“Tienes que parecer profesional cuando llega el momento de decir adiós a un animal, aunque por dentro te estés rompiendo”. Joana Batallé, auxiliar técnica veterinaria, describe así una de las situaciones más difíciles de su trabajo. Durante una eutanasia hay que explicar, acompañar, atender las dudas de la familia y mantener la calma mientras un animal al que se ha cuidado está a punto de morir. La emoción, sin embargo, no desaparece porque el profesional esté trabajando.
“Puedes salir de una eutanasia con el corazón encogido y, segundos después, tener que atender a otro animal”, cuenta Batallé, en conversación con La Vanguardia. Es una de las particularidades más difíciles de asumir de un trabajo en el que la muerte forma parte de la rutina profesional: apenas termina una despedida, la jornada continúa. “Hay que volver a la consulta, atender una urgencia o recibir a una nueva familia, aunque el caso anterior haya dejado su huella”, señala.
Joana Batallé
Auxiliar técnica veterinaria
Batallé explica que con los años no se deja de sentir. Lo que cambia es la manera de afrontar esas situaciones: se aprende a encontrar las palabras adecuadas, a acompañar el llanto, a respetar los silencios y a mantener la serenidad cuando la familia más la necesita. “Al principio me preocupaba mucho mostrar tristeza. Pensaba que llorar delante de los clientes no era profesional”, recuerda. Hoy lo ve de otra manera: la emoción también forma parte de ese acompañamiento.
Y ahí aparece una parte del trabajo veterinario que rara vez se ve desde fuera. Quienes atienden a los animales pueden acompañarlos durante años, conocer sus rutinas, sus enfermedades y a las familias que los cuidan. Cuando llega el final, están allí para sostener a quienes tienen delante, pero también tienen que seguir adelante con su propia jornada. La muerte forma parte de su trabajo; lo que no siempre resulta tan sencillo es dejar atrás cada una de esas despedidas.

Para María Pifarré, veterinaria con más de tres décadas de experiencia clínica, hay una parte de la profesión para la que apenas se prepara a quienes la ejercen: cómo afrontar emocionalmente las muertes que forman parte del trabajo. “Nos enseñaron a cuidar, pero no a cuidarnos”, explica. Durante años, Pifarré salía de una eutanasia y pasaba a la siguiente consulta, atendiendo a otra familia sin apenas tiempo para detenerse en lo que acababa de vivir. Hasta que entendió que aquel desgaste también estaba afectando a su manera de ejercer. “No me estaba rompiendo por falta de vocación, me estaba rompiendo por haber sostenido demasiado dolor durante demasiado tiempo sin herramientas para sostenerme a mí misma”, relata.
El vínculo con algunos animales hace que determinadas pérdidas pesen especialmente. Hay pacientes que llegan a la clínica siendo cachorros y vuelven durante diez o quince años para revisiones, enfermedades o urgencias. Pifarré recuerda a Bunch, un perro de 11 años al que conocía prácticamente desde cachorro. “Un día llegó a consulta porque algo había cambiado: jadeaba más y su mirada era distinta. La radiografía confirmó que ya no había nada que curar”, explica. Tocaba comunicarlo a sus tutores y acompañarlos en el tramo final, mientras ella asumía también la frustración de no poder hacer más.

“Llegué a casa aquel día y entendí algo que me cambió para siempre: no iba a poder salvarlos a todos”, recuerda. Aquella conclusión, reconoce, fue especialmente difícil para alguien que había dedicado su vida a intentar curar y proteger a los animales que llegaban a su consulta. Con el tiempo entendió que aceptar los límites de la medicina no implicaba dejar de cuidar ni acostumbrarse a la muerte. También significaba poder acompañar mejor a una familia cuando ya no quedaba ninguna posibilidad de tratamiento. “Sentir la muerte de un paciente no te hace menos profesional”, sostiene Pifarré. Para ella, reconocer ese dolor no resta profesionalidad; forma parte de una profesión en la que “curar no siempre es posible, pero seguir cuidando sí”.
La despedida también se aprende“Compartimos experiencias y emociones entre lágrimas”Gala Secanella, veterinaria y co-gerente de Veterinari del Clínic, se encuentra con esa situación cuando la medicina ya no puede cambiar el curso de una enfermedad y la prioridad pasa a ser evitar el sufrimiento del animal. La decisión de practicar una eutanasia, explica, no suele tomarse de un día para otro. “Antes hay conversaciones con la familia, dudas y una valoración de la calidad de vida: si el animal tiene dolor, si puede moverse, comer o respirar con normalidad y si todavía conserva momentos de bienestar. El veterinario acompaña ese proceso, pero también escucha a quien convive con él, porque es quien mejor conoce sus cambios”, señala.
A Secanella le marcó especialmente el caso de Casper, un paciente con una enfermedad congénita al que había acompañado durante años y que murió con solo cinco. La despedida se hizo en un espacio tranquilo, junto a sus tutoras y a la perra con la que convivía. La edad del animal hacía especialmente difícil aceptar el final, pero también permitió preparar la despedida y darle el tiempo necesario. “Compartimos experiencias y emociones entre lágrimas. No podía cambiar el desenlace, pero sí podía cuidar de Casper y acompañar a quienes estaban a su lado. A veces no podemos curar, pero sí podemos cuidar hasta el final”, recuerda Secanella.

La relación de Natàlia Masferrer con las despedidas veterinarias empezó mucho antes de trabajar en una clínica. Tenía 18 años cuando adoptó a Glen, una gata a la que diagnosticaron leucemia felina con apenas ocho meses. La enfermedad no tenía cura y siguieron un tratamiento paliativo para mantener su calidad de vida. Cuando llegó el momento, Masferrer fijó con la veterinaria el día y la hora de la eutanasia y permaneció junto a Glen hasta el final. “Ponerle una fecha de caducidad a la vida de un animal es muy duro”, reconoce. Aquella pérdida fue su primer duelo y también marcó su futuro: entonces estudiaba fotografía, pero la experiencia despertó en ella una vocación que la llevó a formarse como auxiliar. “Quería ofrecer a otros animales y a sus familias el mismo cuidado y acompañamiento que yo había intentado darle a la mía”, explica.
Ocho años después, Glen sigue presente en la manera en que Masferrer entiende su trabajo. Haber vivido aquella despedida le permite acompañar de otra forma a las familias, aunque la experiencia profesional no haya borrado la emoción. Hay casos que le recuerdan a su gata y otros que dejan su propia huella, como el de Tana, una bóxer cuya familia pudo salir con ella al exterior, al sol, antes de la eutanasia. Masferrer intenta ofrecer a cada familia el tiempo y el espacio que ella misma habría querido tener, pero admite que hay momentos en los que mantener la distancia profesional resulta imposible. “Hay días, etapas o casos en los que la emoción es inevitable”, asegura.

Joana Batallé
Auxiliar técnica veterinaria
Joana Batallé ha visto muchas despedidas que todavía recuerda con nitidez: un hombre que se tumbó en el suelo para abrazar a su labrador enfermo de cáncer cuando llegó el momento de decirle adiós; una familia que llenó de flores del jardín del hospital el espacio donde iba a despedirse de su perro; unos padres que acudieron con sus hijos y llevaron las pelotas que más le gustaban al animal. “Son escenas que permanecen en la memoria de quienes trabajan en una clínica, incluso cuando después toca volver a la consulta”, subraya. En el hospital donde trabaja, el equipo envía además una tarjeta a algunas familias después de una despedida especialmente significativa, un gesto sencillo que también forma parte del acompañamiento.
Durante sus primeros años, Batallé temía que mostrar tristeza delante de una familia pudiera confundirse con falta de profesionalidad. Con el tiempo entendió que ambas realidades pueden convivir: mantener la calma para acompañar y sentir el dolor de lo que está ocurriendo. “Después de una despedida llega la siguiente consulta, una urgencia o un nuevo paciente. Pero que el trabajo continúe no significa que aquella pérdida no haya dejado huella también en quienes estuvieron allí”, concluye.