No hay otro lugar donde la fosilización del mundo sea tan nefasta como en la política
Hace unos cuantos años Vodafone nos eligió para manejar su comunicación publicitaria. La multinacional inglesa era en aquel momento la única gran compañía que podía permitirse apostarlo todo al teléfono móvil. Sus competidores, herederos de los monopolios, como Telefónica o British Telecom, entraron en la comunicación de lo nuevo sin desprenderse de su red de teléfonos fijos, que ahí siguen. Y eran cuidadosos en sus anuncios, intentando no herir susceptibilidades. Aprovechamos esa ocasión para reivindicar la fe absoluta en el teléfono personal y sin cable, y creamos un eslogan que me sigue gustando: “La vida es móvil”.

Me he acordado de esa frase leyendo al gran José Luis Guerin. Un amigo de cuyo criterio cinematográfico no puedo dudar, Jesús Becedas, me recomendó demasiado encarecidamente su última película: Historias del buen valle. Y me encantó. Guerin recoge durante tres años testimonios de los vecinos de ese extremo remoto de Nou Barris embutido entre una autopista, una vía de tren, el río Besòs y un canal. Aparentemente quieto, encajonado. Guerin celebra sin embargo la identidad mutante de un rincón de Barcelona que ha atraído a lo largo de las décadas a distintas oleadas de inmigración. Hoy en Vallbona se hablan 14 idiomas: “El nacionalismo que se impone con una violencia brutal en nuestros días quiere fijar una idea identitaria inmóvil, estática, que algunos dirán que viene desde el Medievo, otros desde el siglo XIX. Por favor, la identidad no puede momificarse. ¡Si está viva, en perpetuo movimiento!”.
Comprender el mundo nos obliga a un acto de violencia: detenerlo, matarlo. Y entonces le ponemos nombre, lo clasificamos, trazamos fronteras, lo fotografiamos. La física de Newton funciona tan bien porque estudia cuerpos, objetos, masas, trayectorias y todo parece tener una posición determinada y una velocidad definida. Pero nada está quieto. Un bosque es un proceso. Un río es agua desplazándose.
Estoy lejos de entender la revolución cuántica, pero tengo la sensación de que ha dejado de pensar la realidad como esa colección de objetos para verla más como relaciones, probabilidades. Lo permanente pasa a ser el cambio. Occidente ha privilegiado el sustantivo frente a las tradiciones orientales que prefieren construir desde el devenir. Me gusta la expresión que usa el budismo: impermanencia. Parece evidente que es el verbo quien mejor nos explica.
Probablemente no hay otro lugar donde esa fosilización del mundo sea tan nefasta como en la política, que es por definición la administración del mientras tanto de nuestras vidas como ciudadanos. Y no solo porque no sea capaz de explicarnos que habitamos un proceso sin final, sino porque no deja de prometernos la llegada feliz de un paraíso inmóvil. Y falso.
Sería triste pensar que el único lugar donde alguien nos ha explicado con cierta claridad esa verdad incómoda en los últimos años haya sido un anuncio de teléfonos móviles. Pero podría ser.
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