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Marruecos: elecciones y maquiavelismo

Дата публикации: 18-09-2026 04:00:41

La demanda de Marruecos sobre la soberanía de Ceuta y Melilla ha intensificado el debate político en una campaña electoral donde los ciudadanos parecían desvinculados de las urnas. Hasta tres ministros sostenían el “derecho histórico” de Marruecos sobre las dos ciudades, así como la necesidad de un diálogo directo con Madrid previo a la posible recuperación de ambos enclaves por el reino alauí. Este asunto se convirtió en una cuestión central en el debate público, generando un ambiente de movilización nacional y reavivando el nacionalismo. Probablemente, esta es una táctica que busca desviar la atención del oprobio provocado por las imágenes de miles de jóvenes angustiados cruzando el espigón de Tarajal, las cuales perjudicaron la imagen del país en el extranjero y sacudieron la conciencia de una inmensa mayoría de los marroquíes. La política exterior en Marruecos es competencia exclusiva del rey, de acuerdo con la Constitución que le confiere la autoridad para establecer las pautas generales en este ámbito. En esta ocasión, el nacionalismo, alimentado por la reclamación de la soberanía de Ceuta y Melilla, no es más que un instrumento de presión y una maniobra coyuntural dictada por las dramáticas condiciones que llevaron a la crisis migratoria. Antes de este estólido incidente, rara vez los partidos políticos mencionaban esta reivindicación. En este contexto, el fervor nacionalista se utiliza como herramienta para garantizar la continuidad de un régimen en declive, debilitado por las protestas sociales a causa del descontento de la población, especialmente entre los jóvenes, de los cuales más del 50% son menores de 30 años. A esto se suma el alto índice de desempleo que fluctúa entre el 12 y el 13 por ciento, y la tasa de desempleo juvenil sigue siendo elevada, alcanzando el 32% en 2025. Por lo tanto, la apatía de los votantes representa el principal desafío que enfrentan las autoridades de cara a las elecciones legislativas previstas para el 23 de septiembre, las sextas bajo el reinado de Mohamed VI. La abstención en las urnas refleja el nivel de desinterés de los jóvenes por la política y su desconfianza hacia los actores políticos, frecuentemente vinculados a escándalos de corrupción y abuso de poder, características comunes entre esta generación que recurre a las redes sociales para protestar contra las injusticias y expresar su desacuerdo con las políticas públicas, especialmente en materia de educación y salud. Las previsiones indican una baja tasa de participación, particularmente en las ciudades, y un llamado al boicot por parte del movimiento islamista no reconocido 'Justicia y Espiritualidad' y 'La vía democrática obrera', un partido marxista-leninista cuyas actividades son severamente reprimidas por el gobierno. En las últimas tres elecciones, solo el 55% de los electores inscritos acudió a votar, con una alarmante y notable abstención entre los jóvenes de 18 a 24 años. Por lo tanto, este segmento de la sociedad está excluido de los ámbitos de poder y no vislumbra perspectivas claras de futuro. La frecuencia de las elecciones no puede interpretarse como una dinámica democrática. A diferencia de las democracias occidentales, en Marruecos las elecciones no se perciben como un mecanismo que garantice una rotación consensuada del poder y permita el acceso a cargos políticos. En regímenes autocráticos como el de Marruecos, los comicios solo sirven para consolidar el poder de la élite gobernante, cooptar a la oposición y controlar a las élites a menudo asociadas con intereses económicos en los círculos del poder. Así las cosas, no sorprende que El Príncipe de Nicolás Maquiavelo fuera el libro preferido del fallecido monarca Hassan II, quien supo combinar el poder tradicional (el majzen) con el férreo pragmatismo para afianzar su autoridad absoluta.______________________Anass Ben Salah es hispanista y periodista de la cadena catarí Al Jazeera.

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La demanda de Marruecos sobre la soberanía de Ceuta y Melilla ha intensificado el debate político en una campaña electoral donde los ciudadanos parecían desvinculados de las urnas. Hasta tres ministros sostenían el “derecho histórico” de Marruecos sobre las dos ciudades, así como la necesidad de un diálogo directo con Madrid previo a la posible recuperación de ambos enclaves por el reino alauí. Este asunto se convirtió en una cuestión central en el debate público, generando un ambiente de movilización nacional y reavivando el nacionalismo. Probablemente, esta es una táctica que busca desviar la atención del oprobio provocado por las imágenes de miles de jóvenes angustiados cruzando el espigón de Tarajal, las cuales perjudicaron la imagen del país en el extranjero y sacudieron la conciencia de una inmensa mayoría de los marroquíes.

La política exterior en Marruecos es competencia exclusiva del rey, de acuerdo con la Constitución que le confiere la autoridad para establecer las pautas generales en este ámbito. En esta ocasión, el nacionalismo, alimentado por la reclamación de la soberanía de Ceuta y Melilla, no es más que un instrumento de presión y una maniobra coyuntural dictada por las dramáticas condiciones que llevaron a la crisis migratoria. Antes de este estólido incidente, rara vez los partidos políticos mencionaban esta reivindicación.

En este contexto, el fervor nacionalista se utiliza como herramienta para garantizar la continuidad de un régimen en declive, debilitado por las protestas sociales a causa del descontento de la población, especialmente entre los jóvenes, de los cuales más del 50% son menores de 30 años. A esto se suma el alto índice de desempleo que fluctúa entre el 12 y el 13 por ciento, y la tasa de desempleo juvenil sigue siendo elevada, alcanzando el 32% en 2025.

El fervor nacionalista se utiliza como herramienta para garantizar la continuidad de un régimen en declive, debilitado por las protestas sociales a causa del descontento de la población

Por lo tanto, la apatía de los votantes representa el principal desafío que enfrentan las autoridades de cara a las elecciones legislativas previstas para el 23 de septiembre, las sextas bajo el reinado de Mohamed VI. La abstención en las urnas refleja el nivel de desinterés de los jóvenes por la política y su desconfianza hacia los actores políticos, frecuentemente vinculados a escándalos de corrupción y abuso de poder, características comunes entre esta generación que recurre a las redes sociales para protestar contra las injusticias y expresar su desacuerdo con las políticas públicas, especialmente en materia de educación y salud. Las previsiones indican una baja tasa de participación, particularmente en las ciudades, y un llamado al boicot por parte del movimiento islamista no reconocido 'Justicia y Espiritualidad' y 'La vía democrática obrera', un partido marxista-leninista cuyas actividades son severamente reprimidas por el gobierno.

En las últimas tres elecciones, solo el 55% de los electores inscritos acudió a votar, con una alarmante y notable abstención entre los jóvenes de 18 a 24 años. Por lo tanto, este segmento de la sociedad está excluido de los ámbitos de poder y no vislumbra perspectivas claras de futuro. La frecuencia de las elecciones no puede interpretarse como una dinámica democrática. A diferencia de las democracias occidentales, en Marruecos las elecciones no se perciben como un mecanismo que garantice una rotación consensuada del poder y permita el acceso a cargos políticos. En regímenes autocráticos como el de Marruecos, los comicios solo sirven para consolidar el poder de la élite gobernante, cooptar a la oposición y controlar a las élites a menudo asociadas con intereses económicos en los círculos del poder. Así las cosas, no sorprende que El Príncipe de Nicolás Maquiavelo fuera el libro preferido del fallecido monarca Hassan II, quien supo combinar el poder tradicional (el majzen) con el férreo pragmatismo para afianzar su autoridad absoluta.

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Anass Ben Salah es hispanista y periodista de la cadena catarí Al Jazeera.

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