Escribo estas líneas, en el día D, sin saber el resultado que sí conocerá mi improbable lector cuando me lea. Sería una opción, en este trance, escurrir el bulto y hablar aquí de cosas de menor importancia y que pasan por actuales, como secundaría el director de opinión, tan prudente, tan canario. Mas ¿qué tipo de persona sería yo, sinceramente, si en la noche de autos pusiera mi firma a una columna sobre algo antirromántico como la sentencia del TJUE en torno a la amnistía? Nada más hipócrita, por otro lado, que fingir racionalidad cuando lo cierto es que en esta larga espera he pecado mucho. No ha estado bien expulsar del chat a ese amigo, casi hermano, que casó con porteña y mostró equidistancia desde el Río de la Plata ante el trágico encuentro. “Yo ya he ganado”, dice, el muy cursi y traidor, en otro tiempo espejo de patriotas. Sé bien que, tras el pitido inicial, daré mal ejemplo a mis hijos y me saldrá Valladolid, como ellos dicen que ocurre, cuando desato todo un arsenal de léxico soez, los insultos de castellano viejo que inevitablemente verteré esta noche sobre el equipo enemigo, el colectivo arbitral y sus familias. No puedo aquí, en la dura espera, sino hablar de fútbol, aunque sería imprudente, claro, adelantar acontecimientos y jugármela a quedar como un paria. Mejor mirar al pasado y evocar uno de los partidos más bellos que haya visto y del cual fui, junto a mi mujer, espectador exclusivo. Atardecía en Nápoles y, en la Piazza del Duomo, dos equipos de niños disputaban un desigual encuentro, en el que perdía aquella escuadra donde jugaba un crío metidito en carnes, al que nunca pasaban la pelota. Todo aquello cambió cuando, iracundo, un sacerdote ataviado con su sotana negra pidió la entrada en el terreno de juego y, tras sacudir unas tortas a aquellos que no daban bola al incomprendido barrilete amalfitano, comandó con él una remontada que duró hasta la noche, para júbilo de Sabrina y un servidor. En esas mismas escaleras de Santa Maria Assunta, los virreyes españoles asistían a los solemnes Te Deum, celebraciones por victorias militares o nacimientos de príncipes. Tras los muros de la Catedral, ya saben, se conservan las ampollas con la sangre de San Gennaro, santo patrón de la ciudad, objeto del milagro de la licuefacción. Y ha sido a la rojísima sangre de San Gennaro, reliquia tutelar del Nápoles español, a la que me he encomendado, por nuestra noble escuadra, por España, antes del pitido inicial, querido lector, energúmeno transitorio como yo, mi semejante y mi hermano, conocedor de todo desenlace.
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