Corría la primavera de 2012 cuando tuvimos la ocurrencia de que un nuevo diario digital como infoLibre, con vocación de independencia y transparencia, podía y debía llegar a las pantallas acompañado de una revista mensual en papel, concebida para lecturas reposadas, a fondo, de ritmo lento, que incluyera crónicas de alta calidad periodística y literaria, con firmas de mucho nivel. ¡Panda de locos! Hacía ya algún tiempo que nombres indiscutidos de la elite de la prensa lanzaban augurios mortuorios. Sin ir más lejos, Juan Luis Cebrián, entonces máximo ejecutivo de PRISA y de El País, había pronosticado que el papel no aguantaría más de diez años y que el futuro era ya exclusivamente digital.A otros nos preocupaba mucho más la salud del periodismo y la credibilidad de los medios que el conducto por el que la ciudadanía nos leyera, viera o escuchara. Por qué no crear una revista en papel ecológico que acompañara en ese viaje digital a tantas lectoras y lectores de periódicos acostumbrados a pagar por una información o un análisis fiables. ¡Tonterías! Nadie volverá a pagar jamás por informarse. Los eternos visionarios, que en aquellos tiempos no creían ni en el papel ni en las suscripciones ni tampoco en “los periodistas de más de 50 años” (en palabras del mismo influyente ejecutivo –que ya rozaba los 70– ante una redacción atónita por la avalancha de despidos), consideraban esta aventura una absoluta insensatez.De modo que toca celebrar la fantástica proeza de existir. Con aciertos y errores, con apuestas fallidas y con hallazgos inesperados. Pero sin faltar a la cita mensual con miles de suscriptores de infoLibre y con unos cuantos miles más de compradores en quioscos y librerías. Por el camino, desgraciadamente, es cierto que han perecido cabeceras muy dignas y otras concebidas para tiempos muy distintos. Pero TintaLibre, entonces y ahora –con enormes diferencias y una evolución acorde con una etapa convulsa y veloz en todos los sentidos– ha confirmado que hay muertos que gozan de buena salud.Empezamos por desnudar las vergüenzas de poderosos casi intocables, y por aquellas primeras portadas fueron desfilando desde Rodrigo Rato o Antonio Vázquez a un Ruiz Gallardón con un dedo feminista cerrándole la boca cuando clamaba contra el derecho al aborto. Wyoming en prosa y Joaquín Sabina en verso cerraban cada número cantando las cuarenta a quien cada mes más lo mereciera. En estas páginas han firmado nombres indiscutibles del periodismo y la literatura en español, siempre emplazados a aportar luces, a provocar debates, a discutir ideas con respeto pero sin rodeos. Se trataba de demostrar que no es ni debe ser incompatible la velocidad digital, la brevedad acelerada de las pantallas, con ese ritmo más lento y depurado que exige lo impreso. Pero, sobre todo, la aventura consistía en hacer viable una plataforma donde elevar la mirada por encima de la pared de lo inmediato, masticando mejor lo acontecido y poniendo en solfa lo comúnmente aceptado. Huyendo de sectarismos y de magos de la tribu, siempre quejosos de que circulen agendas que escapan al puro negocio de la cultura oficial.Uno se siente responsable de los tropiezos en el camino, pero absolutamente orgulloso del viaje realizado. ¿Cómo no estarlo al haberlo hecho en tan buenas compañías? Las que continúan, desde Luis García Montero a Juan Gabriel Vásquez, Gioconda Belli, Miguel Sanchez-Romero o Marta Sanz, y las que añoramos, como Almudena Grandes, Forges o Caballero Bonald. Las que le pusieron cabeza y pasión en cada parto, como Javier Valenzuela o Miguel Ángel Villena en una primera etapa, y las que desde hace unos años han sabido ir transformando TintaLibre al ritmo que un pensamiento crítico exige en la era de la desinformación, de los autoritarismos y de la negación de la realidad. Jordi Gracia y Ramón Reboiras renuevan cada día la confianza que uno deposita en la inteligencia humana frente a ese oxímoron nombrado como inteligencia artificial (me van a apedrear cuando lean esto). En ese camino surgieron decenas de propuestas disparatadas y alguna alianza sensata y ambiciosa, como fue la que el también añorado Miguel Barroso inspiró para que El País e infoLibre compartieran esta revista como cabecera referente de la cultura y el pensamiento actual en España y con la vista puesta en Latinoamérica. No cuajó por motivos que en su día explicamos, de modo que ya hace un año largo que TintaLibre volvió a depender exclusivamente de la comunidad de infoLibre, eso sí, con la inalterable aportación de Gracia y el apoyo de un consejo editorial soñado por cualquier proyecto periodístico y literario.De modo que llegamos a estos 150 números con la convicción absoluta –créanme, no exagero nada– de que sólo son los primeros. Animados además porque ya está en pruebas un formato digital claro y ágil, que permitirá suscribirse a la revista a quienes por comodidad o lejanía o porque ya no toleran el tacto y el aroma del papel, prefieran disfrutar TintaLibre en las pantallas. Y habrá un fácil acceso a nuestra propia hemeroteca, donde podrán rescatarse las historias publicadas en estos trece intensos años y en los que vendrán.Para terminar, una confesión. Mantengo el vicio de comprar prensa en papel muy a menudo, y me acompaña siempre el desayuno en fin de semana y vacaciones. Será cosa de boomers, pero la lectura es diferente a las pantallas que a todas horas visito por obligación profesional o por curiosidad personal. La jerarquía de la información es para mí mucho más clara, y la intencionalidad ideológica también. Sigo subrayando el quinto párrafo de una pieza impresa, donde encuentro un hilo del que tirar para un nuevo enfoque informativo o para investigar otra rama del mismo árbol. Quizás tenga que pedir disculpas por hacerlo (me miran los más jóvenes como a un bicho raro) pero guardo la colección completa de TintaLibre con la misma veneración que le tengo a mi biblioteca personal. Una falsa sensación de permanencia, lo sé. Pero estoy seguro de que cada ejemplar de esta revista contiene algún puñetazo en la mesa del conformismo, algún meneo a las conciencias o algún motivo para la esperanza entre tanto agorero del descalabro. Al menos, lo intentamos.Gracias por estar. ¡Corran la voz!*Jesús Maraña es codirector de ‘TintaLibre’.
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