Вход на сайт

Просмотр новости

Найдите то, что Вас интересует

La tierra prometida

Дата публикации: 10-10-2026 04:01:23

Hace 15 años yo estaba a punto de cumplir 18. Es decir, que me quedaba bien poquito para seguir haciendo las gamberradas de antes, pero sin la supervisión de mis padres y bajo la amenaza de entrar en la trena. Hace exactamente 15 años, estaba a puntito de poder entrar en discotecas sin tener que colarme por la puerta de atrás, follarme a hombres mayores sin ver reflejado en sus pupilas el miedo a que les pudiera denunciar, o comprar diez botellas de vodka mientras le sonreía al dependiente con unos dientes que parecen de leche. Hace 15, ¡15! años estuve a punto de vivir toda esa falsa libertad de la que te abanderas al cumplir la mayoría de edad. Pero justo pasó algo que interrumpió el camino hacia mi renacimiento: el 15M. De repente, mi horizonte de hedonismo desenfrenado sin malabarismos ni disimulo se vio aplazado por un fenómeno político mucho más interesante: había estallado una bomba del nivel de Hiroshima, con halos de promesa progre e impacto mundial. Había empezado, ahora sí, una revolución de tantas que no llevan a ningún lugar. Nos reclamaban. Profesores universitarios con contratos temporales tras el megáfono, rastafaris al ritmo improvisado de su guitarra española y señoras gritonas con el carro de la compra. Nos llamaban a ocupar las plazas de cada localidad española y, los más despiertos, concienzudos e inteligentes de mi pandilla –esto es, estudiantes soberbios que creían firmemente poder pagarse una mariscada a costa de la propia intelectualidad–, ahí que nos plantábamos. Con todas las razones para alzar la voz, pero con el mandato de no empuñar ningún arma. Huíamos de tácticas falangistas y bolcheviques porque nuestro saber hacer era más noble y sofisticado: en eso nos diferenciamos. La pacificación representada con un alzamiento de manos en vez del fuerte aplauso, no sea que despertáramos al viejo del quinto con el sonotone más barato. No era solamente la vía sino también la personalidad lo que nos llevaría, meses después, a la ruina. En esas semanas de mayo de 2011, la emoción por que lo inalcanzable se convirtiera en factible se palpaba en las calles de todo el Estado y, de rebote, mi ego crecía como la taquicardia en una atracción de caída libre: me sentía un granito de arena imprescindible e incluso identificable, como si en la frente tuviera un código de barras registrado en la base de datos de los izquierdosos que habían hecho todo aquello posible. Porque así me lo hicieron creer, y así necesitaban creérselo los desconocidos que nos trataban como hermanos de pacto de sangre por coexistir en el mismo punto cardinal, por cierto, siempre lleno de mierda: mucho alertarse de la crisis climática pero después de una asamblea nadie tiraba las bolsas de patatas fritas vacías. Me acuerdo de decirle a mi madre: hoy no vengo a dormir, con un orgullo que ni Santiago Carrillo colándose en la frontera española con disfraz y peluca de bazar. Y su decepción contenida porque su hija malcriada, en una edad del pavo alargada, no se iba al parque a hacer botellón ni a casa de ningún maromo, sino a pasar frío en un espacio de decenas de metros cuadrados junto a miles de personas tristes, desempleadas, desahuciadas, mientras las escuchaba sollozar con latas de cerveza compradas a un euro a algún sin papeles que las guardaba bajo una tapa de alcantarilla del casco antiguo barcelonés. Recuerdo esas noches acompañada de quienes, de repente, no eran mis colegas sino mis camaradas; también la mirada atenta por si venía la policía con unas porras que yo solamente había visto sacar en alguna película española ambientada en una época de pretransición. Y ser feliz en el sacrificio: tenía la convicción de que, dentro de unos años, tendríamos la vida que nos merecíamos y gracias a ejemplos como el mío. Por fin, gracias a mí, se escribiría la verdad y solo la verdad en los libros de texto. Por fin, estaba haciendo algo importante para una multitud que no era ni mi familia ni mis peces. Mi bar de confianza pasó a ser, pues, la plaza Catalunya. Lo que para muchos era el ágora en el que se nos llamaba a filas para la paz, era en realidad un centro comercial: mucha, mucha gente; y muchas, muchas letras mayúsculas diciendo cosas que acaparaban tu atención. Una infinidad de pancartas enormes con frases ingeniosas sobre el hoyo al que habían arrojado a la clase trabajadora. La más famosa, fantasiosa hoy en 2026: No te vas a comprar una casa en tu puta vida. Qué sentencia tan demoledora, pensábamos: ¿cómo vamos a estar décadas de existencia, partiéndonos el lomo, sin que nos concedan la entrada de una hipoteca? ¡No tiene sentido alguno! ¿Cómo vamos a ser ciudadanos cagando en el váter de un hogar del que no tenemos la propiedad? Eso nos preguntábamos los que ahora alquilamos una habitación interior por un precio superior a la media del alquiler de por aquel entonces, y compartimos el piso con extranjeros de una media de 40 años que no saben ni pedirte fuego en tu idioma. Pero girabas la cabeza, al azar, y ahí estaba otro cartón con un diagnóstico igual de dantesco: No hay pan para tanto chorizo. Y no, no había suficiente Congreso para tanto cretino: la trama Gürtel, el caso del Palau de la Música, la subida de las tasas universitarias por la privatización a cargo de los bancos… La lista era interminable: ¡Si hasta Cifuentes, expresidenta de la Comunidad de Madrid, cayó en la tentación de mangar unas cremas para el rostro en un supermercado! Pero sin duda, había un mantra que estaba por todos los lados, un concepto que aglutina todos los eslóganes de camisetas que llevaría un rojillo de concertada. ¡Democracia Real Ya! se leía en todos los lados: grafitis en las paredes, pósters en las paradas del autobús, flyers por el suelo e incontables turras en Facebook. ¡Democracia Real Ya!, con tipografía amarilla fosforito sobre un vaticinante fondo negro.Porque… ¿Cómo era exactamente esta supuesta democracia de verdad, la que no teníamos, la que nos habían robado? ¿Una directa como la que tiene Suiza, en la que se vota para cualquier cosa, ya sea para acordar un tope salarial o si le ponen pistacho al chocolate? ¿O una participativa, como en Irlanda, en la que podrían abrir una consulta ciudadana para saber si nos gustaría obligar a Esperanza Aguirre a teñirse el pelo de negro? Nadie acababa de entender qué construíamos, pero supongo que eso era algo secundario porque no hay nada que una más que un enemigo común, y a mí ya me iba bien. Al terminar la jornada, no éramos tan originales: queríamos un líder representativo, que es lo que ya conocíamos. Nos habíamos metido en un sitio del que ya no sabíamos cómo salir, como cuando te casas con alguien que resulta ser un putero del que no puedes divorciarte porque oh, sorpresa, es él quien maneja la guita y todas tus pertenencias. Así que sí: pedíamos que nuevos traseros calentasen el mismo asiento de aquellos que habían gestionado los recursos de un país de más de 40 millones como quien juega al Monopoly y, para colmo, tenían mal perder. Pero, al menos, los culos serían de los nuestros. De los que lucen rojos como un mandril porque vienen del pueblo. Lo que pasó luego, digno de olvidar. En efecto, votamos y el PSOE y nuestro partido predilecto, Podemos, no llegaron a ningún acuerdo; entonces volvimos a ponernos el despertador un domingo para hacer otra vez cola para dejar nuestro voto, si no es que habías optado por quedarte espatarrado en el sofá porque empezaba a vislumbrarse como la mejor opción. El resto ya es carne de memes para redes sociales: Mariano Rajoy negando que era M. Rajoy porque en algún lugar remoto deberían haberlo clonado como a la oveja Dolly; Urdangarín pillado por cambiar el manoseo de la pelota por algo más pequeño y en peligro de extinción, como los fajos de billetes; la mujer del extesorero del PP –"Luis, sé fuerte"– escaqueándose de entrar en prisión porque tenía que cuidar a su hijo de treinta y tantos, cantante de un grupo de música cuyos fans solo visten con náuticas y pulseritas de tela de la bandera de Españññña. Y el que era nuestro intelectual favorito por ser un portavoz decente y calmado, el encargado perfecto para negociar tanto con ETA como con la Agencia Tributaria, obligado a dimitir por estar más obsesionado con meterse entre las bragas y por la nariz que por ampliar los presupuestos anuales destinados a la salud mental, en una época en que los jóvenes abandonan el nido no porque emigren a Alemania, sino porque se matan. Así que, en esta retrospectiva temporal, la pregunta que se desprende es la más peligrosa porque, en el balbuceo de la respuesta, te expones al riesgo de quedar atrapado en una enorme sensación de vacío del que solo te puede rescatar un ansiolítico. Y no es otra que la de ¿y todo lo soñado, luchado, para qué? ¿Para que nos sangren los ojos y se nos cierre el estómago cada vez que paseamos por la calle, hacemos scroll con el móvil, encendemos el televisor? Podría decir: para nada o, peor, para despolitizarnos aún más. Para agotarnos dando vueltas como bobos en una pista de atletismo y dar el relevo generacional a muchachas que no pueden ni mirarse en el espejo porque se creen feas sin maquillaje y sin operaciones estéticas, y muchachos que piden dinero a sus padres para invertir en criptomonedas y unas zapas falsificadas por Aliexpress. Y eso en el mejor de los casos: hay quienes se tatúan la cara del nopuedoponerterroristaporquenoquieroquemedenuncie Santiago Abascal, leen a Juan Soto Ivars en vez de ¡Indignaos!, el best-seller panfletario del diplomático francés Stéphane Hessel y se plantan delante de clínicas de aborto para insultar a las chicas con las que comparten pupitre; hay también los que afirman que una chica sin depilar no es mujer, y que los nacidos aquí con la piel oscura son de fuera, después de preguntarles quién es Franco y responderte ¡pues alguien veraz, alguien honesto! Ignorantes de historia contemporánea que, muy a tu pesar, echas de menos cuando te encuentras al futuro votante de ultraderecha que sí había oído hablar de él y, según su abuela, fue un ¡dirigente! que hizo cosas malas pero también buenas. Como las carreteras. Y sí, hay cadáveres amontonados en cunetas, pero todo hay que contextualizarlo. Menos su discurso neonazi sobre el proyecto de nación, por descontado: según los últimos datos, en las próximas elecciones generales el 51,5% de la franja entre 18 y 29 años votará a partidos que niegan el cambio climático, el genocidio de Palestina y las demandas de violencia de género de la mujer.Se estima que de aquí a poco menos de un año nos convocarán de nuevo a las urnas, si es que Trump no nos declara la tercera guerra mundial antes o Pedro Sánchez vuelve a entrar en crisis personal como un hombre profundamente enamorado de su mujer. En principio, serán en julio**. Una estrategia absolutamente magistral: media España vaciada por haberse marchado escopetados a pasar las vacaciones a cualquier parte con un asfalto a menos 80 grados; la otra media, donde me incluyo, no habrá podido huir y estará pasando el verano con la peste a sobaco de los guiris que se pasean borrachos sin camiseta y el cerebro tan deshecho como para confundirse de papeletas. Queda menos de un año, pues, para que me plante en el colegio electoral, llegue a la mesa –¡por favor, que me toque!, que así me dan bocadillo gratis, que soy autónoma y será un mes difícil– y deposite mi sobrecito cerrado. Alguien me pedirá el DNI; chequeará mis datos, se compadecerá de mi edad y pensará que soy más guapa con esa foto en blanco y negro, como todo el puto mundo. Ese alguien hará un exhaustivo repaso para comprobar que, en efecto, estoy ejerciendo mi derecho por una tierra que ha costado sangre, lágrimas y plegarias; y, en la parte superior, ese trozo de plástico duro por el que individuos nadan hasta Gibraltar o pagan a mafias, en la parte superior, acompañada de la combinación de colores rojo y amarillo, pone REINO DE ESPAÑA. Un sustantivo que no casa con democracia, el único motivo por el que los de arriba fingen interés por una población anónima. Y si hace 15 años, cuando estaba a punto de cumplir 18, y era el 15M, no dudaba de nada, ahora pienso en por qué nos sentimos estafados. Si fueron sinceros desde el principio, ya que en nuestro carnet de identidad está bien claro cuál es e iba a ser nuestro único lugar: un reinado del mandato monárquico y una legión de señoros, que pese a no comulgar abiertamente con la corona o compartir su pasión por matar elefantes, comparten el mismo carácter desacomplejado de saquear al que se deja la piel por sacar su patria adelante. Los mismos que, tiempo atrás, nos contentábamos con tan solo escribir en cartones, bonito y bien grande ¡Sí se puede!*Andrea Genovart ha sido Premi Llibres Anagrama con la novela ‘Consum Preferent/Consumir preferentemente’ (2023). Es columnista en infoLibre.**La pieza se escribió antes de que Pedro Sánchez convocara elecciones anticipadas.

Схожие новости

#Наименование новостиТональностьИнформативностьДата публикации
1Contar la Historia05.4518-10-2026
2La revuelta de la juventud francesa: la fiesta como arma contra un poder gris05.1617-10-2026
3¿Y los jóvenes qué?, en el TintaLibre de octubre05.6803-10-2026
4A ti, orgulloso de abstenerte05.4519-10-2026
5¿Cuántos años de vida te puedes permitir?010.1915-08-2026
6Un país sin autoestima010.8407-05-2026
7Pseudohistoriadores, leyes de concordia, redes sociales y raperos fachas: el revisionismo gana terreno 90 años después08.4417-07-2026
8Frenesí dialéctico08.2614-08-2026
9Батя за своим станком. Молодой тут ещё. Но уже тогда ...05.1420-09-2026

Классификация: . Схожих патентов: 0. Схожих новостей: 9. Тональность: 0. Информативность: 9.01. Источник: www.infolibre.es.