La obra de Isabel Matoses ha permanecido durante décadas en el cuarto oscuro de la historia: dispersa y fuera de los grandes relatos sobre la fotografía española. Ahora, el Museo Lázaro Galdiano abre ese archivo y devuelve a la luz a una autora que no se limitó a mirar el mundo, sino que lo sometió a una transformación continua. La exposición La imagen recuperada, que podrá verse hasta el 6 de septiembre, reúne más de 70 imágenes y recorre una trayectoria desarrollada entre 1969 y 1985: desde sus años de formación en Roma hasta la consolidación de un lenguaje propio en el Madrid de la Transición. No se trata únicamente de una retrospectiva. También es una rectificación histórica: la recuperación de una artista que fue valorada por la crítica y recibió encargos relevantes, pero terminó desapareciendo del canon.Seguir leyendo....
La obra de Isabel Matoses ha permanecido durante décadas en el cuarto oscuro de la historia: dispersa y fuera de los grandes relatos sobre la fotografía española. Ahora, el Museo Lázaro Galdiano abre ese archivo y devuelve a la luz a una autora que no se limitó a mirar el mundo, sino que lo sometió a una transformación continua. La exposición La imagen recuperada, que podrá verse hasta el 6 de septiembre, reúne más de 70 imágenes y recorre una trayectoria desarrollada entre 1969 y 1985: desde sus años de formación en Roma hasta la consolidación de un lenguaje propio en el Madrid de la Transición. No se trata únicamente de una retrospectiva. También es una rectificación histórica: la recuperación de una artista que fue valorada por la crítica y recibió encargos relevantes, pero terminó desapareciendo del canon.
Matoses entendió muy pronto que una fotografía no tenía por qué funcionar como una prueba de lo real. Para ella, la cámara era apenas el principio. La imagen se construía después, en el laboratorio, mediante solarizaciones, virados, desenfoques, tramas y manipulaciones del negativo. El resultado se acercaba por momentos al dibujo y la pintura, con superficies vibrantes y una materia visual que parece resistirse a quedar quieta. Su apuesta por el blanco y negro fue también una declaración estética. Mientras el color avanzaba como emblema de modernidad, Matoses encontró en el claroscuro una vía más intensa para explorar la memoria, el tiempo, la identidad y aquello que permanece oculto bajo la apariencia de las cosas. Sus fotografías no describen: sugieren. Hay en ellas una tensión constante entre lo reconocible y lo extraño.

'Playa de Montecarlo' (1970), de Isabel Matoses. / CEDIDA
Ese impulso experimental atraviesa toda la muestra. Aparecen retratos de figuras como Rafael Alberti, Camilo José Cela, Antonio Gala, María Dolores Pradera y José Bergamín, así como imágenes de Adolfo Suárez durante la campaña electoral de 1977. También escenas urbanas, paisajes, arquitecturas y obras de arte sometidas a nuevas lecturas. Entre estas últimas destacan sus reinterpretaciones de Goya, donde el motivo original parece descomponerse para reaparecer como una visión mental.

'Aquelarre' (1972), de Isabel Matoses. / CEDIDA
Ahora bien, el legado de Matoses no se agota en su producción artística. En 1973 instaló en la Plaza del Alamillo un estudio-escuela que se convirtió en uno de los pocos espacios madrileños dedicados entonces al aprendizaje fotográfico. Allí no enseñaba únicamente técnica: también a pensar la imagen. De aquel núcleo surgió el Grupo Alamillo, una comunidad que contribuyó a renovar el lenguaje fotográfico español y que convirtió el aula en un lugar de intercambio, riesgo y búsqueda.
Anticipó debatesLicenciada en Derecho y Periodismo, Matoses se había formado en Roma en disciplinas que iban del retrato al diseño gráfico, la moda o la fotografía industrial. Su primera exposición tuvo lugar en la capital italiana en 1971 y, un año después, presentó su obra en Madrid. Desde entonces combinó encargos profesionales, retratos, proyectos editoriales y experimentación personal con una convicción que hoy resulta sorprendentemente contemporánea: toda fotografía es una construcción subjetiva.

'Plaza Mayor Madrid' (1978), de Isabel Matesos. / CEDIDA
La recuperación de su figura plantea, además, una pregunta incómoda: ¿cuántas creadoras reconocidas en vida fueron relegadas después por una historia escrita con memoria selectiva? En el caso de Matoses, la ausencia resulta aún más llamativa porque su trabajo anticipó debates que hoy ocupan el centro de la práctica fotográfica: la manipulación de la imagen, la autoría o la frontera inestable entre documento y ficción. La imagen recuperada devuelve a la autora al lugar que le corresponde, pero evita convertirla en una pieza de museo inmóvil. Sus imágenes siguen inquietando porque no ofrecen certezas. Se expanden y cambian con la mirada. Más que rescatar un archivo, la muestra recupera una forma de entender la fotografía: no como espejo del mundo, sino como una herramienta para desarmarlo y volver a imaginarlo.