Les invito a que hagan un ejercicio de atención. Si viven cerca de una plaza o de un parque, abran la ventana y escuchen. Hace unos años oirían a niños jugar, gritar, les verían correr o montar en bici… Ahora, cuando abran la ventana es probable que haya menos niños o que, directamente, no estén jugando. El cambio climático y el calor de estos últimos veranos, además, dificultan la escena. La infancia se ha replegado al interior de las viviendas, de los centros comerciales o de actividades organizadas por adultos. La pregunta es: ¿por qué los niños han dejado de jugar en la calle y qué dice eso de los espacios comunes?Las respuestas apuntan en diferentes direcciones: menos niños, aumento del espacio para los coches, la percepción de más inseguridad, el uso intensivo de las pantallas o unas agendas infantiles más apretadas y llenas de actividades. Francesco Tonucci lleva décadas estudiando y advirtiendo de esta transformación. Este pedagogo ha cambiado el foco del problema, invirtiendo el argumento al asegurar que “la calle es peligrosa porque no hay niños en ella”. Porque, argumenta, la falta de niños es causa y consecuencia de esa percepción de peligrosidad que, en otros lugares, “como en los pueblos, no es percibida porque hay menos coches, más confianza en el entorno y más sensación de familia”, dice Adama Sophia Ndao, geógrafa especializada en género.La disminución del juego infantil no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de la crisis de los espacios comunes. El profesor del máster en Dirección de Personas y Desarrollo Organizativo de ESIC University, Óscar Barroso, habla de esta crisis al asegurar que “una terraza aporta vida, empleo y seguridad urbana —dice—, pero no puede sustituir por completo al banco, al árbol o al juego infantil”.Para el urbanista danés Jan Gehl, la calidad de una ciudad no se mide por la altura de sus edificios, se mide por la “vida que existe entre ellos”. Cuando esa vida desaparece, la calle deja de ser un lugar de convivencia y pasa a ser solo un espacio de tránsito. Esos “no espacios” los define Pablo Asián, arquitecto, al asegurar que se han desplazado al ámbito privado, “refugiándose en el interior de las urbanizaciones con piscina y pista de pádel”, donde existe la percepción de seguridad y donde no hay coches que puedan atropellar a los niños.La arquitecta y catedrática de Práctica Arquitectónica de la Bartlett School of Architecture Izaskun Chinchilla ha reclamado un urbanismo pensado para la diversidad y no solo para un ciudadano adulto y con coche.Para Chinchilla, las plazas sin sombra, las largas avenidas y los barrios “para no hacer vida y atravesar con coche” obligan a renunciar al juego espontáneo en las calles, algo que, como recuerda UNICEF, es un derecho reconocido por la Convención sobre los Derechos del Niño y que los gobiernos deberían “favorecer” para mejorar “el encuentro, la autonomía y la participación infantil”.Esa renuncia a jugar en las calles y a mezclarse puede provocar, como recuerda la psicóloga María García a infoLibre, que a futuro "nos encontremos con adultos más retraídos, menos tolerantes y que no saben desenvolverse en algunas situaciones sociales". La necesidad de empezar a educar entre diferentes "se produce desde pequeños y el parque es el mejor lugar para hacerlo".El psicobiólogo Jorge Romero-Castillo advierte de que la clave no está en demonizar la tecnología, sino en evitar que los dispositivos “sustituyan otras experiencias esenciales para el desarrollo cerebral”, especialmente “actividades fundamentales como el juego entre iguales”. El riesgo aparece cuando la pantalla desplaza el movimiento, la interacción y el juego físico, es decir, cuando sustituye experiencias que antes se daban en la calle, en la plaza o en el parque.Un estudio de la Universidad de Exeter, en el Reino Unido, publicado en la revista especializada Wellbeing Space and Society, demostró que el 34% de los niños reportó no jugar al aire libre entre semana y el 30% no hacerlo ni siquiera durante los fines de semana. Van del colegio a casa y de casa al colegio. Y quizá alguna extraescolar. La agenda de los pequeños cada vez está más saturada, influenciada por la difícil conciliación laboral de las empresas. Beatriz Giménez, madre de dos niños, sufre esto cada día al ir a recogerlos: "A uno, a la escuela infantil; y, mientras le recojo y llego, el mayor está en actividades extraescolares todos los días de la semana, menos el viernes, porque si no, no me da tiempo a llegar", dice. No es la única y esto lo que provoca es que los niños pasen más tiempo en el colegio, con sus amigos de clase o de las extraescolares, pero que no se relacionen con diferentes.El estudio Born in Bradford (nacido en Bradford) llegó a la conclusión de que “los niños que salen al aire libre con más frecuencia tienden a tener una mayor estabilidad social y emocional”. Esto también lo apoya la profesora de Primaria Sara Arija, partidaria de que los niños pasen el mayor tiempo posible en la calle o en el patio, jugando entre ellos y “desarrollando diferentes interacciones entre iguales”. Ella, también madre, intenta que su hija lo haga, “como hemos hecho nosotros cuando éramos pequeños: jugar en el césped, quedar con amigos y pedir jugar al fútbol con niños desconocidos porque tenían un balón”.El profesor Joan Tahull Fort, que centra sus palabras en el aprendizaje del niño en verano, fuera de los tiempos tasados del día a día, coincide con Arija. Durante las vacaciones, los niños siguen aprendiendo “de manera más informal, espontánea y emocionalmente significativa”, desarrollando “habilidades sociales, autonomía, creatividad, gestión emocional, resolución de conflictos”. En ese sentido, jugar en la calle no es una distracción menor, sino una forma de aprendizaje y de socialización que desaparece cuando la infancia deja de ocupar el espacio público.La última razón para evitar el juego en la calle es el calor. El cambio climático ha convertido la época estival en un horno, apoyado además por “la sobreprotección de los niños en los parques infantiles”, dice Arija, que señala el caucho del suelo como uno de esos problemas. El caucho es más seguro para los pequeños en caso de caerse, pero la arena que antes inundaba los parques “acumulaba menos calor que los suelos de ahora”. Y es que si al calor del ambiente se le suma el que desprende el suelo, más el metal de los columpios, los parques infantiles “son impracticables”, dice.De ahí que su hija pase la mayor parte del tiempo jugando con globos de agua o en el césped de los parques. Reconoce, “eso sí”, que si tuviera urbanización estaría más tranquila, porque sabe que ahí “no le pasarían las cosas que le pueden pasar en la calle” y, señala que “ahora la urbanización ayuda a socializar más que el parque”, donde percibe que los niños son más individualistas que antes.Algunos ayuntamientos de grandes ciudades españolas ven necesario recuperar el espacio común para niños y para adultos y, poco a poco, van poniendo en marcha campañas de peatonalización de determinadas calles y en ciertos días para que los pequeños puedan disfrutar de un rato sin coches y esparcimiento. Y sí, funciona. Quienes vivan en esas calles y abran las ventanas se darán cuenta de que el ruido de niños ha vuelto al barrio; aunque sea un rato y solo un día, "por algo se empieza", dice Arija.
Parque de juegos infantiles en Madrid. Ayuntamiento de Madrid
Les invito a que hagan un ejercicio de atención. Si viven cerca de una plaza o de un parque, abran la ventana y escuchen. Hace unos años oirían a niños jugar, gritar, les verían correr o montar en bici… Ahora, cuando abran la ventana es probable que haya menos niños o que, directamente, no estén jugando.