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Lenguaje del alma

Дата публикации: 18-10-2026 04:01:15

Siruela publica la poesía completa de Cristina Campo en un volumen, prologado por Victoria Cirlot, que nos descubre su admirable perfección formal y su singularidad extemporánea


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La ficha

Diario bizantino. Cristina Campo. Prólogo de Victoria Cirlot. Edición y epílogo de Margherita Pieracci Harwell. Traducción de Mar García Lozano. Siruela. Madrid, 2026. 184 páginas. 19,95 euros

Autora reticente y de obra tan densa como escasa, Cristina Campo, seudónimo del que se sirvió, entre otros, la italiana Vittoria Guerrini, va dejando de ser una desconocida en España donde pocos –pese a la relación que mantuvo con amigos españoles como Jorge Guillén, Ramón Gaya, María Zambrano o Rafael Lasso de la Vega– tenían noticia de ella antes de la aparición de dos libros fundamentales, ambos de 2020: la recopilación de ensayos Los imperdonables (Siruela), originalmente publicada por Adelphi en una edición póstuma de 1987, y Vida secreta de Cristina Campo (Trotta), biografía con la que Cristina de Stefano arrojó algo de luz sobre la engimática trayectoria de una mujer que buscó deliberadamente la penumbra. Su principal valedora entre nosotros, Victoria Cirlot, que ya prologó el citado volumen de ensayos, introduce ahora su poesía completa, traducida por Mar García Lozano para la misma Siruela con el título de uno de los poemas más extensos y ambiciosos de Cristina Campo, Diario bizantino. El volumen sigue la edición, también póstuma, de Adelphi, La Tigre Assenza, manteniendo las clarificadoras notas de la autora –la traductora ha añadido otras no menos pertinentes– y el epílogo de su amiga, corresponsal y editora Margherita (Mita) Pieracci Harwell, pero dejando razonablemente fuera las versiones o recreaciones de autores predilectos como John Donne, Friedrich Hölderlin, Emily Dickinson, Hugo von Hofmannsthal, T. S. Eliot, William Carlos Williams o San Juan de la Cruz.

Los mencionados autores y Simone Weil, su mayor influencia junto a Hofmannsthal, definen bien la inclinación entre metafísica y mística de Cristina Campo –a Williams lo leyó desde una clave muy particular– y su condición de poeta de la fábula y el misterio, como la definió Mario Luzi, que fue quien le descubrió a Weil, aludiendo a su libro así titulado. Haciendo honor a su frase ya célebre, “He escrito poco y hubiera querido escribir todavía menos”, treinta únicos poemas conforman la obra completa de Cristina Campo, distribuidos en la serie de once que vio la luz en 1956 con el título de Paso de adiós, un Cuadernillo con otros seis y los trece Poemas sueltos que cierran la colección, escritos a lo largo de tres décadas largas entre 1945, cuando andaba en la primera veintena, hasta 1977, el mismo año de su muerte. El escaso número, sin embargo, se ve compensado por la intensidad y la rara perfección de una poesía contra corriente –tanto en su época, caracterizada por el auge del realismo social o luego de la neovanguardia, ajenos ambos a su peculiar manera, como también hoy, en un mundo cada vez más indiferente a la presencia de lo sagrado– que impresiona pese a su carácter abiertamente extemporáneo.

La liturgia fue para Cristina Campo la fuente y la forma suprema de toda belleza

En los poemas de Cristina Campo se encuentran la poética de la escuela hermética, con la que no congeniaba del todo, y después el fondo de la espiritualidad cristiana, que aporta el caudal simbólico y la potencia del imaginario, de cuyo carácter universal da muestra el hecho de que Cirlot pueda relacionarlo, en su brillante ensayo de interpretación, con los Bráhmana indios comentados por Calasso, las historias del Grial o la nueva retórica de la lírica trovadoresca y su descubrimiento del amor –transvasable a la mística– como “motor de la poesía en el canto”. Son hermosos los poemas de los años florentinos, o sea los de su primera etapa, claros y musicales –“Has llegado, amado mío, / en un suave sonido de campanas”: la edición bilingüe permite leerlos también en italiano– y traspasados por un tono levemente elegiaco, pero los grandes poemas de Cristina Campo, sin olvidar otros como Elegía de Portland Road, dedicado a Simone Weil, de quien tomó el concepto de la atención, son los llamados litúrgicos, que empiezan con Misa romana y alcanzan su cima en Diario bizantino. Después del Vaticano II, la poeta se adhirió a la liturgia ortodoxa –que conoció en el Collegium Russicum, donde se celebran los oficios según el rito eslavo– para compensar la relegación de la latino-gregoriana, o sea de la católica preconciliar, que defendería desde posiciones cercanas al tradicionalismo. Ambos imaginarios confluyen en este ciclo, otorgándole una complejidad de la que ella misma era consciente cuando anotó algunos versos y expresiones para explicar su sentido o procedencia.

“Liturgia –como poesía– es esplendor gratuito, delicado desperdicio, más necesario que útil”, escribió Cristina Campo en sus Notas sobre la liturgia, citadas por Cirlot. Y en efecto hay una conexión indisoluble entre una y otra, pues la primera, como recalcan la prologuista y asimismo Pieracci, fue para la poeta la fuente y la forma suprema de toda belleza, asociada al despertar, tan paradójicamente físico, de los “sentidos sobrenaturales” y a su cualidad salvadora. Los ritos, las antiguas fórmulas renuevan en esta poesía, cada vez más depurada, su poder evocador, no a modo de homenaje culturalista sino de genuina oración o conjuro. El verso reiterado en Diario bizantino, “Dos mundos – y yo vengo del otro”, sugiere la función del poeta como mediador o intermediario, igual que los “nobilísimos sacerdotes (hieréis)” o los “monjes ante los iconos”. La precisión y la exactitud de la poesía de Cristina Campo –“pura orfebrería”, dice la traductora– tiene un componente moral, como explicó ella misma, que asume la búsqueda de la perfección como un imperativo y refleja a través de las palabras el lenguaje intemporal del alma.

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