Los mordiscos de un perro pueden formar parte de su manera de relacionarse con las personas, aunque la edad, la intensidad de la mordida y el contexto son claves para saber qué está intentando expresar
Quienes conviven con un perro probablemente hayan recibido alguna vez uno de esos pequeños mordiscos que no llegan a hacer daño. Puede ocurrir mientras se le acaricia, durante un momento de juego o simplemente cuando busca llamar la atención. Aunque la reacción inicial pueda ser pensar que el peludo está intentando morder, no siempre es así.
El veterinario Pancho Cavero explica en una publicación en Instagram que esos mordiscos suaves no tienen por qué ser una señal de agresividad. “Cuando tu perro te da esos mordisquitos no es porque quiera hacerte daño, en realidad te está hablando”, señala el especialista, que relaciona esta conducta con las primeras etapas de vida del animal.

Según explica Cavero, los cachorros utilizan la boca desde muy pequeños en sus interacciones con otros perros. Durante sus primeras semanas de vida, el contacto físico y el acicalamiento forman parte de las relaciones entre los miembros de la camada y contribuyen a establecer vínculos.
Esa comunicación continúa de diferentes formas cuando el perro crece. Por eso, un mordisco suave dirigido a una persona puede expresar afecto, ganas de jugar o una búsqueda de atención. También puede aparecer como una forma de liberar excitación o interactuar con quien considera parte de su entorno social.
La Nebraska Humane Society explica que los mordiscos de los perros jóvenes suelen formar parte del juego social. Los cachorros utilizan la boca cuando juegan entre ellos y, precisamente durante esas interacciones, comienzan a aprender a controlar la fuerza que aplican con la mandíbula.
Esta etapa resulta importante para que aprendan que no todas las mordidas tienen la misma intensidad. Cuando un cachorro muerde demasiado fuerte a otro durante el juego, el compañero puede quejarse o marcharse, proporcionándole una señal clara de que debe reducir la fuerza.

El problema aparece cuando el cachorro traslada ese comportamiento a las manos humanas. Los expertos recomiendan ofrecerle alternativas adecuadas para jugar y evitar convertir las manos en juguetes. Si durante una interacción el cachorro muerde, interrumpir inmediatamente el juego y retirar la atención puede ayudar a enseñarle que esa conducta pone fin a la diversión.
La constancia es importante, ya que todos los miembros de la familia deberían responder de una forma similar. También desaconseja recurrir a métodos físicos para corregir estos comportamientos, porque pueden provocar miedo, ansiedad o incluso aumentar la excitación del animal.
En la misma línea, el veterinario y especialista en medicina del comportamiento Jaume Fatjó advierte que el castigo no es una buena herramienta para educar a un perro y puede deteriorar el vínculo con su familia. En cuanto a la veterinaria y etóloga Rosana Álvarez, también defiende buscar el origen de una conducta y preguntarse qué emoción puede haber detrás, en lugar de centrarse únicamente en castigar aquello que molesta.
La clave está en observar cómo y cuándo lo haceCavero insiste en que el contexto es fundamental para interpretar estos mordiscos. Un perro relajado, con el cuerpo suelto y sin otras señales de incomodidad, puede estar utilizando ese contacto como una forma de interacción.

La situación cambia si la mordida aparece acompañada de rigidez corporal, tensión u otras señales que indiquen malestar. En esos casos, conviene prestar atención a lo que está ocurriendo alrededor y, si existe preocupación por la conducta, consultar con un profesional.
Entender el lenguaje corporal del perro permite distinguir entre una interacción social, un juego demasiado brusco y una conducta que puede requerir intervención. Educar no consiste únicamente en conseguir que deje de hacer algo, sino en enseñarle qué comportamiento es adecuado y ofrecerle alternativas que pueda comprender.