Con más de medio siglo dedicado a rescatar la música medieval, Eduardo Paniagua, un referente de la interpretación histórica, participa este sábado en el ciclo Matins de l’Orgue de Alaró, junto al organista Miquel Bennàssar en un programa que reúne obras de Alfonso X el Sabio, Conrad Paumann y otros compositores medievales.
Con más de medio siglo dedicado a rescatar la música medieval, Eduardo Paniagua, un referente de la interpretación histórica, participa este sábado en el ciclo Matins de l’Orgue de Alaró, junto al organista Miquel Bennàssar en un programa que reúne obras de Alfonso X el Sabio, Conrad Paumann y otros compositores medievales.
¿Qué encontrará el público que asista al concierto?
Pues una propuesta muy especial. Conozco desde hace años el ciclo de Alaró y siempre me ha parecido un proyecto ejemplar por su apuesta continuada por el órgano y por el patrimonio musical. Esta vez añadimos una flauta medieval, algo que convierte el concierto en un auténtico desafío. Siempre digo que es como enfrentar una brisa con un huracán. El órgano tiene una fuerza inmensa y llena todo el templo, mientras que la flauta habla con una voz mucho más íntima. Precisamente ahí está el interés: conseguir que ambos instrumentos dialoguen sin que ninguno quiera imponerse al otro.
Háblenos del programa.
Interpretaremos varias Cantigas de Santa María de Alfonso X, sin voz, dejando espacio para la improvisación, además de otras páginas de Conrad Pauman así como obras medievales en las que el órgano y la flauta irán conversando continuamente.
El programa une compositores de distintos lugares de Europa. ¿Existe una conexión entre ellos?
Sin duda. Aunque procedan de territorios diferentes, todos forman parte de un mismo universo musical. Conrad Paumann, por ejemplo, fue una figura esencial para la historia del órgano. Su Fundamentum organisandi constituye uno de los grandes tratados del siglo XV y ofrece obras de enorme belleza. Miquel Bennàssar tendrá la oportunidad de mostrar toda la riqueza de registros del órgano, pero también la sensibilidad necesaria para acompañar una flauta que posee una sonoridad mucho más discreta. Cuando esta música se interpreta con elegancia, todo encuentra su equilibrio.
¿Qué importancia tiene la acústica de un espacio como la iglesia de Sant Bartomeu?
Muchísima. En la música medieval la arquitectura forma parte de la interpretación. El sonido del órgano cambia completamente según el edificio donde se toque y obliga a los músicos a escucharse constantemente. Una iglesia como la de Alaró convierte cada concierto en una experiencia irrepetible.
Ha dedicado más de cincuenta años a investigar este repertorio. ¿Qué le sigue atrayendo de él?
Cuando era joven apenas existían estudios ni grabaciones. Muchas de las obras que interpreté fueron recuperaciones prácticamente inéditas. Nuestra generación tuvo que aprender casi desde cero y abrir un camino que hoy resulta mucho más accesible. Lo que siempre me ha movido ha sido rescatar el patrimonio musical hispano y europeo y devolverlo a la vida. La música solo cobra verdadero sentido cuando vuelve a sonar delante del público.
¿Sigue habiendo descubrimientos importantes?
Es difícil encontrar obras completamente desconocidas. La mayoría de los manuscritos conservados ya han sido estudiados y muchos otros se perdieron para siempre. Sin embargo, todavía interpretamos muy poco de todo ese patrimonio recuperado. Además, la manera de tocar también evoluciona. Hoy comprendemos mucho mejor cómo debía sonar esta música que hace cincuenta años.
¿La música medieval exige una preparación especial?
Para el intérprete sí. Cada instrumento posee su propia técnica y su propia historia. Los órganos medievales eran muy diferentes a los actuales y las flautas también requieren una forma específica de tocar. El público, en cambio, solo necesita escuchar. Conocer el contexto ayuda a disfrutar más, pero no es imprescindible. La buena música siempre encuentra el camino para llegar a quien la escucha.
¿Qué le gustaría que el público sintiera al terminar el concierto?
Que saliera distinto de como entró. La música tiene esa capacidad extraordinaria de llegar directamente al corazón. Si una obra consigue resonar dentro de uno mismo, ya ha cumplido su misión. Estoy convencido de que las músicas de Alfonso X, de Conrad Paumann e incluso la presencia final de Bach dejarán esa huella. Ni siquiera el calor del verano podrá competir con esa emoción.
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