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Del artificio a la soberanía del alma

Дата публикации: 07-10-2026 11:49:20

A sus setenta años, la actriz Helen Mirren lanzó una confesión que resonó contundente, quizá extrema y malsonante: “si pudiera darle un solo consejo a la joven que fui, sería que usara las palabras Vete a la mi**** mucho más a menudo”. De esta manera the Queen ponía la guinda a su reflexión sobre una de las mayores servidumbres del ser humano: el desgaste de regalar años y años intentando complacer, deseando encajar en moldes ajenos y sin parar de tragarse palabras, como piedras, para no incomodar. A cierta altura de la vida se va comprendiendo que las opiniones de los demás, esas que antes nos aterraban, nunca valieron el peso que cargábamos como una cruz. Por ello, nunca es tarde para la liberación del juicio ajeno.

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A sus setenta años, la actriz Helen Mirren lanzó una confesión que resonó contundente, quizá extrema y malsonante: “si pudiera darle un solo consejo a la joven que fui, sería que usara las palabras Vete a la mi**** mucho más a menudo”. De esta manera the Queen ponía la guinda a su reflexión sobre una de las mayores servidumbres del ser humano: el desgaste de regalar años y años intentando complacer, deseando encajar en moldes ajenos y sin parar de tragarse palabras, como piedras, para no incomodar. A cierta altura de la vida se va comprendiendo que las opiniones de los demás, esas que antes nos aterraban, nunca valieron el peso que cargábamos como una cruz. Por ello, nunca es tarde para la liberación del juicio ajeno.

Sin embargo, para quienes hemos sido educados en la fe católica y para más inri nos movemos entre hermandades y cofradías, ese exabrupto plantea el dilema de cómo reconciliar el grito de Mirren con la formación religiosa. La respuesta exige desmontar un viejo equívoco pues hemos confundido la caridad con el servilismo y la mansedumbre con la cobardía. Poner límites no es un pecado de soberbia ni una falta de amor al prójimo; es custodiar la dignidad sagrada con la que fuimos creados. Cristo jamás fue un perfil complaciente pues expulsó a los mercaderes con firmeza, denunció la hipocresía sin paños calientes y enseñó a sus discípulos a sacudirse el polvo de los pies ante quien se negara a escuchar. ¿Es quizás ese límite firme profundamente evangélico?

La diferencia radica en los medios que elijamos. La historia convulsa del siglo XX nos dejó dos formas opuestas de afrontarlo ya que mientras había quien se jactaba de llevar dos pistolas en el bolso para responder con la fuerza y el fuego, otros personajes clave de la época entendieron que la verdadera fortaleza residía en llevar otro tipo de arma: un rosario. En los momentos de máxima tensión, de ansiedad, capaces de arruinar nuestra paz, apretar esas cuentas no es un gesto de debilidad, sino una muralla inexpugnable. Frente a la provocación o la tiranía ajena, frente al qué dirán, frente a las miradas torcidas, los susurros maledicentes, las risas a nuestro paso, el Rosario es un escudo para mantener nuestra dignidad intacta. Pasar sus cuentas es la forma más serena y firme de decir: “No voy a entrar en tu kk; esto no me va a quitar la paz”.

Tristemente, en el universo de las cofradías hemos permitido que el Rosario sufra la misma degradación que tantas otras cosas esenciales de nuestra religiosidad. Lo hemos postergado a un mero adorno sonoro previo a la misa, un runrún de fondo que se musita con prisa mientras se saluda en la nave central o se ultiman los detalles del altar. O peor aún: lo hemos reducido a una pieza de orfebrería, a un atributo estético deslumbrante que cuelga de las manos de la Virgen.

-¿Has visto? Lleva el rosario bueno. El de oro, brillantes, nácar y lapislázuli de la marquesa del Pío Pío.

-Pues vale…

Olvidamos que la imagen no sostiene las cuentas para exhibir talentos, sino para ofrecer un puente. Un rosario que solo brilla en el estuche pero no se desgasta en los dedos de los hermanos es un símbolo incompleto, una cáscara vacía.

Aquel dicho antiguo de que “la familia que reza unida, permanece unida” parece hoy una estampa caduca en una sociedad fragmentada y acelerada. Se han perdido los espacios de pausa y el hábito de poner la vida en común ante algo superior. Y, sin embargo, la necesidad de ese vínculo sigue intacta cuando se contempla la verdad desnuda ante nuestros ojos.

Cuando mi madre falleció en septiembre del 24, dudé entre colocar en sus manos un rosario nuevo de cuentas celestes, hermosísimo, o aquel con el que ella siempre había rezado. Se trataba de un rosario sencillo de pétalos de rosa, de esos que se venden como recuerdo en santuarios o en las mesas de la hermandad. Al cogerlo de donde lo guardaba, descubrí, sobrecogido, que el rojo original había desaparecido. De tanto rezarlo, de tanto pasar las cuentas día tras día, las bolitas se habían quedado completamente blancas. Semanas después, una amiga suya me desveló el secreto de aquel desgaste: mi madre guardaba, justo detrás del marco de plata con la fotografía de la Virgen Mediadora, una lista donde anotaba meticulosamente las necesidades de cada persona que conocía —un vecino buscando trabajo, una pena ajena, una enfermedad— para dedicarles su rezo diario. Ni siquiera en el avance implacable de su enfermedad dejó de rezar; cuando las palabras ya casi no le salían, sus labios seguían murmurando entre dientes cada misterio y cada Ave María, acariciando esas cuentas que habían cambiado el rojo por el blanco. El blanco puro de su propia alma.

Ojalá aprendiéramos a llevar mejor el corazón antes que el ajuar. La belleza externa solo cobra su luz auténtica cuando es reflejo de lo que se guarda dentro del pecho. Las manos de la Virgen no necesitan más metal ni más piedras; necesitan que las nuestras dejen de mendigar aprobaciones innecesarias, sepan decir “NO” a la falsedad y tengan la valentía de sostener, con la serena firmeza de nuestras madres, la única verdad que nos hace libres.

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