Al frente de su segunda temporada en el ‘Col·lapse’ de TV3, el catalán hace balance del camino recorrido y reivindica su inminente retirada tras superar un bache de salud que le enseñó a decir “no”
Cuando Jordi González (Barcelona, 1961) se sinceró con su madre y le contó que quería estudiar Filosofía, ella fue clara: “De esto no vas a vivir”. No se equivocaba, puesto que el catalán, que asegura que mantiene intacta la mirada de sus años de infancia en el barrio de El Guinardó, acabó haciendo de los medios de comunicación su hábitat natural. De la radio a la televisión, el camino del presentador llegará a su fin en Catalunya, su tierra y el mismo lugar que le vio estrenarse en la pequeña pantalla. “El cuadro va a terminar así, con esta especie de círculo que se cierra”, dice el ahora conductor de Col·lapse, el espacio sabatino de TV3 que capitanea desde 2025 y que ha marcado su regreso triunfal a la parrilla autonómica. “Será el último”, apunta sobre el programa, firme en la decisión de retirarse tras más de cuatro décadas dedicadas al medio.
Con una carrera moldeada entre la época dorada de los debates, los gamberros late shows de los 2000 y el fenómeno de los realities, González reconoce que ha sacrificado mucho por el oficio, perdiendo vivencias de juventud que hoy contempla con el escepticismo de la madurez. Tras superar un grave bache de salud en 2025 —una bronconeumonía bilateral provocada por una bacteria en Colombia—, el barcelonés ha reajustado límites y goza de la tranquilidad que otorgan los años: “Tengo la suerte de ganarme bien la vida y no tener una vida de excesos; no diría que soy austero, pero no hago grandes ostentaciones”, afirma con naturalidad para explicar su total independencia a la hora de decir “hasta aquí”. Plenamente reconciliado con los cambios del espejo, y con la misma versatilidad con la que antaño entrevistó a premios Nobel o surfeó los platós de Gran Hermano, se prepara para cerrar el telón de su trayectoria televisiva sin consejos pendientes para su yo del pasado: “Yo prefiero que la gente se equivoque sola”.
Ha definido esta etapa al frente de Col·lapse en TV3 como el epílogo de su carrera. ¿Cómo ha afrontado el arranque de la nueva temporada?
Esta es la quinta del programa y mi segunda. Lo vivo muy bien, con más fuerza e ilusión que el año pasado, que estaba convaleciendo de una enfermedad terrible que tuve, una bronconeumonía bilateral. A pesar de que estaba curado, no me sentía tan en forma —física y emocional— como me siento ahora.
El año pasado aseguró que podría firmar ante notario que, cuando este termine, no hará más programas. ¿Lo mantiene?
Claro. Cumplí 65 años el día que empezó la nueva temporada, o sea que técnicamente ya soy jubilado. Pero también dije que si esto dura tres semanas, serán tres semanas; si dura tres años, tres años. Lo que vaya a durar, pero que será el último, seguro.
¿Se vive distinto un proyecto al saber que es el último?
Honestamente, nada. Es como si te preguntara: “¿Cómo vivirías tu día sabiendo que hoy es el final de tu vida?”. ¡Pues yo qué coño sé! Está claro que no es lo mismo sufrir un infarto que acabe con tu vida, que terminar un programa de televisión que, algún día, con más o menos antelación, te dirán que se va a acabar. Lo único que sabemos seguro cuando empieza un programa es que un día se acaba.
Sobre cómo enfoca el final de su trayectoria, expresó: “Tengo dinero y no tengo hijos”. ¿Es la independencia económica y personal lo que le permite decir “hasta aquí” sin vértigo?
Claro. Lo que pasa es que ahora sería incluso físicamente normal por la edad. Podría haberlo hecho hace tiempo porque tengo la suerte de ganarme bien la vida y no tener una vida de excesos. No diría que soy austero, pero no hago grandes ostentaciones. Y no soy tacaño; puedo vivir perfectamente sin barcos y sin caballos.
El regreso a la televisión catalana es una forma poética de cerrar el círculo. ¿Este programa era la pieza que faltaba?
A mí me gusta ver el cuadro una vez terminado. En este caso, el cuadro va a terminar así, con esta especie de círculo que se cierra. Pero si no hubiera sido esto, tampoco me hubiera parecido un cuadro feo.
Hay planes que se propuso a los 40 y todavía tiene pendientes, como viajar a Japón, aprender inglés o cocinar. ¿Ha postergado muchas cosas en aras del trabajo?
Sí, y lo más grave ha sido la juventud. Durante muchísimos años he tenido que madrugar mucho y acostarme muy tarde, y trabajar en fines de semana y en verano. En aquella época recibía postales de mis amigos que estaban por ahí, por el mundo, y yo estaba currando. Sí que hay algo que me he perdido. Hay una serie de cosas que se hacen cuando tienes entre 18 y 28, por ejemplo, que además se justifican por la edad y la inconsciencia de ser joven. En mi caso, no las he tenido.
Jordi González
Nació y creció en el barrio barcelonés de El Guinardó. ¿Qué queda de aquel niño y adolescente en la mirada que el espejo le devuelve hoy?
La mirada es la misma. El día de mi cumpleaños me regalaron un álbum con fotografías que son mi biografía. Había fotografías de mis 64 cumpleaños anteriores, y mis amigos y la gente que me rodeaba decían que la mirada era absolutamente la misma, que no había cambiado.
Y el mundo, ¿lo sigue viendo igual?
A medida que me he hecho mayor, me he vuelto más escéptico. Y creo, muy a mi pesar, que la ingenuidad todavía pesa demasiado en mí. Todavía no he madurado en ese sentido, aunque obviamente noto que ha servido de algo que el pelo cambie de color. Pero hay un cierto escepticismo, un cierto relativismo.
A los 17 años, cuando empezó de forma casual en la radio, estudiaba Filosofía. ¿Alguna lectura de su juventud moldeó su perspectiva sobre la vida y el paso del tiempo?
No lo sé. A mí me gusta mucho leer; soy de los pocos que lee los prospectos de las medicinas. Estudié Filosofía porque en Periodismo —antes Ciencias de la Información— me aburría bastante. Entendía perfectamente por qué en otros países del mundo eran cursos de tres años; en cambio, en España eran carreras de cinco. Además, para comunicar, se nace con el don de hacerlo o no. Recuerdo perfectamente una conversación que tuve con mi madre cuando estaba en tercero de Periodismo. Le dije que la carrera era un trámite y que me gustaría estudiar Filosofía. Ella, que era muy generosa y ‘sponsor’ de cualquier cosa que tuviera que ver con la cultura, me dijo: “Apúntate, pero ya te digo que de esto no vas a vivir”. Todo se debe a que una profesora que tuve en BUP y COU me hizo amar la filosofía. El primer día de clase nos dijo: “Siempre que he tenido una desgracia, una pena o un dolor, me he refugiado en la filosofía”. Me sorprendió mucho esa declaración y luego he entendido por qué es: porque lo que mejor refugia es la cultura.
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Al Jordi de aquellos años, ¿le daría algún consejo?
No. Es que no le doy consejos ni siquiera... Fíjate que hay gente que me los pide, por la edad básicamente, pero es que dar consejos... Yo prefiero que la gente se equivoque sola.
¿Cree entonces que todo lo que sucede conviene?
Totalmente. No soy creyente; no creo en el destino, no creo en la quiromancia ni en la cartomancia. Sin embargo, sí creo que lo que sucede conviene. Es una ley universal que, en mi caso, puedo certificar. Todo lo que me ha sucedido me ha convenido, incluso cosas que a priori no son buenas.
Su madre apoyó su cambio de rumbo académico. De la educación y los valores de aquella época, ¿hay algo que le haya dejado huella?
Mi padre era anticlerical hasta los huesos. Jamás hubiera consentido que yo fuera a una escuela religiosa, ni que estudiara religión; proponía que estudiáramos religiones, pero no la religión católica. Negociaba asignaturas alternativas con el director de cada academia a la que fui, y con decirte que no estoy bautizado... Pero tengo un hermano que sí que está bautizado, que ha hecho la comunión y que ha contraído matrimonio, y yo lo respeto.

Su camino ha sido otro.
Sí. Hay una cosa que a mí no me gusta nada de esta educación bastante extendida en España y en Latinoamérica, que es el concepto de culpa. ¿Qué coño culpa? Hay cosas que salen bien y cosas que no. Uno se equivoca; uno hace cosas con la mejor intención y en ocasiones la caga… pero culpa, no. Y expiar pecados, tampoco. Tenemos derecho a ser imperfectos, irregulares e incoherentes, e incluso a estar tristes. Cuando mueren mis padres, a mí me resulta admirable —y en el fondo envidiable— que gente muy cercana a mí tenga fe en que hay otra vida más allá de la muerte. Pero yo no; yo creo, como dijo Mario Benedetti, que la vida es un paréntesis entre dos nadas. Que antes de nacer no hay nada, y que después de nacer, lo mismo. Con lo cual, lo que haya que hacer, vamos a hacerlo ahora y aquí, que lo que hay en la vida eterna no está demostrado.
Refería al bache de salud que vivió en 2025, cuando una infección por una bacteria en Colombia le llevó al coma. Cuando la vida sacude así, ¿cambia la escala de prioridades?
Sí, pero poco. Yo creía que iba a cambiar más. Lo único que he aprendido, que García Márquez lo aprendió con 40 años —así lo escribió en sus memorias— y yo mucho mayor, es a decir “no” cuando es “no”. Es lo único que realmente puedo decir que aplico desde entonces.
Afrontar la vulnerabilidad física requiere altas dosis de aceptación. ¿Cómo convive con los cambios que impone el paso de los años?
Los llevo muy bien. Hasta el punto de que en la cabecera del programa hay una simetría conmigo mismo, hace 35 años y ahora. ¡Y hay que tener cojones! Pero bueno, es que... ¿Por qué no? Hay personas que me han dicho: “¿Cómo dejas que te hagan eso?”. Y no; es que la idea ha sido del equipo y yo la suscribo. ¿Yo tengo que avergonzarme de mí mismo?
¿Sus rutinas de autocuidado han cambiado con el paso del tiempo?
Suelo ser vegetariano los lunes, cuando me pongo a dieta… y dejo de serlo el martes por la tarde. Nunca he tenido especial interés en eso, como tampoco en la cirugía u otras técnicas.
Más allá de la apariencia, ¿ha variado su forma de entender la propia salud?
Llevo una vida bastante ejemplar. Soy goloso y como más de lo que necesito porque me gusta mucho comer, pero dejé de fumar hace 21 años y nunca he bebido porque soy alérgico o intolerante al alcohol. Bueno, mi vida no es ejemplar. Ninguna lo es, pero en este caso no creo que me haya hecho daño a propósito.
Jordi González
El medio televisivo ha mutado radicalmente desde sus inicios con La palmera hasta el consumo digital actual. ¿Cómo ha vivido los cambios generacionales?
Antes, la evaluación [de audiencias] era trimestral, como en la radio. Luego pasó a ser mensual y luego a diario. Ahora ya estamos en el minuto a minuto, y la información que tenemos nos dice si quien nos está viendo tiene más o menos de 25 años, si está en una ciudad de más o menos de 1.000 habitantes, cuál es su nivel sociocultural… Imagino que lo que nos falta son más muestras; siempre pienso que hay pocas. ¿La audimetría marca tendencias? Sí. ¿La audimetría es una ciencia exacta? No, y es imposible que lo sea, porque no sé cuántos audímetros hay en España, pero pocos. Y usar un audímetro requiere de una disciplina que, en general, la gente no tiene. En este sentido ha cambiado radicalmente, una barbaridad. De evaluarte trimestralmente a que te quiten un programa al día siguiente del estreno porque a las 8 de la mañana ya se sabe el consumo que ha tenido y ya se ve que no es un programa que guste a la gente. O peor, que la gente rechaza. Ha pasado en muchos programas, que no han dado tiempo a nada. Luego, la tecnología. No hablo de la IA, que —afortunadamente— todavía no nos ha sustituido, pero estamos a años luz de lo que teníamos. Antes llevar un pinganillo significaba llevar un auricular en la oreja con un cable que se veía perfectamente; ahora son capsulitas, una cosa enana.
¿La adaptación tecnológica se le ha hecho difícil?
No. A todo lo que sea facilitar las cosas, nos acostumbramos pronto.
Existen personas reticentes.
Sí, pero esa gente probablemente preferirá un cierre centralizado en el coche, a tener que cerrar puerta a puerta con llave. Y esa gente seguramente preferirá tener alarma en su casa, a tener un perro que ladre si viene alguien. La reticencia ante la evidencia es algo estúpido.
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¿Qué peso han tenido los fracasos en su carrera? ¿Se aprende más de un programa cancelado que de un gran éxito sostenido?
Si llevo 41 años en la tele es porque he tenido más éxitos que fracasos. Es la única justificación. He tenido fracasos, pero en la balanza, evidentemente, pesan mucho más los éxitos. Si no, no me estarían ofreciendo trabajo a mi edad. De los fracasos se aprende relativamente, y en televisión, así como un éxito no es solo de uno, un fracaso tampoco. Puede deberse a una mala programación; que te programen contra el fútbol, una serie que está muy consolidada o un programa que tiene un seguimiento de un 20% mínimo. Si te programan a esa hora en otra cadena, tendrás más números de tropezar que de salir airoso. Los fracasos son la suma de muchos factores.
¿Cómo cuáles?
Entre ellos, la decisión de directivos a los que no retirarán su tarjeta Visa Oro para que sigan comiendo a nombre de la empresa. Mientras, lamentablemente, los equipos de los programas se quedan en la calle y salen los peores parados. Si un directivo toma una decisión que sale mal, ¿quién lo paga? El redactor, el ayudante de producción; la gente que necesita el sueldo que está ganando cada mes para pagar el plazo del coche. El directivo seguirá tirando de tarjeta de crédito oro de la empresa y seguirá en su despacho, con sus secretarias. Un éxito tampoco lo es de un directivo; el éxito es de todos. Haciendo programas, si yo no estuviera bien sonorizado, no se me oiría bien. Y si no estuviera bien iluminado, no se me vería. Y si no estuviera bien realizado, no se entenderían las entrevistas. Dependemos de muchos factores que son humanos.
Vivió la época dorada de los sueldos de los noventa, los grandes debates o el despertar de los ‘realities’. ¿Siente nostalgia?
La nostalgia es un error. Cada época tiene sus particularidades; de los 90 se echan de menos los sueldos, pero yo no echo de menos los peinados o los colores de las chaquetas. De los 2000 puedes echar de menos el gamberrismo que había en la tele, cuando las privadas empiezan a jugar fuerte. Pero en cambio, no echas de menos la guerra contra Irak o la crisis económica. De la época de ahora, a mí me sobra ‘wokismo’. La cosa esta de ser siempre políticamente correcto me parece que resta espontaneidad… pero tendrá sus ventajas también.
Ha conocido —y entrevistado— a cientos de personajes célebres. ¿Moverse en esta industria es uno de los motivos que le han hecho más escéptico y tolerante con la duda?
La celebridad es un concepto muy particular. Cuando tenía solo 24 años, entrevisté a dos premios Nobel en La Palmera de TVE; a Camilo José Cela y al médico nutricionista Francisco Grande Covián, y eran dos celebridades. Pero es que cuando tenía 44, las celebridades eran dos concursantes de Gran Hermano, que daban más audiencia. Luego, las celebridades han sido personas del ámbito político y ahora, sobre todo, deportivo. Antes, a priori, no tenía ningún interés en entrevistar en prime time a un jugador del Barça. Sin embargo, ahora daríamos lo que fuera por tener a un jugador de la selección española. Las tendencias y los gustos del espectador, que también somos tú y yo, van cambiando. Quedan solamente, como en la literatura o el cine, los clásicos. Hay cosas como El Lazarillo de Tormes o El apartamento que van a seguir gustando a otras generaciones, pero las cosas se ponen de moda y pasan de moda.
Jordi González
La variedad de formatos en su trayectoria evidencia una alta capacidad de adaptación. ¿Siempre fue así?
Manuel Villanueva, que había sido director general de Mediaset durante muchos años, alababa mucho mi versatilidad. Decía: “Es que tú igual te entrevistas a un ministro que a una concursante de Gran Hermano y con el mismo aparente interés”.
Nunca se ha encasillado.
Esa es una suerte que he tenido. Para mí no hay gente mejor que otra. Yo no soy clasista, nunca he sido de la opinión de que una persona que tiene dinero vale más que una que no lo tiene. O que una persona que ha tenido mucho éxito en el cine es mejor actor o actriz que uno que no ha tenido tanto. Nunca he pensado así. Un ministro ejerce de ministro mientras el gobierno que lo sostiene aguanta. Una concursante de Gran Hermano será popular hasta que llegue la siguiente edición de Gran Hermano.
¿Qué es lo que más le preocupa del mundo que estamos dejando a las nuevas generaciones?
La educación. Cómo estamos educando a quienes están en edad de formación, en ese momento tan particular de la vida que es cuando —entre todos: profesores, padres y medios de comunicación— formateamos el disco duro de las personas. Hay mucha indecencia y malas intenciones. Sin ir más lejos, Trump es partidario de cerrar universidades o censurar libros de texto. Es que es básico porque es el pilar de la sociedad; las nuevas generaciones van a ser la gente que va a gobernar el mundo dentro de 20 años.
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¿La historia se repite?
Dicen que quien no aprende de la historia está condenado a repetirla. No lo sé. En España, se había abandonado mucho eso, pero no por voluntad propia, sino por culpa de un régimen político dictatorial que no quería que la gente leyera; que prefería que la gente fuera a los toros o al circo a que viera una película de Ingmar Bergman. Pero en este momento, lo atribuyo a una cosa que en catalán diríamos ‘tantsemenfotisme’, un “me da lo mismo” generalizado.
Ese sentimiento de hastío, ¿de dónde diría que surge?
Es un pesimismo en el sentido de: “Me están diciendo todos los días que el planeta va a explotar por su temperatura, o que nos van a hackear la cuenta del banco, o que si no me mata mi hermana, me matará una persona nacida en el norte de África a la vuelta de la esquina”. Y si te acojonan permanentemente, llega un punto en el que dices: “Si vivo el día entero, puedo darme por satisfecho”, y no hay opción a pensar mucho en el futuro. En Estados Unidos, que es bastante paradigma de nuestra civilización, la mayoría de la gente —y hablo con conocimiento de causa— tiene deudas. Mucha gente ha comprado coches, apartamentos, casas o ropa sin tener el dinero para hacerlo; no lo han conseguido pagar y finalmente les han embargado. Vivir por encima de nuestras posibilidades es la filosofía contraria a la de nuestras abuelas, que nos decían: “Tienes que ahorrar por si algún día tienes una enfermedad”. Cuando llegas al punto en que crees que ahorrar es de imbéciles porque no tenemos garantizado ni el día de hoy entero, ya no tienes ningún pensamiento más allá.

De ahí que le preocupe la educación...
La educación formaría parte de esa idiosincrasia; ¿para qué voy a invertir en algo que será dinero tirado a la basura, si mi hijo no podrá jamás ejercer de médico porque no va a llegar? Es una porquería. Sin embargo, por otra parte, vemos a esa élite tan minoritaria que invierte tantísimos millones en recursos para vivir diez años más o aparentar diez años menos. ¿Cómo ese porcentaje tan mínimo de la población se está dejando tantísimo dinero en investigar si con células madre o péptidos podemos vivir hasta los 100?
Hay una industria alrededor de la longevidad.
Exacto, y está reservada exclusivamente a los multimillonarios. Pero es que va más allá, porque resulta que los más destacados millonarios del mundo, como pueden ser Jeff Bezos o Elon Musk, están invirtiendo en viajes espaciales. Están pensando realmente en colonizar otros lugares, ya que aquí va a ser invivible por el calor… o porque habrá demasiada gente pobre que les molesta.
Hablar de “jubilación”, ¿qué le suscita?
Me sugiere la etimología de la palabra, que es “alegría”. Creo que es algo a celebrar. En mi caso, y en el de otros privilegiados que hemos tenido la gran suerte de hacer lo que nos gusta y donde hemos querido, cuando llegue el momento podremos disfrutar con alegría. Y es algo que no siempre es sinónimo de lo que debería ser; si llegas a la jubilación y te tocan 800 euros de paga, difícilmente vas a disfrutar mucho de nada. Pero es una palabra que, en su esencia, es hermosa. También es la recompensa para los que han dedicado una vida y esfuerzo al trabajo y a ayudar a otras personas; los que antes eran conocidos como sabios de la tribu, que daban consejos, curaban y sabían remedios con plantas para aliviar enfermedades. La gente vieja siempre ha estado al servicio de los demás… hasta que los han aparcado porque ya son inútiles. Si no consumen y ya no van a comprarse Audis, ya no te interesan y los arrinconas. Pero hasta no hace tanto, eran gente imprescindible.