Cristina Len busca a su gato y se acomoda junto a él antes de comenzar la entrevista. Se recrea reflexionando con cada pregunta allí en Martiago, el municipio que preserva sus raíces familiares y donde disfruta de buena parte de la temporada. Es en ese preludio, y en los interludios que luego vendrían, donde se cruzan el felino, los sonidos de la casa, las caracajas, la desesperanza y algún tractor. “Perdóname, es lo que tienen los pueblos”, comenta entre risas la artista catalana. Y sí, tienen eso, la espontaneidad y la calma de lo mucho que ocurre en las pequeñas cosas que no parecen importar. Todo eso late también ene las cuatro canciones de Martiago, su último EP con el que “devuelve a la vida” letras marginadas, voces femeninas y tradiciones inquebrantables que sostienen a todo un pueblo: el suyo, que bien podría ser el nuestro.
Cristina Len busca a su gato y se acomoda junto a él antes de comenzar la entrevista. Se recrea reflexionando con cada pregunta allí en Martiago, el municipio que preserva sus raíces familiares y donde disfruta de buena parte de la temporada. Es en ese preludio, y en los interludios que luego vendrían, donde se cruzan el felino, los sonidos de la casa, las caracajas, la desesperanza y algún tractor. “Perdóname, es lo que tienen los pueblos”, comenta entre risas la artista catalana. Y sí, tienen eso, la espontaneidad y la calma de lo mucho que ocurre en las pequeñas cosas que no parecen importar. Todo eso late también ene las cuatro canciones de Martiago, su último EP con el que “devuelve a la vida” letras marginadas, voces femeninas y tradiciones inquebrantables que sostienen a todo un pueblo: el suyo, que bien podría ser el nuestro.
- Este verano no está parando de girar por España presentando su último EP Martiago. Y aunque ahora mismo se encuentre en su pueblo, usted misma avisaba a comienzos de junio en Instagram de que casi no pasaría por allí. ¿Cómo está viviendo esta nueva etapa que parece sonreírle?
- Pues la verdad que espero que toda mi vida sea así, lo único que necesito es sacarme el carnet de coche, porque si no, es un suplicio. Yo estoy superfeliz, deseando que esta sea mi vida para siempre. Me gusta mucho. Me encanta ir en coche, me encanta ir en tren, me duermo en todos lados. Me encanta estar estresada y me encantan los hoteles. Así que por ahora todo maravilloso.
- Comentaba hace poco en Las mañanas de RNE que la idea de hacer este EP surgió al fallecer su abuela, porque comenzó a reflexionar sobre quién era, de dónde venía, a dónde iba... ¿Diría que ya ha logrado despejar todas estas cuestiones?
- Pues no tengo ni puñetera idea. Sí que creo que sobre el pasado no, pero sobre el futuro sí. Quizás no he llegado a entender muy bien de dónde soy ni a enraizarme. Sigo teniendo un montón de conflictos sobre la identidad. Pero estoy cada vez más segura sobre lo que quiero hacer en el futuro. Y eso me ayuda. Por ejemplo, quiero montar aquí una residencia cultural en Martiago... Tengo cada vez más claro hacia dónde quiero tirar y los valores que tengo sobre la cultura y sobre mi persona.
- De todos modos, Martiago no deja de ser un diálogo entre presente y pasado, en el que redefine sonidos tradicionales y muchas de las voces de las mujeres del pueblo. ¿Qué cree que puede decir hoy el folclore a una generación que quizá nunca ha escuchado esas canciones en su entorno?
- Bueno, yo no sé muy bien para qué servirán. Creo que se está dando una cosa en nuestra generación, que es que nos vamos haciendo un poco mayores, pero no tenemos ningún tipo de estabilidad, ningún tipo de arraigo a casi nada, está todo muy en el aire, no tenemos mucha idea sobre el futuro. Y yo por lo menos me agarro al pasado para poder entender ese futuro y cómo lo puedo construir. No sé, no tengo un discurso muy claro sobre la relación de la generación actual con estas canciones. Más allá de que son canciones bellísimas, que, por todo el paso del franquismo a la democracia se tacharon como canciones que recordaban a esos tiempos. Entonces se dejaron de cantar, de escuchar. Y está bien traerlas de nuevo a la vida y recordarlas. Pueden coexistir. Pero no sé si servirán o no para algo. No soy muy esperanzadora yo.
- Este tema del desarraigo actual y esa vuelta a las raíces lo estamos observando mucho últimamente en la música. ¿Cree que es una moda pasajera derivada de esa necesidad de pertenencia, o una tendencia que aún tiene mucho que proyectar a largo plazo?
- Es algo que me pregunto constantemente. Creo que ambas cosas van de la mano. Esta tendencia nace de las circunstancias actuales, porque tenemos un desarraigo y necesitamos lugares comunes donde arraigarnos, como el folclore o la música tradicional. Podría ser una moda pasajera y desaparecer en menos de cinco años si no se sostienen unas bases o se profundiza más allá. También, como estamos en un momento tan volátil, siempre digo que va a haber un colapso de las ciudades y la clase obrera tendrá que exiliarse forzosamente a los pueblos. La cultura se está adelantando a eso, intentando crear espacios seguros y de comunidad, y por eso está de moda. Pero no tengo una respuesta clara, vamos a tener que ir descubriéndolo poco a poco y cruzando dedos, porque siento que no hay pronósticos. Toda esta música tradicional y la cultura rural están muy ligadas a esa incertidumbre del futuro, porque la globalización y el capital parecen haber llegado a su límite y todo está saturado.
- En septiembre pasará por Córdoba para presentar Martiago en la V edición de Sonraíz, en Carcabuey, un festival que reivindica esa comunión entre tradición y contemporaneidad. ¿Qué espera llevarse de su paso por aquí?
- Lo primero, la comida típica que tengan por allí (Risas). Seguro que algún mantecado o algo típico me llevo. Yo voy conociendo la cultura de los pueblos a través de su comida. Me encanta. Eso es lo primero. Y después, espero llevarme esa satisfacción de que la gente conecte con otro pueblo muy pequeño como es Martiago y sus canciones. Y el público las canta, y se están utilizando como unión colectiva y social de los pueblos, y es muy divertido.
- Y después de este viaje por las raíces que viene a ser Martiago, ¿ha cambiado también su forma de entender quién es Cristina Len como artista?
- Sí, claro. Es un proceso de evolución constante. Creo que Cristina Len como artista cada vez tiene una función menos individualista y más colectiva. Ya no soy solo yo y mi proyecto, no soy solo yo hablando de mis emociones como lo era al principio, sino que ahora es un proyecto basado más en la mujer de mi pueblo, en cantar con ellas, en un lugar más colectivo, en sociedad. Mucho más unido a la comunidad. Siento que he desplazado un poco el "yo" y ahora es más el “todos".
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