El récord histórico de temperatura que ha batido la ciudad de Barcelona esta semana, con los 40,9ºC alcanzados el miércoles por primera vez en 112 años de registros, es uno de los grandes datos paradigmáticos que ilustran la gravedad de las sucesivas olas de calor que este verano azotan a Catalunya, el resto de España y toda la Europa continental. La protección contra este calor extremo se ha convertido en una prioridad pública, además de privada, por los riesgos que conlleva para la salud, especialmente para los ciudadanos más vulnerables, física y económicamente, y porque favorece la propagación de los incendios forestales.
La ola de calor que afectó gran parte de Europa en la segunda quincena de junio se produjo solo unas semanas después de otra en mayo, y las ha seguido otra este principio de julio. En conjunto, la inédita acumulación de calor ha tenido y tiene graves repercusiones para la salud, incluidas muertes prematuras. Así lo ha constatado Copernicus, el programa europeo de observación y monitorización de la Tierra, liderado por la Unión Europea en asociación con la Agencia Espacial Europea (ESA).
La sucesión de días con altas temperaturas ilustra el creciente desafío que plantean los fenómenos de calor extremo, cada vez más frecuentes. El Centro Europeo de Predicción Meteorológica a Medio y Largo Plazo advierte de la persistencia de olas de calor cada vez más intensas, un océano cálido y riesgos crecientes para personas, ecosistemas e infraestructuras tanto en la UE como en el resto del mundo.
Llegados a esta situación ya no basta con combatir el cambio climático, que ya está aquí. Se necesita establecer con urgencia estrategias para protegerse de las elevadas temperaturas. Ya no se trata de guarecerse sólo del frío, los huracanes, las tormentas extremas y las inundaciones. El calor debe empezar a tratarse como una emergencia de salud pública estructural, más allá de una incomodidad veraniega. En España, el Ministerio de Sanidad estima en 27.564 las muertes atribuibles a las altas temperaturas entre el 2015 y el 2025, una mortalidad que sube entre un 9,1% y un 10,7% por cada grado por encima del umbral de riesgo. En Europa, la Organización Mundial de la Salud calcula en unas 63.000 las muertes por calor en el 2024 y advierte de un fuerte aumento futuro.
A la vista de estas cifras, según diversos expertos, las olas de calor deberían afrontarse como el resto de riesgos públicos: con prevención, presupuestos, protocolos de actuación responsables y claros y evaluación posterior. Los planes actuales de prevención deben dar un salto cualitativo con una política operativa de proximidad: listas de personas vulnerables, llamadas preventivas, visitas domiciliarias, apertura de refugios climáticos, transporte gratuito hacia ellos y coordinación real entre servicios sanitarios, sociales, ayuntamientos y protección civil.
Hay que tener en cuenta, como se advierte hoy en la sección de Sociedad, que existen estudios que indican que la mortalidad por calor se concentra en las personas de más edad, enfermos crónicos, aquellas que están solas y quienes viven en los hogares más pobres, en viviendas mal aisladas, así como entre trabajadores expuestos a las altas temperaturas. Ante estos aspectos, cabe replantear el concepto de pobreza energética y si sería recomendable crear un bono climático que incluya el verano, no solo el bono social eléctrico de invierno. Muchos hogares necesitan ayudas para refrigeración eficiente, ventiladores, aislamiento, toldos, persianas, rehabilitación y subvenciones para el recibo de la luz en episodios extremos.
Las redes de refugios climáticos, en la misma línea, deberían ampliarse y adaptarse. Hospitales, pero sobre todo residencias y colegios necesitan con urgencia planes de climatización eficiente en verano igual que en invierno. Millones de viviendas españolas, más aún en otros países europeos, están diseñadas para la eficiencia invernal y no tanto para la habitabilidad en verano. En este ámbito hay mucho trabajo por hacer en rehabilitación, ya que la lucha contra el calor no sólo depende del aire acondicionado, sino también de medidas de aislamiento térmico, desde las paredes hasta las persianas, toldos o cubiertas reflectantes. Igualmente, la gran batalla está en el urbanismo, con más árboles, zonas de sombra, agua, pavimentos fríos, cubiertas verdes, patios escolares renaturalizados, reducción de asfalto, corredores de sombra y con prioridad absoluta en los barrios más densos y más pobres. Y, por supuesto, la legislación laboral debe contemplar las medidas de protección adecuadas al trabajo en los períodos de calor extremo.
Son muchas las medidas que exige una adecuada cultura de protección contra el calor extremo y que deberían articularse globalmente con la importancia que merece la amenaza climática.
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