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Pedro García Aguado, exwaterpolista, 57 años: “Fui uno de los mejores del mundo y no lo sentía así; ojalá no haber desarrollado adicción, pero estoy vivo y puedo ayudar a otros”

Дата публикации: 22-09-2026 04:00:00


El exwaterpolista que sobrevivió al abismo de las adicciones para redescubrirse en la televisión desmenuza su mirada sobre el paso del tiempo, el poso de la paternidad y la paz ganada a pulso


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La trayectoria vital de Pedro García Aguado (Madrid, 1968) no entiende de líneas rectas. La historia del exwaterpolista, que triunfó con la Selección Española proclamándose campeón olímpico en Atlanta 1996, es también la crónica de una profunda superación personal. Tras tocar la gloria en el agua, la cara más amarga de las adicciones le arrebató el disfrute de sus últimos años en activo. “Tengo el sentimiento agridulce de que no pude retirarme como me hubiera gustado, pero estoy vivo y eso hace que pueda ayudar a otros”, cuenta.

Ese afán por reconducir caminos le catapultó a la pequeña pantalla al frente de Hermano mayor, un formato que le obligó a mirar de frente su propia vulnerabilidad. Lejos de frenar, su versatilidad televisiva le ha llevado a coronarse como el ganador más longevo de Supervivientes y a compaginar sus colaboraciones en Telecinco con sus nuevos proyectos en Canal Sur. A sus 57 años, confiesa llevarse bien con el espejo gracias a un espíritu joven que prioriza la estabilidad frente al físico. “El paso del tiempo lo veo en mí, en el razonamiento de ‘me quedan pocos años para conseguir lo que quiero’”.

Padre de dos hijas y volcado desde hace años en la asesoría educativa y la prevención, con charlas y ‘webinars’ que abordan problemas como el abuso de pantallas entre los jóvenes, García Aguado dice afrontar el futuro con los pies en la tierra. Para él, la jubilación ya se ha convertido en un horizonte deseado de paseos, cocina y calma, habiendo destilado una valiosa filosofía tras tantas batallas. “Creo que mi aprendizaje ha sido dejar de vivir la vida como una competición contra los otros; ahora relativizo mucho todo, eso me lo ha dado la madurez”.

Nació en Madrid en 1968, pero su vida dio un vuelco a los 12 años con el divorcio de sus padres y un cambio de colegio. ¿Cómo forjó aquella sacudida familiar al adulto que es hoy?

Aquel niño, con las circunstancias que tuvo que solventar en 1980 y la ley del divorcio recién aprobada… Sufrí lo que ahora se llama ser “un niño herido”, que de adulto tiende a pensar en el pasado con cierta tristeza, miedo e inseguridad. Esos sentimientos surgieron por el cambio en la estructura familiar y aquellos momentos también han marcado otra parte de mí, que es la rebeldía. Soy una persona que ahora, de adulto, también se rebela contra muchas cosas. Tiende a salirme el niño herido y lo que él tuvo que sufrir, sobre todo el bullying en el colegio. Todo eso te deja una huella para pelear, ayudar a los demás y hacer todo lo posible en la lucha contra la injusticia.

De pequeño se levantaba a las cinco de la mañana para entrenar y pasaba el día entre la escuela y el agua. ¿Cansaba más el esfuerzo físico o la exigencia mental de ser un deportista de élite en potencia?

La natación empezó pronto porque mis hermanas eran nadadoras y mis padres nos llevaban a las competiciones. En el momento que hubo la ruptura familiar, el deporte me sirvió como evasión. Recuerdo salir de mi casa cuanto antes, ir a entrenar a las 5 de la mañana y estar todo el día en la calle. Si lo valoro ahora, no era por disciplina, sino por decir: “No me gusta cómo ha quedado mi casa y me voy a la calle a llenar el vacío que siento con mucho entrenamiento, exigencia y cachondeo”. Como decía mi entrenador, a los 14 años ya era un quinqui. Empecé muy jovencito a tener actitudes de consumo; a fumar me enganché tarde, con 18, pero los porros los probé a los 14. El deporte me ayudaba a evadirme del dolor que sentía.

Su entrenador de la escuela madrileña de waterpolo, Mariano García Barguilla, fue una figura clave para usted.

Le tengo mucho cariño. Nuestros padres confiaron en él y nos dejaban en sus manos, con todo lo que eso suponía. Era un tío de la época que decía cosas como “¡Por España!” o “¡Por mis cojones!”. Fuera de las consignas fascistoides, me gustaba mucho lo que fomentaba, que era la picardía. Si había 13 jugadores, repartía 12 gorros.

De niño, recuerdo ir a entrenar a las 5 de la mañana y estar todo el día en la calle; el deporte me ayudaba a evadirme del dolor que sentía

Pedro García Aguado

De mentores como él, ¿aprendió algo que hayamos olvidado en la vida acelerada de hoy en día?

Ellos mostraban el cariño con la paciencia. Mariano tenía paciencia y una disciplina bien entendida. No era disciplina autoritaria desde el castigo, sino disciplina de cumplir un horario. También la cultura del esfuerzo, el “esfuérzate lo máximo”. El valor de la perseverancia y de que, si una cosa no te sale, la repitas. Mariano decía: “No escatimes esfuerzos”. Aunque me llamase quinqui, me tenía muchísimo cariño por la situación que yo estaba viviendo. Se ponía en mi piel y veía a un chico que estaba viviendo un divorcio poco amistoso de los de aquella época. Al final, lo tuve como un segundo padre y pasaba mucho tiempo en su casa.

Con 17 años hizo las maletas rumbo a Barcelona para consagrarse al waterpolo.

Estuve en la Blume, en Esplugues, pero me echaron por mi comportamiento rebelde. Me fui a un piso y no llegué a vivir en el CAR [Centre d’Alt Rendiment], aunque sí que íbamos allí a entrenar.

Pese a la rebeldía, nunca falló a las exigencias del entrenamiento.

En eso era hiperprofesional. Si llegué a donde llegué, fue debido a los entrenamientos porque, en la medida de lo posible —hasta que mi deterioro ya era muy grande—, yo no faltaba. Aunque me hubiera acostado a las seis de la mañana, a las ocho y media o las nueve estaba entrenando. Me encantaba el deporte; era mi válvula de evasión y mi zona de escape. Disfrutaba muchísimo.

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¿Se sentía un privilegiado por las oportunidades que el deporte le brindaba? ¿O alguna vez pensó que se estaba perdiendo la otra cara de la juventud?

No. Visto ahora, creo que fui un privilegiado. Disfrutábamos tanto de todo: de entrenar, de salir y de esa vida… Evidentemente, nos lo ganamos porque sacrificamos muchas otras cosas. La gente se iba de acampada con el colegio y tú no podías. En los veranos, la gente se iba de vacaciones y tú no. Pero teníamos el privilegio de viajar, conocer países y estar en grupo. Me encantaba el sentimiento de pertenencia dentro de un equipo de chavales jóvenes. Éramos unos descerebrados, pero cuando nos poníamos a jugar un partido contra otro país, nos queríamos y nos ayudábamos. También nos peleábamos, pero nos defendíamos los unos a los otros. Fue un privilegio vivir 20 años rodeado de aquellos compañeros y viajar a países a los que, de otra manera, no hubiera podido ir.

Vivió el éxito olímpico, pero también la cara más amarga de las adicciones. ¿Lo ve como un peaje inevitable para alcanzar la serenidad actual?

Pensar que todo lo que sucede conviene es muy budista. Yo diría que ojalá no me hubiera pasado. Desarrollar adicción hizo que me ingresara en un centro a los 34 años, pero sufrí mucho. Mi deterioro hizo que los últimos cuatro años de mi carrera fueran un verdadero sufrimiento. Era uno de los mejores del mundo, pero no lo sentía así. No pude disfrutar de lo que mejor sabía hacer, que era jugar a waterpolo, y siento rabia porque la adicción me lo robó. Es verdad que gracias al deporte aprendí muchas cosas que utilicé en mi recuperación. Recuerdo al pobre Jesús [Rollán], el portero, que no está entre nosotros. Yo tuve la suerte de salirme y lo que aprendí lo utilizo para ayudar a otras personas. Si no me hubiera pasado, habría sido una estrella y lo hubiera disfrutado sin culpa, sin esa doble vida de mentira. Tengo el sentimiento agridulce de que no pude retirarme como me hubiera gustado. Pero estoy vivo y eso hace que pueda ayudar a otros.

García Aguado fue campeón olímpico en Atlanta 96. 

García Aguado fue campeón olímpico en Atlanta 96. Cedida
No pude disfrutar de lo que mejor sabía hacer y siento rabia porque la adicción me lo robó

Pedro García Aguado

La voluntad de ayudar le llevó a conducir el programa Hermano mayor durante siete temporadas. ¿El sufrimiento ajeno le enseñó algo sobre su propia vulnerabilidad?

Acompañé a cien familias, que fueron cien historias, cada una con su contenido y profundidad. El equipo me decía: “Les hablas como si lo hubieras vivido”. Me identificaba con tantas cosas que aprendí a gestionar mis propias emociones. La evolución fue decir: “No les juzgues por cómo se comportan, sino mira a ver cuál es el origen de ese comportamiento”. Llegué a la conclusión de que no eran malos, sino que se comportaban mal; la maldad es algo que yo no puedo tratar, pero el comportamiento sí. Eso me hizo ser más comprensivo y me servía para ayudarles mejor, porque un chaval que tiene ese comportamiento pone mayor resistencia si ve que le estás juzgando.

En 2024 se convirtió en el ganador más longevo de Supervivientes con 55 años, aguantando 103 días en condiciones extremas. ¿Habría gestionado esa experiencia del mismo modo en sus 20 o 30?

Siempre hago una disociación entre Pedro y Toto, que es como me llamaban en mi familia cuando era joven. Toto es el joven alocado. El salvaje y el quinqui, el chulo y el macarra… pero también el muerto de miedo y el inseguro, el que tenía una máscara. Y luego está Pedro, que es el adulto maduro que gestiona las emociones. Recuerdo un momento de Supervivientes en el que la otra playa nos robó comida. Yo todavía no comía pescado e iba a pasar mucha hambre hasta que nos volvieran a poner la dotación. Si Toto hubiera estado allí, habría entrado a la otra playa machete en mano y no sé qué hubiera pasado. Pero Pedro, con el cabreo que tenía, se tiró al agua y se reguló.

Siendo el mayor de los participantes, ¿cómo vivió proclamarse vencedor?

Me sentí orgulloso por haber sido capaz de darle la vuelta al argumento. Las cinco primeras semanas fueron muy duras. No entendía qué hacía allí y por qué tenía que sufrir gratuitamente. Pero entonces me centré en las pruebas de recompensa y volví a sentir lo que era trabajar en equipo, aunque fuese con personas con las que luego no hablabas. Éramos capaces de ponernos de acuerdo por un trozo de pizza o de tarta y tuve la suerte de tener a gente muy competitiva en mi equipo. Me trasladó a mi época de waterpolo y, en las últimas semanas de concurso, como tampoco tenía la ansiedad de ganar, me sentí un privilegiado. Aprendí mucho de la experiencia porque volví a poner en práctica todo lo que aprendí en la terapia, pero también me ayudé mucho de la psicóloga del programa.

Es padre de dos hijas y ha dedicado gran parte de su vida adulta a educar y asesorar a familias sobre el conflicto generacional. ¿La paternidad cambió su visión del mundo?

Mi hija mayor nace en el 98 y la pequeña en el 2000. En esa época, todavía estoy con la doble vida, consumiendo y haciendo deporte, y no me entero muy bien de qué es eso de ser padre. Desperté como padre en 2003, cuando mis hijas tenían cinco y tres años. Me ingresé y empecé a ver la vida que tenía realmente, con dos hijas pequeñas de dos madres diferentes y sin tener dónde caerme muerto. No había ahorrado nada y tenía que empezar de cero. Me vino un baño de realidad y dije: “Quiero hacerlo lo mejor que pueda”. Me propuse que nunca más volvería a fallar a mis hijas y que, si ellas me necesitaban, al menos tendría la capacidad de estar presente.

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¿La paternidad le ha hecho más consciente del paso del tiempo?

Sigo teniendo un espíritu joven, ese Toto ahí dentro que las mira como un padre cercano. Y que las entiende, porque todos hemos sido jóvenes y hemos tenido circunstancias que superar. Lo que me ha hecho más consciente del paso del tiempo es aceptar que yo tengo un tiempo finito. Si la esperanza de vida de los hombres en España es de 85 años, cuando cumpla 60 me quedarán 25; quiero disfrutarlos y dejar un legado ciertamente tranquilo a mis hijas. Tengo el sueño de tener una casa donde poder reunirme con ellas, y a la que puedan traer a sus hijos o hijas si los tienen. También es algo que trato con mi psicólogo, el dejar de verlas y tratarlas como niñas y darme cuenta de que ya son mujeres.

Imparte numerosos webinars sobre cómo los jóvenes se enfrentan a la tiranía de las pantallas y las redes sociales. ¿La crianza de las nuevas generaciones ha fallado?

Hay una parte de las nuevas generaciones que, por circunstancias como el modelo educativo o un modelo de acompañamiento de sus progenitores que a veces no es el adecuado, no son capaces de afrontar la adversidad con madurez. Hay comportamientos tiránicos, insatisfacción y muchas conductas evasivas. Sigue habiendo abuso de drogas, pero el alcohol, por ejemplo, ha disminuido. No obstante, cada vez hay más abuso de pantallas: “No necesito beber para evadirme, pero estoy diez horas metido en una pantalla”. Responsabilizo, porque a mí la culpa no me gusta, a ese acompañamiento de “yo te quiero y porque te quiero tanto, no te pongo límites”. A lo mejor, poniéndole algún límite, acompañándole y ayudándole a gestionar emociones como la frustración, le estás ayudando a afrontar la vida de otra manera. Pero, por otro lado, también hay otra parte de la juventud que sabe pelear y que tiene un punto más competitivo, la que lucha contra un mundo que se pone cada vez más difícil.

Creo que mi aprendizaje ha sido dejar de vivir la vida como una competición contra los otros

Pedro García Aguado

¿Cómo se lleva con el espejo?

No soy especialmente coqueto ni me fijo mucho. El espejo lo utilizo bastante poco; el paso del tiempo lo veo en mí, en el razonamiento de “me quedan pocos años para conseguir lo que quiero”. Y lo que quiero es dejar una estabilidad económica a mis hijas y tener una pensión que me permita vivir, pero en lo físico tengo suerte. Sigo haciendo actividad física y tengo algo de pelo que me aguanta, que me transplanté. Por esa parte, he solventado el hecho de que el espejo no me devuelva una imagen muy deteriorada. Además, yo veía más mayor a mi padre cuando él tenía 57; yo no me veo tan mayor. Mi espíritu joven hace que no me importe tanto el físico, sino la estabilidad económica, la tranquilidad o poder ayudar a mis hijas si tienen una necesidad o una situación difícil.

Llegada la madurez, y teniendo en cuenta su trayectoria como deportista, ¿hay alguna rutina innegociable de cuidado en su día a día?

Soy de actividad física. Me voy a nadar un poquito o hago pesas, que a mí me aburren mucho, pero a los mayores nos va bien el entrenamiento de fuerza. No lo tengo como una rutina porque, como trabajo de diferentes maneras —ahora estoy con un programa para Canal Sur y a veces me llevan para Telecinco…—, lo tengo que ajustar.

A menudo se asocia la longevidad únicamente a cumplir años, pero usted habla de una mayor serenidad y conciencia. ¿Cuál ha sido su mayor aprendizaje?

No tomarme las cosas como algo personal. Cuando era competidor y un jugador me agarraba, acababa dándome tortas con él. Creo que el aprendizaje ha sido dejar de vivir la vida como una competición contra los otros. Yo vivo la vida con los otros, y de esos otros habrá algunos a los que les guste y otros a los que no. Hay una frase muy bonita que dice que cuando alguien te insulta, se mete contigo o no le gusta lo que haces, no es problema tuyo; es problema de esa persona. Cuando alguien te critica, ¿te está criticando a ti o está sacando lo que no acepta de sí mismo? Durante un tiempo, cuando empecé con Hermano mayor, no llevaba muy bien las críticas. Decía: “Estamos ayudando, ¿por qué se meten conmigo? ¿Por qué dicen mentiras?”. Ahora todo lo relativizo mucho, y eso me lo ha dado la madurez.

¿En qué piensa si le hablo de la jubilación?

La jubilación me suscita tranquilidad, pero le tengo que poner un pero. Si llego a ella con mis cuentas bien arregladas… si tengo una vida en la que gasto 2000 euros al mes porque tengo una pensión de 2000 euros, perfecto; no voy a tener inquietudes. La jubilación, para mí, es algo deseado.

Hay personas que optan por seguir trabajando.

No, yo no. Si tengo mi vida resuelta y puedo pagar mis necesidades mensuales… y no soy un tío que gaste mucho. No tengo ni hipoteca. No tengo casa, yo vivo de alquiler. Mientras pueda pagar mis gastos fijos, la jubilación es algo que anhelo y que quiero disfrutar.

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¿Y sabe qué hará cuando esté jubilado?

Habrá rutas. Y ahí sí que habrá rutinas innegociables, como un paseo por la mañana. Tengo un perro que creo que me aguantará para aquel entonces, porque es jovencito. Y cocinar. Quiero empezar a ser cocinillas; me encantaría estudiar algo, hacer uno o dos años en una escuela de cocina.

¿Hay algo que le preocupe del mundo actual?

Aunque quede muy generalista, la deshumanización. Que nos miremos y ya no nos duela que el otro lo esté pasando mal. Sin hablar de izquierdas o derechas, hay muchos gobernantes que no se están preocupando de dejar un mundo mejor, sino por dejar un mundo bueno para ellos. 

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