Augusto Delkáder fue un jovencísimo y prometedor director del Diario de Cádiz que cumplió todas sus promesas: periodista fundador y director adjunto de El País, consejero delegado de la Cadena SER y presidente de Prisa Radio. Pero traten otros del gobierno del mundo y sus monarquías; para mí es tío Augusto.
Al morir su cuñado, el padre de mi mujer, fue un sostén para mi suegra y sus hijos. Cuando hice mi entrada en escena, la cosa pintaba a tragedia de Shakespeare. Yo, católico a machamartillo y conservador recalcitrante, era un montuno Montesco a los ojos de aquellos capitalinos Capuletos. Hubo las reservas naturales, pero breves. Todo acabó mágicamente en Sueño de una noche de verano. En cuanto vieron contenta a su sobrina, Alicia y Augusto se volcaron conmigo sin el menor reproche o prejuicio. Han sido treinta y tres años de generosidad ininterrumpida. Más mérito aún al principio: hasta se implicaron en la celebración de la boda. Como Augusto era íntimo de Los del Río, se los trajo a la fiesta para darles alegría a nuestros cuerpos, ¡eh! Si podía, hacía feliz a alguien. Y podía.
De política, no hablábamos, que es lo correcto, pero tampoco nos faltaban temas de conversación. Lo he pensado mucho: creo que la virtud fundamental de Augusto, aparte de la inteligencia, que es un don, era la fidelidad. Fue siempre muy leal a su primera casa, el Grupo Joly. También al oficio del periodismo, a los Polanco, a sus amigos de la política, como Felipe González o Manuel Chaves. Y a Cádiz, a Andalucía y a España, todo a la vez. Tenía una especial suspicacia frente a los nacionalismos egoístas. Eso sí lo comentábamos.
¡Cuánto ha amado Augusto, empezando por Alicia y sus hijos! Y activamente, sin conformarse con decirlo, sino tramando sorpresas y encuentros. Si el examen a la tarde de la vida es de amor, como adelantó san Juan de la Cruz –y Augusto lo entendía cada vez más hondo–, Delkáder estará llenando ahora folios y folios de buena crónica. Yo he sido testigo cualificado de muchísimo y beneficiario inmerecido de bastante. Entre tantas lecciones, Augusto me ha enseñado a ser un tío (en los dos sentidos). Traten otros del gobierno, de los medios, del mundo y sus monarquías, mientras doy fe de que su familia es mejor gracias a él. Yo sigo siendo un Montesco, pero menos montuno.
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