Cada vez es más frecuente encontrarse con hoteles, restaurantes y locales de ocio y tiempo libre, en los que se prohíbe la entrada de niños. No se trata de negar el ejercicio de la libertad empresarial y de la autonomía de negocio en un sistema de competencia. Aunque no siempre se da el caso de que exista una alternativa adecuada. El problema es que la generalización de la cultura del “Solo para adultos” identifica al niño como un factor que altera la tranquilidad, distorsiona el disfrute e impide el goce, entre otras razones por la capacidad que tiene la infancia de apertura e interlocución con la realidad que les rodea, un mundo que les interpela permanentemente y que están descubriendo. La cultura del “Solo adultos” representa una cultura individualista y autorreferencial que pretende generalizar una forma de entender la vida reduccionista y con graves limitaciones.Se da la paradoja de que estamos en el mundo de la declaración de los derechos del niño, de la proliferación de políticas de protección a la infancia, de la cultura de lo “friendly” y del cuidado como espacio natural para una vida lograda. Y mientras tanto se multiplican las restricciones a la presencia de los niños en los ámbitos públicos, lo que implica, además, una discriminación a las familias. Una sociedad sin niños es una sociedad envejecida, que se niega al futuro y que abdica de la necesaria responsabilidad de contribuir a la mejora de las condiciones de vida. Es necesaria una forma de protesta, también expresada de forma pública, como respuesta a esta cultura estéril del “Solo adultos”.
Cada vez es más frecuente encontrarse con hoteles, restaurantes y locales de ocio y tiempo libre, en los que se prohíbe la entrada de niños. No se trata de negar el ejercicio de la libertad empresarial y de la autonomía de negocio en un sistema de competencia. Aunque no siempre se da el caso de que exista una alternativa adecuada. El problema es que la generalización de la cultura del “Solo para adultos” identifica al niño como un factor que altera la tranquilidad, distorsiona el disfrute e impide el goce, entre otras razones por la capacidad que tiene la infancia de apertura e interlocución con la realidad que les rodea, un mundo que les interpela permanentemente y que están descubriendo. La cultura del “Solo adultos” representa una cultura individualista y autorreferencial que pretende generalizar una forma de entender la vida reduccionista y con graves limitaciones.
Se da la paradoja de que estamos en el mundo de la declaración de los derechos del niño, de la proliferación de políticas de protección a la infancia, de la cultura de lo “friendly” y del cuidado como espacio natural para una vida lograda. Y mientras tanto se multiplican las restricciones a la presencia de los niños en los ámbitos públicos, lo que implica, además, una discriminación a las familias. Una sociedad sin niños es una sociedad envejecida, que se niega al futuro y que abdica de la necesaria responsabilidad de contribuir a la mejora de las condiciones de vida. Es necesaria una forma de protesta, también expresada de forma pública, como respuesta a esta cultura estéril del “Solo adultos”.