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Enrique Fernández | Filósofo: "La incertidumbre de la filosofía pone nerviosos a muchos"

Дата публикации: 23-10-2026 05:00:57



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La conciencia, su origen y su naturaleza, implica al filósofo y divulgador Enrique Fernández Gel (Barcelona, 1993). Con el “difícil” problema de la conciencia ha lidiado desde una perspectiva filosófica en su más reciente libro, ¿Hay conciencia en tu cerebro?, editado por Grou (Penguin Random House), sello con en el que publicó en 2023 ¿Hay filosofía en tu nevera? Y en un tránsito del papel al algoritmo, respondiendo los interrogantes que sean precisos, este profesional del pensamiento pulsa a todos los públicos desde 20216 en el canal de Youtube Adictos a la filosofía.

Pregunta.–Una pregunta fácil para empezar: ¿qué es la conciencia?

Respuesta.–Es algo que todos conocemos pero que nadie sabe explicar. Para el filósofo John Searle es todo eso que empieza cuando despiertas y que persiste hasta que vuelves a quedarte dormido.

P.–Uf, qué cantidad de cosas...

R.–Bueno, dicho de otro modo, la conciencia es todo ese mundo aparentemente interior de percepciones, experiencias, recuerdos, pensamientos, deseos… Es el cómo se siente ser tú.

P.–¿Dónde está esa conciencia?

R.–Es la gran pregunta. Sabemos que una parte concreta del cuerpo, el cerebro y el sistema nervioso, está relacionado con todo ese meollo de la conciencia. Si me abren el cráneo, no podrán ver lo que pienso, lo que siento o percibo. Pero hemos comprobado que, estimulando ciertas regiones del cerebro, pueden despertarme un recuerdo olvidado de la infancia, realizar cambios en mi personalidad, hacer pensar en margaritas o elefantes o conseguir que me ponga a llorar por una tristeza que no sabré de dónde sale.

P.–Entonces debe de haber alguna relación con el cerebro y el sistema nervioso, ¿no es así?

R.–Sí, pero la naturaleza de esa relación es justo lo que no entendemos.

P.–¿Y si el cerebro no explicara la conciencia?

R.–Pues para algunos parece que se acabaría el mundo, pero si algo nos gusta a los filósofos es no dejar ninguna opción por explorar. Algo hay claro: llevamos décadas trabajando bajo el supuesto de que sólo con el cerebro se tiene que explicar la conciencia y no hemos avanzado ni un milímetro en la resolución de ese difícil problema.

P.–Saber más y más sobre las neuronas tampoco está sirviendo de mucho, ¿no?

R.–Tenemos una mayor comprensión de las correlaciones entre la mente y el cerebro, pero saber qué correlaciones se dan no implica explicar por qué se dan. En eso estamos estancados. Porque de las piezas con las que trabaja el cerebro, las reacciones electroquímicas entre las neuronas, no vemos cómo se puede construir algo así como una sensación subjetiva. ¿Y si necesitamos ir más allá?

R.–¿Y el misterio real no sería por qué hay una experiencia consciente, más que conocer cómo piensa el cerebro?

R.–Por lo general, se da por supuesto que el problema verdaderamente difícil es el de la experiencia y que facultades como el pensamiento o el razonamiento lógico y matemático, en cambio, sucumben fácilmente a un análisis de tipo neurofisiológico. Pero varios filósofos, yo entre ellos, pensamos que no es así. En parte, porque también hay una dimensión experiencial en el mismo razonamiento, hay un cómo se siente pensar o razonar, con lo cual volvemos a encontrar también aquí el núcleo del difícil problema.

P.–Cerebro, neuronas, química... ¿Qué pierde la filosofía cuando una hipótesis legítima se convierte en dogma?

R.–Pierde la posibilidad de ser ella misma. En filosofía, todo está ahí para ser cuestionado, discutido, puesto a prueba… una y otra vez, sin parar. No hay nada que no sea controvertido en filosofía: dame la tesis más inocente del mundo y te encontraré a diez filósofos que la discuten.

P.–Hay quien se cansa con esas discusiones infinitas...

R.–La incertidumbre radical de la filosofía pone nerviosas a muchas personas, pero dentro de la aventura intelectual necesitamos una disciplina que sea así, en la que nada se dé nunca por supuesto y que esté dispuesta a sacrificar a las vacas más sagradas en el altar de la razón y el argumento. De lo contrario, la opinión elevada a dogma se vuelve insensible a sus propias dificultades, toda objeción es vista a priori como sospechosa e interesada, y el crítico, perseguido con el celo de quien guarda por mandato divino la ortodoxia de los peligros de la herejía.

P.–Mi primo profesor propone a los alumnos una versión apócrifa del aforismo cartesiano: “Pienso pero no existo, descárteme”. ¿Es correcto?

R.–Me gustaría saber cómo sigue su primo la clase. Está claro que estimula. ¿Es posible pensar pero no existir? Descartes lo consideró inconcebible, pero filósofos posteriores defendieron que hay pensamientos sin un yo que los piense. ¿Tiene sentido? ¿Por qué sí o por qué no? Y mire, ya estamos haciendo filosofía...

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