En 2001, el funicular comenzó a atravesar el corazón de los Picos de Europa para conectar el pueblo con el mundo exterior en apenas unos minutos
Durante siglos, llegar a Bulnes significó caminar. No había carretera, ni alternativa posible. Solo una senda excavada en la montaña que obligaba a transportar a pie personas, alimentos, materiales de construcción e incluso la esperanza de llegar a tiempo ante una emergencia. Todo cambió en 2001, cuando un funicular comenzó a atravesar el corazón de los Picos de Europa para conectar el pueblo con el mundo exterior en apenas unos minutos.
Más de dos décadas después, Miguel Ángel Mier, responsable técnico de la instalación desde prácticamente sus inicios, sigue siendo una de las personas encargadas de que ese vínculo nunca se rompa. Hablamos con él sobre la responsabilidad de mantener en marcha un transporte único en España, capaz de llevar turistas, vecinos, vacas, tractores o materiales peligrosos por el mismo túnel que transformó para siempre la vida de Bulnes.

Durante siglos, llegar a Bulnes significaba recorrer a pie una exigente senda de montaña excavada en el desfiladero del río Tejo. El aislamiento era parte inseparable de la vida de este pequeño núcleo de los Picos de Europa, donde vecinos, mercancías e incluso las emergencias médicas dependían de un camino que podía resultar impracticable en invierno o con malas condiciones meteorológicas. Todo cambió el 17 de junio de 2001, cuando entró en funcionamiento el Funicular de Bulnes, una infraestructura única en España que, a través de un recorrido subterráneo de unos 2,2 kilómetros, conecta Poncebos con Bulnes en apenas siete minutos. La obra no solo supuso un importante reto de ingeniería, sino que transformó la movilidad y la calidad de vida de un pueblo que, aún hoy, sigue siendo el único de Asturias sin acceso por carretera.
Más de dos décadas después, el funicular continúa desempeñando una doble función difícil de encontrar en otro lugar. Por un lado, es un servicio público, del Gobierno regional y operado por Alsa, imprescindible para los vecinos, que lo utilizan para desplazarse, recibir suministros, acceder a servicios sanitarios o mantener la actividad cotidiana del pueblo. Por otro, se ha convertido en la puerta de entrada para miles de visitantes que cada año descubren Bulnes y los Picos de Europa sin necesidad de afrontar una larga caminata. Ese delicado equilibrio entre la vida real de un pueblo habitado y el creciente atractivo turístico convierte al funicular en mucho más que un medio de transporte: es el hilo que mantiene unido un territorio singular, donde cada viaje acerca dos mundos separados por la montaña.
Cuando alguien te pregunta a qué te dedicas, la respuesta no debe de ser fácil.
No es la habitual, desde luego. Siempre digo que tengo un trabajo muy bonito y muy especial porque, al final, nos dedicamos a comunicar un pueblo cuyos vecinos vivieron aislados durante siglos. Antes solo podían desplazarse por un camino de montaña; hoy pueden hacerlo en unos minutos, llueva, nieve o haga el tiempo que haga. Saber que ayudas a mantener esa conexión produce una satisfacción enorme.
Mucha gente ve el funicular como una atracción turística, pero para vosotros es un servicio esencial.
Exacto. Hay turistas, por supuesto, pero nuestra prioridad son los vecinos. Este transporte les permite ir al médico, recibir mercancías, trasladar animales o resolver cualquier necesidad cotidiana. Cuando ves subir a una persona en silla de ruedas o a alguien que nunca podría recorrer el camino a pie, entiendes que esto va mucho más allá del turismo.

¿Se siente una responsabilidad especial al saber que todo un pueblo depende, en parte, de vuestro trabajo?
Muchísima. Es un transporte muy específico, que funciona dentro de un túnel y mediante un cable, con numerosos sistemas de seguridad. Transportas personas y no puede fallar nada. Cada mañana, antes del primer viaje, realizamos todas las comprobaciones de frenado y de los sistemas electrónicos. Si aparece el más mínimo fallo, el funicular no arranca. Esa responsabilidad está presente todos los días.
Además, en tu caso hay un componente emocional añadido: eres de Bulnes.
Sí, y eso hace que todavía lo viva con más intensidad. Conozco a los vecinos desde siempre. No estás llevando a desconocidos, sino a personas con las que has crecido y cuya vida diaria depende de que todo funcione correctamente.
Miguel Ángel Mier
Técnico del funicular de Bulnes
¿Qué ha cambiado el funicular en estos más de veinte años?
Prácticamente todo. Antes subir materiales de construcción, pienso para los animales o cualquier carga pesada era una odisea. Todo tenía que hacerse con caballerías. Gracias al funicular se han rehabilitado muchas casas, el pueblo ha podido mantenerse vivo y la vida de los vecinos ha cambiado por completo. El objetivo era acabar con el aislamiento de Bulnes y creo que se ha conseguido con creces.
En todo este tiempo habrás visto pasar cargas de lo más inesperadas.
De todo. Hemos transportado vigas de hasta doce metros, tractores, materiales de construcción, comida para los animales... y también animales vivos. Es perfectamente normal que en la cabina viajen 28 pasajeros mientras, en la plataforma de carga, suben cuatro vacas.

Incluso hay viajes sin pasajeros.
Sí. Dos veces al mes hacemos servicios exclusivos para mercancías peligrosas, como combustible, gas o materiales inflamables. En esos trayectos la cabina va vacía. Todo está muy regulado porque la seguridad siempre está por encima de cualquier otra consideración.
Cuando se produce una emergencia médica, el funicular también cambia de función.
Sin duda. Si ocurre durante el horario de servicio organizamos un viaje especial para trasladar al paciente cuanto antes. Y si sucede de madrugada, siempre hay un maquinista de guardia. Se abre la instalación para bajar al enfermo o subir al personal sanitario. Un pueblo como Bulnes no puede quedarse sin esa posibilidad.
Miguel Ángel Mier
Técnico del funicular de Bulnes
Después de casi dos décadas trabajando dentro de una montaña, ¿el entorno sigue imponiendo respeto?
Siempre. La montaña nunca deja de recordarte dónde estás. Cuando hay tormentas extremamos todavía más las precauciones porque los rayos pueden afectar a los sistemas eléctricos. La tecnología ha avanzado muchísimo, pero el respeto por la montaña sigue siendo el mismo que el primer día.
El funicular mueve cada año a miles de visitantes, pero nunca deja de ser el transporte de los vecinos. ¿Cómo se mantiene ese equilibrio?
Es fundamental. Estamos dentro del Parque Nacional de los Picos de Europa y hay una normativa que limita el número de visitantes. Aunque el funicular podría transportar mucha más gente, se restringe el acceso para evitar la masificación. Además, los vecinos siempre tienen prioridad. La idea es que Bulnes siga siendo un pueblo vivo y no un parque temático.

En estos años también ha cambiado la forma de viajar.
Muchísimo. Cuando empezamos, la gente subía por la mañana, pasaba el día aquí, hacía rutas, caminaba por la montaña y disfrutaba del entorno. Ahora vemos a muchas personas que llegan, hacen una foto para las redes sociales y se marchan. Es una pena, porque Bulnes ofrece mucho más que una imagen bonita.
¿Ese es el gran reto del futuro?
Yo creo que sí. Es positivo que Bulnes sea cada vez más conocido, pero también hay que cuidar qué tipo de turismo queremos. Lo bonito es que quien venga descubra el paisaje, se siente a comer con calma, haga una ruta y entienda dónde está. Hay que encontrar un equilibrio entre dar a conocer el pueblo y conservar su esencia.
Miguel Ángel Mier
Técnico del funicular de Bulnes
Si el funicular dejara de funcionar durante unos días, ¿hasta qué punto cambiaría la vida del pueblo?
Muchísimo. El año pasado tuvimos que cerrar un mes por trabajos de mantenimiento y la mayoría de los vecinos se trasladó temporalmente al valle. Solo permanecieron quienes tenían que atender el ganado o no podían marcharse. Eso demuestra hasta qué punto el funicular forma parte de la vida cotidiana de Bulnes.
Después de tantos años, ¿qué es lo que más satisfacción te produce cuando termina una jornada?
Que todo haya salido bien. En este trabajo siempre pueden surgir problemas y nuestra obligación es resolverlos. Cuando acaba el día y ves que la instalación ha funcionado sin incidencias y que todos los viajeros han llegado a su destino con seguridad, sientes que has cumplido con tu responsabilidad. Piensas: “Un día más y todo ha salido como debía”.

¿Hay algún pasajero que recuerdes de una manera especial?
Sí. Durante años venía una chica con la enfermedad de los huesos de cristal. Se desplazaba en silla de ruedas y había que extremar todas las precauciones porque cualquier movimiento podía resultar delicado. Cada vez que viajaba con nosotros deseábamos que todo saliera perfecto. Ver la ilusión con la que disfrutaba de Bulnes era muy emocionante. Cuando falleció nos dejó un recuerdo imborrable.
Después de escuchar el funicular durante casi veinte años, ¿hay algún sonido que identifiques inmediatamente?
El del hierro sobre el hierro. Es un sonido muy característico. Lo he oído tantas veces que, aunque esté en la oficina, sé perfectamente en qué punto del recorrido está la cabina. Sé cuándo arrancará, cuándo llegará a la estación y cuándo se abrirán las puertas. Es un sonido que ya forma parte de mi vida.
Si el propio funicular pudiera contar la historia de estas dos últimas décadas, ¿qué diría?
Creo que estaría orgulloso. Nació para acabar con el aislamiento de Bulnes y lo ha conseguido. Nadie imaginaba en 2001 que llegaría a transportar a tanta gente ni que sería tan importante para la vida del pueblo. Más de veinte años después sigue haciendo exactamente lo mismo que el primer día: mantener unido Bulnes con el resto del mundo. Y eso, para quienes vivimos aquí, lo significa todo.
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