Visitamos el Bar Miguel, un rincón pacense que lleva más de treinta años demostrando que conocen el secreto del mejor pescado frito
19/06/2026 a las 12:32h.
Harina, aceite y fuego. Esta triada dio forma a una de las tradiciones gastronómicas más reconocibles del sur. Fue allá por el siglo XVII cuando las tabernas empezaron a convertirse en freidurías y el inconfundible aroma del aceite hirviendo invadía las calles. Así empezó a nacer lo que hoy conocemos como pescaíto frito.
Se empezó a servir envuelto en papel de estraza, perfectamente doblado en forma de cono, una solución tan sencilla como eficaz para absorber el exceso de aceite y comer sobre la marcha. No había más pretensión que esa: producto fresco, una fritura rápida y el punto justo para que el pescado llegara crujiente por fuera y jugoso por dentro.
Con el tiempo, aquel sencillo gesto terminó convirtiéndose en una costumbre transmitida de generación en generación y traspasando fronteras. Pese a que su nombre se ha ligado estrechamente a la Feria de Abril de Sevilla (hay sabores que tienen ese superpoder), el buen pescado frito no entiende de fronteras ni es exclusivo del sur.
Es inevitable ligar el crujir del pescaíto frito a la magia de Sevilla y a esa emblemática 'noche del pescaíto' que, entre el brillo de los farolillos y la emoción del reencuentro, inaugura de manera extraoficial la Feria de Abril. Sin embargo, reducir este bocado tan nuestro a una sola semana o a una única geografía sería restarle poesía, así que hoy visitamos uno de esos rincones de Badajoz donde sirven pescaíto frito, y del bueno.
El Bar Miguel, situado en el número 4 de la calle Rafael Lucenqui, no se ve con facilidad ni está en una de esas icónicas y grandes plazas de la ciudad. Pero siempre está lleno. Y no es una forma de hablar. Miguel abrió las puertas de su negocio hace ya más de treinta años y ha conseguido una clientela fija que llena su restaurante de martes a domingo (los lunes toca descansar).
Durante años fueron Miguel y su mujer quienes sostuvieron el negocio. Sin embargo, hace un tiempo ella tuvo que dejarlo por causas mayores y desde entonces él continúa al frente en solitario. La propuesta gastronómica es amplia y diversa, pero mantiene una identidad clara: el sabor y la esencia del sur. «Nosotros tenemos mucha influencia del sur. De hecho hay un refrán que dice 'A Andalucía le falta Badajoz, y le sobra Almería'», nos dice con ese cariño de quien no quiere dejar fuera a nadie pero siente que pacenses y andaluces comparten mucho más que kilómetros de frontera.
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En 'El Miguel', como conocen este rincón quienes no imaginan una velada sin su mesa reservada, hay una filosofía que no falla; la de compartir. Allí no hay menú del día, platos únicos ni bocadillos, allí encuentras raciones (desde croquetas hasta carnes o caracoles) y mucho, mucho pescaíto.
El secreto de un buen pescaíto frito
Miguel lo tiene. Y no lo decimos nosotros. Basta pasar allí unos minutos para comprobar como decenas de clientes le piden sus famosas anchoas o celebran a viva voz estar comiendo «el mejor pescaíto de la ciudad». Él tiene claro que todo es cuestión de calidad.
«Siempre todo lo que no sea calidad en el pescado, ya todo lo que sea hoy día quinta gama, que venga precocinado, precongelado... eso hoy día no tiene calidad, cero», explica rotundo. En Miguel apuestan por pescado de bajura, aquel capturado cerca de la costa: «El salmonete pequeño, el boquerón pequeño, las pijotas... todo el pescado cortito, pequeño, de aguas cálidas, ese es el que vale».
Ellos tienen dos caladeros, el de Huelva y el de Madrid, y apuestan por una fritura sencilla. «El pescado se limpia en el día y se pasa por harina y aceite de alta calidad», comienza explicando. «Nosotros freímos en alto oleico, usamos mucho una marca de Plasencia, y es el mejor aceite porque aguanta muchísima temperatura y no se quema», añade. Por supuesto, el aceite siempre limpio: «Es fundamental que el aceite siempre esté nuevo y limpio, nunca hay que remontar los aceites, una vez que se gasta, se elimina y se pone nuevo», sentencia.
En las cocinas de Miguel está Pedro, que lleva en el equipo más de diez años y «ya tiene la técnica cogida».
La importancia de un buen vino
El maridaje del «pescaíto» va mucho más allá de servir una copa fría; es el factor clave para potenciar cada plato. Según Miguel, la clave radica en el equilibrio: los pescados más grasos exigen blancos con madera, vinos sobre lías o un buen Jerez, cuya estructura limpia el paladar y realza el sabor marino.
Por el contrario, las piezas más finas piden vinos ligeros, florales y frescos, siempre cuidando de no enfriarlos en exceso, un error común que eleva la acidez y oculta los matices tostados y frutales del caldo.
Sus clientes saben que el éxito de la experiencia se completa confiando en su criterio, y es que Miguel invita a salir de la rutina y descubrir cómo el vino adecuado transforma por completo el producto del mar.
Antes del pescaíto, unos garbanzos
Si hay algo que caracteriza a Miguel (con todo el respeto a su pescaíto), es que su aperitivo va mucho más allá de las aceitunas y las patatas de bolsa. En el Bar Miguel pidas lo que pidas, te sirven un contundente plato de garbanos o judías. Ya sea invierno o verano. «Hay gente que viene especialmente a tomarse el aperitivo de los garbanzos», confiesa, «todo empezó cuando yo un día estaba preparando en el bar unos garbanzos para hacerle la comida a mis hijos, y un cliente que estaba allí dijo que qué bien olía a cocido, así que le ofrecí un poco, y desde entonces, son imprescindibles».
El Bar Miguel ha conseguido conquistar a los pacenses gracias al 'boca a boca' y a una propuesta que, lejos de reinventar nada, ha sabido traer hasta Badajoz un sabor reconocible para muchos.
Pero no es el único que ha apostado por el pescaíto frito como bandera gastronómica. Porque en una ciudad que, como bien dice su dueño, «tiene mucho del sur», son varios los restaurantes que han hecho de este manjar una de sus señas de identidad. Así que esta Feria de San Juan se vive también alrededor de una mesa: entre cucuruchos, bandejas y el sabor inconfundible del pescaíto recién hecho.
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