La madrugada empieza a retirarse, pero Las Palmas de Gran Canaria ya lleva horas en marcha. Entre las cuatro y las siete, la ciudad de 548 años se mueve antes de que muchos abran los ojos: una guagua recoge a quienes terminan la noche o empiezan la jornada, un radiopatrulla atiende cualquier llamada de auxilio, un camión de residuos prepara las calles para el día y Las Canteras despierta limpia bajo la primera luz. Son horas de transición, cuando el silencio aún pesa y el bullicio todavía no ha llegado, pero en ellas se revela una forma discreta de grandeza: la de quienes sostienen la ciudad justo antes de que vuelva a llenarse de vida.