José María Carmona, autor de 'Criar en calma', reflexiona sobre cómo actuar ante las pataletas de nuestros hijos
Durante los primeros años de vida hay una contradicción difícil de explicar desde fuera: un niño ya puede querer con una intensidad enorme, pero todavía no sabe qué hacer con aquello que siente cuando las cosas no salen como espera. No es falta de voluntad ni una estrategia para salirse con la suya. Es, en buena medida, una cuestión de maduración cerebral. Y entenderlo cambia la manera de reaccionar a una rabieta de nuestro hijo.
El pediatra José María Carmona propone en su libro Criar con calma (Harper Collins) empezar por comprender que, en determinadas edades, este tipo de enfados forman parte del desarrollo y no es un fracaso de los padres. “Es propio de la edad de tu hijo, es normal que esté ocurriendo eso”, afirma el especialista.
La explicación está en el cerebro. “Las distintas áreas del cerebro (reptiliano, inferior y superior) maduran con velocidades distintas”, señala Carmona. Esto se traduce en que, alrededor de los dos años, los niños empiezan a desarrollar capacidades que les permiten desear las cosas con mucha intensidad, pero las estructuras que permiten regular esas emociones todavía están inmaduras.
Cómo lidiar con las rabietasPara empezar, en vez de culparnos y preocuparnos en exceso, el experto sugiere conocer cómo funciona este proceso y qué piensa y siente el menor para poder estar más tranquilos. “Esos padres están sufriendo porque piensan que no saben gestionar las rabietas de sus hijos, cuando en realidad lo que nos está diciendo es que el cerebro del niño está sano. Hay que entender que, simplemente, ese niño está en esa etapa biológica donde eso ocurre”, explica Carmona. Obviamente, hay matices. “Si tiene dos o tres años es justo lo que toca. Si tiene 10, estamos fuera de la edad”, añade.
José María Carmona
Pediatra
Una vez la rabieta estalla, el pediatra pide paciencia y tranquilidad porque no va a desaparecer inmediatamente. “La energía emocional tiende a consumirse en forma de energía cinética por la propia explosión de pataleos y gritos. Durante un episodio así, lo primero es saber darle tiempo, saber esperar”, asegura.
Carmona es consciente que no siempre es fácil. El llanto de un niño activa también nuestro malestar y puede aparecer la tentación de elevar la voz, exigir que se calme o intentar acabar cuanto antes con la escena. Sin embargo, debemos evitarlo a toda costa. “Los adultos somos nosotros y no podemos comportarnos como ellos. Si mientras el niño patalea, nosotros gritamos aún más, solo conseguiremos seguir aumentando su malestar”, expresa antes de añadir: “Debemos bajar la voz y mantener la calma”.

Otro paso clave para gestionar estas explosiones es tomarnos muy en serio la razón por la que el menor está llorando. “Por mucho que nos parezca que sus motivos son una nimiedad, en ningún caso debemos minusvalorarlo. Para él, en ese momento, es su problema y como tal lo siente”, avisa Carmona.
La respuesta, por tanto, no pasa necesariamente por convencerle de que su enfado carece de sentido. La empatía tiene un papel central porque permite acompañar la emoción en lugar de enfrentarse a ella. “Cuando nos mostramos empáticos, se activa una zona del cerebro que llamamos ínsula, que conecta el cerebro emocional con el racional”, desgrana el pediatra.
José María Carmona
Pediatra
Ahora bien, mostrarse comprensivos no significa convertir ese enfado en una negociación interminable. De hecho, durante una explosión emocional tampoco es el momento de impartir una lección. “Debido al poco desarrollo de su corteza prefrontal, no podemos entrar en grandes explicaciones y menos en esas circunstancias”, apunta Carmona.
Poner límitesNo obstante, que una rabieta sea normal no significa que todo esté permitido. Carmona defiende que los límites forman parte de una crianza que busca que el niño se sienta seguro. “Siempre pongo el ejemplo de la carretera. Cuando te pintan una carretera, tú sabes que si vas por tu carril estás en tu zona de confort, por ahí no hay peligro. Si fueras por una carretera sin pintar, irías totalmente acojonado porque no sabes por dónde va a venir el del frente”, ejemplifica.
Además, asegura que se pueden establecer sin caer en malas formas. “Se pueden decir las cosas con autoridad, pero con cariño y tranquilidad. Simplemente hay que tener bien claro el límite que queremos establecer y explicar las consecuencias lógicas si no se cumple”, continúa el experto.
Por ejemplo, en vez de amenazar con no poder ver la televisión o ir a un cumpleaños si no se recoge el cuarto, es mejor hacer entender cómo le afectará a él. “Si no ordenas tu cuarto, luego no encontrarás el juguete que estás buscando”, dice.

Más allá de cómo gestionarlas, estos episodios arrastran varios mitos. Uno de ellos es pensar que son una forma de manipulación y que necesitan “mano dura”. Carmona se muestra contundente: “Es atribuirle al niño una intención estratégica que no tiene”. A esto se suma que, si creemos esta versión, podemos caer en respuestas punitivas. “El castigo puede frenar la conducta a corto plazo, pero no enseña habilidades”, añade.
Otro mito es que hay que ignorarlas, algo que puede conllevar efectos en él. “Puede hacerle sentir solo, incomprendido o asustado de lo que ocurre internamente”, comenta. Tampoco recomienda pensar que se necesita mano dura. Así, entender qué hay detrás de una rabieta no hará que desaparezcan los gritos o el llanto, pero sí puede cambiar la manera en que los adultos los afrontan. Porque, en esos años en los que el cerebro todavía está aprendiendo a regular lo que siente, la calma de quien acompaña también forma parte del aprendizaje.