Teresa Sanjurjo (Madrid, 1972) ha dormido poco. El programa de los Premios "Princesa" de la Fundación que dirige desde hace casi 17 años ha arrancado hace dos días. Los post-its crecen sobre su mesa en un despacho donde conviven la última biografía de Leonor, un manual jurídico y un libro de arte.Seguir leyendo....
Teresa Sanjurjo (Madrid, 1972) ha dormido poco. El programa de los Premios "Princesa" de la Fundación que dirige desde hace casi 17 años ha arrancado hace dos días. Los post-its crecen sobre su mesa en un despacho donde conviven la última biografía de Leonor, un manual jurídico y un libro de arte.
Messi, Patti Smith, Christina Koch... Este año ha salido un cartel de premiados con mucho tirón popular. ¿Lo sienten así, les condiciona?
Más que percibirlo, lo vemos. Es una realidad. La atención que generan estos premiados, la de los medios que quieren acreditarse, la de las personas que quieren conocerlos, con perfiles muy diferentes: desde ingenieros aeroespaciales que quieren ver a Christina Koch hasta los rockeros de siempre, admiradores de Patti Smith. Y Messi... El fútbol es tan transversal... Se podrían establecer indicadores: número de correos, de llamadas, de accesos a la taquilla. Todos los años son intensos, pero en peticiones de acceso y búsqueda de entradas, este lo es mucho.
¿Hay riesgo de que la popularidad de unos eclipse el mensaje de los premiados menos conocidos?
Yo creo que la gente es muy inteligente. Los intereses son muy diversos, porque corresponden a una sociedad diversa, y eso se equilibra. La bóveda de semillas de Svalbard, premio de Cooperación Internacional, era una institución desconocida para el conjunto de la sociedad y está generando muchísimo interés. Pasa igual con Ghibli: hay gente que ha visto toda su filmografía y gente que lo está descubriendo, con la alegría del descubrimiento.
Las entradas se agotan en segundos. ¿Qué le dice a quien se queda frustrado frente al ordenador sin conseguirla?
Lo primero, agradecer el interés, porque trabajamos para eso. Los aforos, por definición, son limitados, y las entradas, gratuitas. Pero una presión de veinte personas por entrada va a generar inevitablemente que una tenga entrada y diecinueve no. No podemos hacer nada más. Yo lo veo en la taquilla: el sábado pasado hubo en un momento 10.000 y pico personas conectadas, y pensé: si todas quieren ir al Jovellanos, y ya sabemos su aforo... Pues es lo que es.
¿Se plantean cambios para repartir más?
Es que no podemos repartir más. En la mayoría de los actos cada persona puede conseguir dos localidades. La cola virtual establece un orden aleatorio, como una especie de sorteo, para que nadie tenga que estar conectado desde el día anterior, y quien espera sabe cuántas personas tiene delante y puede calcular si llegará o no. Le hemos dedicado bastantes recursos, pero hay que aceptar, aunque resulte frustrante, que hay más interés que sitio.
Este año arrancaron en Cadavedo. ¿Irán a más en la descentralización?
Es una línea de trabajo clara que pretendemos mantener, aunque está muy vinculada a los días de estancia de los premiados en Asturias y a nuestros recursos para movernos por el territorio. Hay muchas instituciones que quieren recibir un acto de los Premios, ser parte de la programación cultural, y atendemos lo que podemos. A veces no vamos a más sitios porque los aforos son muy pequeños.
La Fábrica de Armas de La Vega ya se identifica con la Fundación, y la cesión de Defensa al Ayuntamiento está en marcha. ¿Cómo encaran ese futuro?
Empiezo siempre por el agradecimiento a Defensa, que nos la ha cedido todo este tiempo. Ha sido una gran oportunidad. Hasta donde yo sé, es un tema complejo, con varias partes involucradas, y serán las instancias competentes las que decidan qué uso se le da. Cuando lo sepamos, lo sabremos. No es un tema que competa a la Fundación. Es un espacio fantástico, pero la Fundación va a seguir teniendo los contenidos, que son los premiados, y seguiremos organizando actividades. No sé si allí, en otro sitio o en otros formatos; ya lo iremos viendo.
¿Hay un plan B?
En esta Fundación hay muchas ideas, pero ahora estamos centrados en los Premios de este año. A eso nos dedicamos, no a ningún plan B.
Acaban de dar el Nobel a Anne Carson, premiada en Oviedo en 2020. ¿Les satisface ir por delante de la Academia Sueca?
En todas las categorías hay gente e instituciones extraordinarias. Si tenemos muy buenos proponentes y muy buenos jurados, es una consecuencia natural —no son matemáticas— que señalen a personas extraordinarias. ¿Adelantarnos? Sí, lo hemos hecho muchas veces. Pero estamos centrados en lo nuestro, que son los Premios Princesa de Asturias.
¿Forma eso parte de su reputación internacional?
Puede ser. A mí me va llegando algo de varias instituciones, como marcadores de gran calidad.
La princesa Leonor tiene 20 años, la edad a la que su padre empezó a presidir solo la ceremonia. ¿Hasta cuándo veremos a toda la Familia Real en Oviedo?
No lo sé, y no me atrevo a hacer pronósticos. La presencia de la Princesa y su participación progresivamente más intensa la han ido decidiendo sus padres, con el ritmo que han considerado adecuado. Recuerdo que muchos preguntaban: "¿Cuándo viene la Princesa?", "¿cuándo hablará más?". Es un proceso progresivo, tranquilo, que marca la continuidad institucional. En su momento lo sabremos.
Los Premios nacieron como un refuerzo de la monarquía en torno al heredero. Hoy ese respaldo parece haberse ensanchado a toda la Familia Real.
Cuando nacieron los Premios, de esa forma tan creativa, tan quijotesca y tan llena de entusiasmo, España venía de cuarenta años de dictadura. La Constitución estaba recién aprobada, los Reyes eran muy jóvenes, el Príncipe era un niño. Estaba mucho por inventar. Los pasos de esa España abierta, democrática, europeísta, los dieron de la mano la Fundación recién nacida y el Príncipe, hoy nuestro Rey. Han pasado casi cincuenta años, las instituciones se han consolidado y nuestra unión con la Princesa de Asturias y con toda la Casa Real forma parte de nuestro ADN. Al crecer se amplía el impacto, no la naturaleza: seguimos anclados en este territorio, abiertos al mundo y de la mano de la Corona, siempre.
Muchos corresponsales extranjeros ponen el foco en la Familia Real, por delante de los premiados. ¿Cómo se conjuga lo institucional con lo cultural?
No sé si diría conjugar, porque creo que suman. No es uno en vez de otro. Nuestra Familia Real tiene una proyección internacional enorme, proyecta una imagen excelente de España y genera mucha atención mediática. Es un activo muy valioso, y personal y profesionalmente me alegra que eso se produzca en los Premios, vinculado a mensajes de valores, de cultura, de excelencia. Ambas cuestiones se refuerzan.
Con tanta polarización, ¿son hoy más necesarios los mensajes de los premiados?
Lo creo con total convicción. Los grandes cambios de los últimos diez años, de todo tipo y acelerados, hacen más necesarios los referentes. Hace falta construir confianza, el intangible necesario para que las sociedades funcionen. Y construir confianza no es que todos estemos de acuerdo en todo: es convivir con arreglo a los consensos básicos de las democracias europeas, respetar el trabajo de los medios de comunicación, facilitar sociedades informadas, con pensamiento crítico. Da hasta un poco de apuro decirlo, porque me parece tan evidente que suena redundante.
¿Qué espera de los discursos del Campoamor?
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Estoy deseando escucharlos. Van a ser muy diferentes: en el mismo acto vas a oír a Patti Smith y a una astronauta. Pero si echas la vista atrás hay un hilo conductor que vertebra muchos años de ceremonias, el de los valores compartidos.
Fuente: La Nueva España