La serie ha superado las expectativas pero incluso así no puede medirse con su predecesora
El primer episodio de la tercera temporada de La casa del dragón fue extraordinario a nivel de producción. Cuesta creer que, en los inicios de Juego de tronos, David Benioff y D.B. Weiss tenían que pelear para poder rodar escenas épicas. Tenían que ahorrar durante la temporada para tener más presupuesto para un episodio en concreto, donde podían desatar su creatividad sin restricciones monetarias visibles.
En cambio, ahora Ryan Condal puede derrochar dinero y recursos en una entrega inaugural sabiendo que le quedarán fondos para las siguientes, sin tener que escatimar escenas con los dragones, cuyos acabados y movimientos son impecables. Se puede entender que HBO no le pidiera consolidar un fenómeno antes de ganarse un presupuesto acorde con su ambición: el espectador se acostumbró a un nivel de espectacularidad determinado en las últimas temporadas de Juego de tronos y no iba a dar marcha atrás.

Esta semana incluso vimos una escena que parecía imposible a estas alturas para quienes no han leído Fuego y sangre de George R.R. Martin: Rhaenyra sentada en el Trono de Hierro después de decapitar a Otto Hightower. En dos semanas, de hecho, se acumulan los acontecimientos. Rhaena se encontró en plena batalla con un dragón al que no podía controlar y que atacaba a sus aliados. Aemond, con ganas de liquidar a su hermano Aegon para colocarse como rey de su bando, besó a su propia madre, Alicent, horrorizada pero prudente por miedo y dispuesta a traicionarle para terminar la guerra dinástica. Y, en una muerte frustrante por evitable, Jacaerys fue atravesado por las flechas de la flota de la Triarquía tras desafiar a su madre y caer al mar.
La actriz Emma D’Arcy, en consecuencia, se ha podido dar un festín interpretativo con el personaje de Rhaenyra. Jacaerys la despreció como no hubiera hecho con un rey varón y, aparte de desacreditarla en Rocadragón, la dejó sin un hijo. En este proceso de duelo, desconsolada, llegó a Desembarco del Rey siguiendo la propuesta de Alicent. Y, tras tomar la capital de los Siete Reinos sin casi esfuerzo, tuvo que demostrar su fuerza en un momento en el que estaba destrozada.

A la nueva reina literalmente le caían los mocos mientras mataba al padre de quien fue su mejor amiga de juventud en un movimiento de violencia al que no estaba acostumbrada. Suerte tenía de contar con Daemon a su lado que, en estos momentos de vulnerabilidad ante la corte, no permitía dudar de su fuerza.
La casa del dragón, por lo tanto, ha resuelto temas pendientes durante los últimos cuatro años. Técnicamente ha mejorado, sobre todo tras cuestiones tan criticadas como la fotografía de la primera temporada (rodar escenas de día y después convertirlas en nocturnas en posproducción fue un desastre). Es espectacular sin peros. Y, después de esa sensación de estar estancados en una eterna preparación de una guerra descarnada entre distintos miembros de la familia Targaryen, tenemos una trama que avanza y encima desde la épica. Sobre el papel, estos dos episodios son una fantasía para el espectador. Pero, incluso con esta sabiduría al enderezar la historia por parte de Ryan Condal, la serie se queda corta.
La precuela, al acercarse tanto temáticamente a Juego de tronos con sus traiciones maquiavélicas, tramas incestuosas y disecciones sobre el poder, nunca ha sabido tener una personalidad propia, ni tan siquiera en la forma de contarse o abordarse su multitud de personajes. Puede tener un material sólido de referencia como es la obra de George R.R. Martin pero televisivamente es un refrito de la serie más popular de lo que llevamos de siglo. Y, al intentar emular la sensación de continuar en el universo de Juego de tronos, el showrunner olvidó implicar emocionalmente con la construcción de personajes, que parecen piezas encima de un tablero.
La muerte de Jacaerys sirve de ejemplo. Se pueden entender las consecuencias dramáticas de su muerte, Emma D’Arcy pudo utilizarla para la creación de una escena a priori potente, pero esa pérdida tiene un impacto nulo desde el sofá de casa. ¿Qué más da si era otro nombre más en la línea de sucesión?
Ya es algo recurrente en La casa del dragón como la muerte de Rhaenys o la de Otto. Se entienden a la perfección las intenciones de Condal. En el caso del personaje interpretado por Eve Best, incluso su última escena fue inspirada. Pero, dentro del esquema global del universo televisivo de Canción de hielo y fuego, son personajes menores en una serie menor, por más dinero que se queme por minuto en pantalla.
No deja de ser irónico que, a pesar de cuestionarse durante tantos años el talento de Kit Harington y Emilia Clarke como Jon Snow y Daenerys Targaryen (y con nadie siendo capaz de cuestionar el talento de D’Arcy y Olivia Cooke como Rhaenyra y Alicent), los primeros son los únicos memorables y con una humanidad que trascendía más allá del guion.
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