que el dolor físico y que aprender a entender a otros nos ocupa miles de horas desde la infancia. Sostiene que “nuestros cerebros están programados para conectar” y que esa necesidad es tan básica como o más que dormir o comer. En Social: por qué nuestros cerebros están cableados para conectarse (Península) defiende que vincularnos no es un lujo, es necesidad; que si reducimos las relaciones en la escuela o el trabajo, desaprovechamos uno de los recursos cognitivos más valiosos.

Ha creado usted un nuevo campo de la ciencia.

La neurociencia social, pero lo hice en equipo; mi mujer, Naomi Eisenberger, también ha participado. Llevamos años investigando juntos.

¿En qué consiste?

En usar técnicas de la neurociencia, como la resonancia magnética funcional (RMf), para entender qué nos convierte en las criaturas sociales que somos.

Para eso hay que comprender al otro.

Y entender por qué a veces fallamos al hacerlo. Hemos descubierto cosas sorprendentes, pero hay una que lo cambia todo.

Adelante.

Cuando una persona experimenta re­chazo social, o lo que llamamos dolor social, también experimenta dolor físico. Hicimos un experimento muy revelador.

¿En qué consistía?

Metimos a voluntarios en una máquina de RMf. Creían estar jugando a lanzarse una pelota entre tres personas. Pero en un momento dado uno de ellos dejaba de recibir la pelota.

Quedaba fuera del juego.

Sí, y descubrimos que cuando la gente quedaba excluida, las regiones cerebrales que se activaban eran las mismas asociadas al sufrimiento del dolor físico.

¿Como una patada en la espinilla?

Sí, y cuanto peor se sentía la persona excluida, más se activaban esas regiones.

¿Está diciendo que si rompo con mi pareja, un paracetamol me quita ese dolor?

Sí, varios estudios han demostrado que ciertos analgésicos pueden reducir el dolor social, pero no recomendaría automedicarse por un corazón roto.

Es muy curioso.

Nuestro cerebro está mucho más centrado en gestionar el mundo social de lo que creemos. Pensamos que el cerebro es como un ordenador con varios programas abiertos, y que lo social es uno más.

¿Y no?

Parece que hay un hardware específico dedicado al pensamiento social. Cuando dejamos de hacer algo, cuando se interrumpe la acción, el sistema para entender el mundo social se enciende.

¿Qué hace ese sistema?

Intenta entender lo invisible de los demás: lo que creen, lo que sienten, sus intenciones, sus emociones, sus objetivos.

Entonces vivimos interpretando.

Exacto. Si no sabe llevarse bien con los demás, sus ideas no llegarán muy lejos. Nuestra identidad se construye con los otros mucho más de lo que nos gusta admitir.

En Estados Unidos les gusta mucho eso del individualismo.

Nos contamos que somos independientes y que nadie nos dice qué pensar ni qué hacer. Pero somos exquisitamente sensibles a cómo nos ven los demás.

Qué decepción.

Sobre todo en la adolescencia. Si sus padres creen que se le dan bien las matemáticas, usted acabará creyéndolo, y si sus amigos que baila fatal, también. Nuestro yo es un collage de opiniones ajenas.

¿El cotilleo tiene ciencia?

Sí. De hecho, Robin Dunbar comparó el cotilleo humano con el acicalamiento de los primates: es nuestra forma de decir “estamos conectados, si hay pelea estaremos en el mismo bando”.

Si veo a alguien sufrir, ¿por qué me duele a mí?

No es que confunda su cuerpo con el suyo, pero su cerebro reacciona. En un estudio, cuando alguien veía que pinchaban con una aguja la mano de otra persona, aumentaba la actividad eléctrica en el mismo punto de su propia mano.

¿Somos menos egoístas de lo que creemos?

Sí. El cerebro está preparado para cuidar de quienes sentimos próximos, pero no de cualquiera.

¿Cuál es nuestro superpoder social?

Leer la mente: entender lo que otros piensan y sienten aunque no lo digan.

¿Dónde está el yo?

Dentro de la red social. Ese yo que creemos tan nuestro no es una fortaleza privada, sino una autopista para la influencia social.

¿Estos descubrimientos sirven para algo práctico?

Sí. Por ejemplo, para entender la amistad y combatir la soledad. Podemos predecir quién se hará amigo de quién viendo si los dos cerebros reaccionan de forma pare­cida. Hemos creado una aplicación para ayudar a estudiantes a encontrar amistades antes de llegar a la universidad.

¿Qué hacemos mal?

Priorizar el dinero. La felicidad que da es pequeña comparada con la de pasar tiempo con amigos y familia.

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