“¿Condena usted esta batalla de auras?”. Una pregunta absurda que nadie se ha atrevido aún a plantear. Y con razón: en lugar de fijarse en la alegría que impregna el movimiento de los y las estudiantes de secundaria, que lleva ya varias semanas en marcha, resulta mucho más fácil centrarse en los incendios de contenedores —“¿los condena?”— o en los bloqueos que derivan en enfrentamientos tras la intervención policial. “¿Está la juventud, al fin y al cabo, carcomida por la violencia?”. Este es el efecto lupa de un debate mediático-político que no viene al caso.Por ejemplo, están esos estudiantes de secundaria que bloquean su instituto en París y cuentan que los periodistas se marcharon decepcionados porque no hubo violencia en su bloqueo. “Nos dejaron su número diciéndonos que les llamáramos si la cosa se ponía fea, y luego se fueron”, cuenta Rosa, de 18 años.O esa edición especial de LCI, durante la manifestación parisina del martes 13 de octubre. En la marcha, decenas de miles de personas desfilan en un ambiente alegre y festivo. Pero un brevísimo momento de tensión al frente de la marcha —realmente minúsculo— merece, según la cadena, aparecer en un enorme titular: “Urgente: primeras tensiones en la manifestación parisina”.¿Y cómo no hablar de esos políticos, siempre dispuestos a “condenar la violencia”, a prometer “orden”, “protección de los bienes” y unos “momentos democráticos” tan encorsetados como sus ajustados trajes? “En democracia, nadie puede imponer su voluntad mediante la violencia”, escribe, por ejemplo, en X, el candidato de Los Republicanos (LR) a la presidencia, Bruno Retailleau.Para todas estas personas, sería conveniente sin duda que levantaran la vista de su pantalla. Porque es precisamente la generación considerada “alienada” por las pantallas y las redes sociales — esa famosa "Gen Z" — la que les está dando una buena lección de vida.En estas últimas semanas, basta con acercarse a los cortes de carretera, a las marchas, a las asambleas generales —sí, eso lleva más tiempo que un tuit— para observar una alegría sin precedentes y un estado de ánimo entusiasta y desbordante, que no han sido empañados por la represión ciega ni por las maniobras dilatorias del Gobierno —que espera un “agotamiento” que no llega—, sino todo lo contrario.Y todo el mundo, incluidas las organizaciones que apoyan a los jóvenes, se ve desbordado por esta ola. La manifestación de París del martes 13 de octubre fue la ilustración más clara de ello. Se habían convocado dos marchas en la capital: una por parte de las organizaciones juveniles, acompañadas de varios sindicatos de docentes y partidos políticos de izquierda; otra, aprobada en una gran asamblea general de institutos y facultades. Y no hubo ninguna duda. Los estudiantes de secundaria y universitarios respondieron mucho mejor a la segunda convocatoria. Prueba de que la juventud no se deja instrumentalizar por nadie, de que se autoorganiza, sabe coordinarse y comprende perfectamente lo que está en juego en su movimiento, situando al frente de la marcha a la coordinadora de los y las estudiantes de bachillerato —compuesta sobre todo por alumnos de los institutos más desfavorecidos—, impulsora de este movimiento.Cabe destacar que esta marcha, que partió de la plaza del Ayuntamiento y se extendió a lo largo de varios kilómetros, estuvo marcada por una alegría contagiosa. La alegría de una juventud que retoma las riendas de su futuro, que rechaza las ataduras que se le intentan imponer, que grita, que canta y que se muestra especialmente inspirada a la hora de redactar los cientos de pancartas que enarbolan. Tanto es así que la policía, durante un tiempo, intentó dispersarlos, símbolo de un poder desbordado.Frente al Ayuntamiento de París, la Orquesta del Nuevo Mundo, una formación musical comprometida con la justicia social y climática, interpretó al inicio de la manifestación La Internacional, La Marsellesa o bandas sonoras de películas de superhéroes. En el cortejo, bandas de música, altavoces sonando con los últimos éxitos, gente bailando, disfraces. En París, como en todo el país, reina la misma energía desbordante.En Le Havre (Sena Marítimo), pogos con el rapero Médine; en los bloqueos de los institutos, canciones cantadas al unísono; batallas de baile y de “aura”, a veces incluso con la comunidad educativa. La que tuvo lugar con un director de instituto en Laval se hizo viral en redes sociales. Más allá de este vídeo viral, hay que leer el texto de este director:“Los alumnos quieren que se les oiga.Yo les respondo que se les oye.Ellos aclaran que quieren que se les escuche.Me han conmovido.Oír es una cuestión de acústica.Escuchar se convierte en algo político.Ellos hablan.Yo hablo.Ellos responden.Yo respondo a su respuesta. […]Se avanza.Lentamente.Pero se avanza.La democracia, a veces, es simplemente varias personas que permanecen en el mismo lugar el tiempo suficiente como para acabar por no estar ya absolutamente seguras de tener toda la razón”.Ahí radica el enorme error de los últimos gobiernos. En no haber escuchado nunca. En pensar, una y otra vez, que tienen razón. “Me gusta decir que ante cada más hay que poner un menos”, explicaba el miércoles 14 de octubre en France Info Roland Lescure, ministro de Economía. Como si este movimiento pudiera reducirse ingenuamente a una cuestión de contabilidad presupuestaria.Este discurso ha dejado de ser escuchado. Porque al convertir el movimiento en una fiesta, al salirse de los marcos habituales, esta juventud se ha convertido en protagonista de su futuro. Impone en el debate su visión del futuro, diametralmente opuesta a la que defiende el macronismo. Grita sus aspiraciones. No protesta contra algo concreto, ni contra ninguna reforma, ni contra ninguna medida impulsada por el Gobierno. Lo rechaza todo. El horizonte que se le pide que siga. La pasividad que se le impone.Es más, se moviliza a favor de algo. A favor de mejores condiciones de estudio, de una verdadera igualdad de oportunidades, de un poder que asuma sus responsabilidades ante las consecuencias comunes del neoliberalismo y del calentamiento global. A favor de que se respete a la juventud, en toda su pluralidad y diversidad. Y eso lo cambia todo.Triunfa allí donde la movilización contra la reforma de las pensiones —como la mayoría de los últimos movimientos sociales— ha fracasado. Ya no participa en el espectáculo, en una época marcada por las convocatorias a matacaballo de la intersindical y su sencillo lema: “No a los 64 años”. Esta juventud pone en escena el espectáculo, decide el guion e impone a sus actores y actrices.Hay en ello algo tan inesperado como asombroso. Y, en cierto modo, revolucionario, en el sentido que le da el filósofo marxista Henri Lefebvre en La Proclamación de la Comuna (La Fabrique, 2018).“¿La Comuna? Fue una fiesta, la más grande del siglo y de los tiempos modernos”, escribe el filósofo, que ve en la insurrección del 18 de marzo de 1871 “la apertura ilimitada hacia el futuro y lo posible, sin tener en cuenta los obstáculos y las imposibilidades que puedan interponerse en el camino”. En definitiva, una revolución “entendida no como una idealidad abstracta, sino como la idea concreta de la libertad”.Unas palabras que resonaban especialmente, a pocos días del 17 de octubre, fecha lanzada de improviso en TikTok para convocar un “regreso de los chalecos amarillos”. Una fecha de la que ya se ha apropiada ampliamente el movimiento juvenil. “No habrá 18 de octubre”, se podía leer estos últimos días en varias pancartas, tanto frente a las facultades como en las manifestaciones.Sin embargo, la cuestión de fondo no es tanto si se producirá o no una hipotética “revolución”, y mucho menos si el movimiento perdurará después de esa fecha, sino más bien las consecuencias, a largo plazo, de esta politización sin precedentes de una parte de la juventud.Este movimiento, que ella misma ha impulsado, la ha sacado de ese “espectáculo exclusivo” del que habla Jean-Jacques Rousseau —aquel que mantiene a los espectadores “temerosos e inmóviles en el silencio y la inacción”, como lo han estado muchas generaciones antes—. No, los jóvenes se han convertido en “actores por sí mismos”, han logrado “que cada uno se vea y se quiera en los demás, para que todos estén mejor unidos”. Sí, la Generación Z ha decidido montar el espectáculo.Romaric Godin ha colaborado en este artículo.Traducción de Miguel López*NOTA DE INFOLIBRE: En las protestas de este sábado en Francia se produjeron disturbios y pillajes, provocados en su mayoría al margen de las manifestaciones convocadas por los alumnos de los institutos. La Prefectura informó en la mañana del domingo de que una persona falleció en la capital por parada cardiorrespiratoria, sin dar ningún otro detalle. Hubo 500 agentes heridos y más de 1.800 detenidos por todo el país, que se suman a los casi 7.000 arrestados en las últimas tres semanas. Más del 80% son menores de edad.