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Isabel Rocatti, actriz, 68 años: “Se está empezando a poder mirar con honestidad a cuerpos que ya no tienen la turgencia de los 20; mientras sigamos respirando, sentimos deseo”

Дата публикации: 20-09-2026 04:00:00


No es frecuente que una actriz celebre medio siglo de carrera con sus dos primeros protagonistas en cine, pero Rocatti lo ha conseguido después de trabajar sobre los escenarios para los mejores directores


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Hace unos meses llegaba a las salas de cine Cowgirl, una película sobre las segundas (o terceras) oportunidades que la vida regala de vez en cuando, y sobre asuntos pendientes que a veces el destino nos permite resolver, incluso en plena madurez. Y ahora se estrena Tanit, adaptación de una icónica novela infantil-juvenil de Núria Albó que, cuatro décadas después de su publicación, sigue en la memoria de dos o tres generaciones que se emocionaron con las peripecias de una niña que tiene que hacerse mayor de golpe, y que encuentra una inesperada cómplice en una mujer mayor que vive en medio del bosque y a la que las habladurías colgaron la etiqueta de bruja.

Dos personajes independientes y solitarios, dos mujeres con pasado borroso que establecen un poderoso vínculo emocional con alguien mucho más joven, y que valoran la libertad más que cualquier otra cosa. Por supuesto, ambas tienen en común a la actriz de larguísimo recorrido que les da vida: Isabel Rocatti (1958), medio siglo de carrera y tremenda experiencia sobre los escenarios. 

Valenciana de Burjassot de nacimiento, barcelonesa de Gràcia de adopción, ha trabajado a las órdenes de los mejores: Els Joglars, La Fura dels Baus, Rosa Maria Sardà, Calixto Bieito, Carme Portaceli, Bigas Luna, Carles Santos o Pablo Messiez, con el que se encuentra en plenos ensayos de Relíquia, la adaptación teatral de la novela de Pol Guasch que el Teatre Lliure estrenará el próximo año y que coprotagoniza junto a Elisabet Casanovas y Nausicaa Bonnín. De nuevo, Rocatti retroalimentándose del trabajo de intérpretes de una nueva generación a los que ve brillantes y excelentemente preparados. “Saben actuar, cantan de maravilla, te montan una coreografía en un momento y tienen la cabeza muy bien amueblada; hay de todo, pero en general tienen toda mi admiración”, apunta.

Fue una niña vivaracha, juguetona y fantasiosa (“por circunstancias nada dramáticas que no vienen al caso, me tocó jugar mucho en soledad y eso me hacía inventar mundos y acudir a la imaginación”). Soñaba con dedicarse a la pintura y al dibujo, pero el prematuro fallecimiento de su padre la llevó a ponerse a trabajar muy pronto como secretaria para ayudar en casa, mientras estudiaba Magisterio, hasta que, sin comerlo ni beberlo ni seguir ninguna vocación, descubrió el gusanillo de la interpretación. Recién cumplida la mayoría de edad, formó parte de la ya desaparecida compañía independiente PTV (Petit Teatre de València). Llegó a Barcelona con 21 años para estudiar en el Institut del Teatre, y aquí se quedó. Su currículum impresiona, casi tanto como que, tras 50 años de carrera, le hayan llegado ahora sus primeros personajes protagonistas en cine.

No es frecuente que una actriz de 68 años haga dos protagonistas en cine tras 50 años de carrera...

Es cierto. Yo no había afrontado un protagonismo de este nivel en cine. Así que cuando llegué al rodaje de Cowgirl, iba con los deberes muy bien hechos, abierta a lo que pudiera pasar. Hacer un papel así a mi edad es un orgullo, esa es la palabra, y un privilegio. Lo celebro aún más porque contamos la historia a partir de su mirada, de su manera de estar en el mundo. No es un personaje de ‘la madre de’ o de ‘la esposa de’... Es una mujer de mi edad que desarrolla una relación muy interesante de apoyo mutuo y muy de tú a tú con el joven al que interpreta Carlitos Cuevas. Y también es una mujer que se reencuentra con un viejo amor y con el deseo.

Me pareció muy revolucionario mostrar a dos personas que, con 60 y muchos años, se muestran como seres que desean, aman y disfrutan del sexo, algo que a veces parece que no existe.

Sí, porque venimos de donde venimos. Y todavía estamos ahí, aunque las cosas estén cambiando. Esta sociedad ha valorado mucho la juventud. ¡Lo joven, lo joven! Obviamente, lo joven es magnífico, maravilloso. Pero la grandeza de los cuerpos viejos... se está empezando a poder mirar con honestidad a cuerpos que ya no tienen la turgencia de los 20 años. Pero puede haber belleza, depende del tratamiento que hagas de ese cuerpo y de lo que quieras narrar. Mientras sigamos respirando, sentimos deseo, tenemos vida. Otra cosa es que haya personas que lo pierdan.

Cuando llegó la jubilación, tuve que hacer mi propio proceso interno para que ese concepto no me hiciera daño

Isabel Rocatti

Esas personas se han tragado que, a partir de determinadas edades, según qué cosas ya no tocan...

Sí, se lo han creído. Últimamente, hay un tema que me ronda mucho por la cabeza: la jubilación como concepto. ¿Cuánta gente vive un apagón interno, un ‘ya no sirvo’? Se identifica el ‘soy lo que hago’, y cuando ya no soy un elemento activo, ya no soy nada. Creo que una de las cosas que podemos transmitir la gente que a mi edad seguimos en activo es que hay que borrar esta idea. Porque hablamos de conceptos económicos y políticos. Y la realidad es todo lo contrario.

Puro capitalismo.

Yo, ahora mismo, estoy jubilada. Llevo desde los 18 años trabajando, cotizando en un sistema y tengo todo el derecho a recibir lo que he invertido. En un oficio como el mío, ahora se trabaja y ahora no, pero mantengo la energía para seguir actuando. Si algún proyecto me interesa, lo hago. Pero, aun teniendo claro este concepto, cuando hace un par de años me llegó el momento, tuve que hacer mi propio proceso interno para que ese concepto de jubilación no me hiciera daño. Pensaba que a mí no me afectaría, pero al hacer los papeles tuve un momento de... ¿Qué me está pasando? No fui consciente hasta ese instante. Tuve que sentarme: vamos a meditar, a ver qué me ocurre.

La actriz, a sus 68 años. 

La actriz, a sus 68 años. David Ruano

Nos han incrustado la idea de ser productivos, y nos hemos autoconvencido de que la jubilación nos envía a mirar obras por la calle.

Exactamente. Es verdad que no todos los oficios te permiten mantenerte en activo; tengo suerte en este sentido. Así que es muy importante que uno tenga claro que la jubilación no se debe asociar al ‘ya no sirvo’. Es un momento importante en la vida, para parar y planificar cómo serán las cosas a partir de ahí. Tendrás mucho más tiempo para ti, y debes desarrollar nuevos hábitos, rutinas nuevas, funcionar de otra manera, revisar qué te gustaría hacer. A nuestra edad seguimos teniendo deseos y ganas de hacer cosas. ¿Me explico?

Perfectamente. ¿Puede ser que en estos dos años haya trabajado mucho?

Curiosamente sí, casi más ahora que el resto de mi vida (risas). Este oficio nuestro va como va. Y es curioso, desde la pandemia, desde 2020, estoy trabajando muy seguido. No sé cuánto durará. Aprovechemos la ola, que luego llegan los bajones. A veces me preguntan sobre el éxito, y puedo afirmar que para mí es decirte la edad que tengo y seguir en el mismo oficio desde los 18 años.

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¡No era consciente hasta esta charla! (risas). Imagínate, 50 años redondos. Son muchos. He tenido épocas peores, pero por suerte nunca he pasado más de un año sin trabajar. Un año entero, sí, pero no más. La mía es una carrera de fondo, y una forma de estar en la vida.

Para ello, ¿ha ayudado convivir con un músico? Seguramente su pareja, Joan ‘Nito’ Figueras, comparte esa manera de estar en la vida...

¡Sí, sí! Como mínimo, no discutimos sobre el día que dejas de descansar ni sobre las vacaciones (risas). No hay mucha planificación en nuestro calendario, pero es lo que hay y nos hemos acostumbrado. Celebramos igual un lunes que un domingo o un viernes, igual que podemos no celebrar. También somos dos personas que llegamos a convivir días enteros metidas en casa, trabajando. No es eso de otras parejas de vernos un ratito por la noche. No, no, es una hora, y otra hora, y otra y otra. Y no es fácil, pero ha funcionado, y bendito sea: 20 y muchos años juntos.

Es muy importante que uno tenga claro que la jubilación no se debe asociar al ‘ya no sirvo’; es un momento importante en la vida

Isabel Rocatti

Volviendo a sus últimos trabajos, su personaje en Tanit se encuentra con algo muy habitual: ese momento en el que los achaques de la edad impiden seguir viviendo de forma independiente en la recta final de la existencia.

A mí personalmente también me hizo pensar en el final. Estamos enfocados hacia eso y a nuestra edad podemos preguntarnos cómo será ese final o si habrá sufrimiento. Pero, si te soy sincera, es algo a lo que no quiero prestarle demasiada atención. Lo aparto y voy momento a momento, intentando vivir el presente lo mejor posible. Lo que sea, ya me lo traerá la vida. Empezar a divagar o a fantasear sobre el final... no, no quiero dedicarle demasiado tiempo. A una amiga le gustaba jugar a ‘y si...’. Y si hoy fuera tu último día de vida, ¿qué harías? Y piensas: ¡Qué estrés! Creo que no dejaría de hacer lo que hago ahora. Ocúpate de lo que toca. Cuando me siento a meditar, me sirve para pensar: estoy aquí. Aquí y ahora.

En cierto modo, ese mismo personaje le abre los ojos a una niña en un momento de tránsito a la adolescencia. Durante su carrera, ¿alguien ejerció un rol similar con usted? Porque ha trabajado para grandes del teatro: la Sardà, Boadella, la Fura, Bieito, Portaceli...

Díria que, más que una persona concreta, sí ha habido obras de teatro que me han hecho abrir los ojos y dar saltos en el oficio. Situaciones más que personas. Aunque sí ha habido actrices que me han fascinado desde niña: Mari Carrillo o Marisa Paredes me dejaban clavada. Como me ha pasado hace muy poco con Victoria Luengo y Javier Bardem en El ser querido. Pero yendo a esos nombres que citas...

Cuente, cuente...

Podría hablar de Rosa María Sardà. ¡Bueno, bueno, bueno! Solo por la disciplina que nos marcaba: no entrábamos en escena si no dábamos el tono. ¡No! ¡No! ¡Hasta que... pam! Y lo que nos llegamos a reír juntas, porque de repente te rompía... Con la Sardà hicimos Petó públic, una obra que ella dirigía. Rosa me dio disciplina, seriedad para subir a un escenario y, al mismo tiempo, libertad. Como Albert Boadella, con él no existía el error. Entré en Els Joglars después de terminar en el Institut del Teatre, y estuve cuatro años con ellos. Boadella fue el primero que me dio una libertad total, y eso te da mucha tranquilidad como actriz. Hicimos Teledeum, una obra que sufrió dos querellas criminales y que fue socialmente muy dura, y Virtuosos de Fontainebleau, que disfruté mucho y me hizo volar.

Ha mencionado la meditación un par de veces. ¿La practica? ¿Tiene alguna otra rutina más?

Sí, lo hago. Durante años practicaba pilates a diario, pero tuve un pequeño problema muscular y busqué una alternativa de movimientos más suaves, más de estiramientos y de respirar, de tomar consciencia. Lo hago a diario durante 20 o 30 minutos, a no ser que haya tenido tralla fuerte la noche anterior y me tome un descanso. Pero sí es una rutina que hago en casa, porque han sido muchos años de apuntarme al gimnasio y, por estar fuera de bolos o por lo que sea, no acababa de ir... Y sí, también hago meditación: me gusta sentarme, escuchar mi respiración, estar en contacto con mi cuerpo, conmigo misma, darme presencia. De hecho, eso es algo que también hago antes de entrar en escena: respiración, concentración, cuerpo, presencia... ¡Y adelante! Me va muy bien para la cabeza, porque soy muy nerviosa y tengo muchas cosas en la mente. Y es bueno respirar y soltar, y un poquito de silencio.

El teatro es una especie de pócima para rejuvenecer; para mí, la clave es aprender a quererme cada día un poco más

Isabel Rocatti

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Tengo la sensación de que el teatro rejuvenece. ¿Es así?

Sí, totalmente. Creo que tiene que ver con el juego. ¡El teatro es puro juego! Hay personas como Pepe Sacristán o Josep Maria Flotats que son impresionantes. Con una juventud a los 80 y pico... El teatro es una especie de pócima. Claro que no a todo el mundo le funciona, así que uno tiene que ayudar siendo un poquito consciente y teniendo buenos hábitos, o al menos manteniendo algunos que te serenen, que te centren en la vida, que te calmen. Y, sobre todo, para mí, la clave sería aprender a quererme cada día un poco más.

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