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“Fue como una bola que se fue haciendo cada vez más grande, no quería volverme a sentir usada”: por qué cada vez más adultos pasan del sexo

Дата публикации: 07-10-2026 04:00:00


El CIS revela que uno de cada cuatro adultos (24,6%) no ha tenido relaciones sexuales en el último año: expertos y testimonios explican por qué estas pausas son más normales y más complejas de lo que parece


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Cuando Ana, de 35 años, cuenta que lleva cinco años sin tener relaciones sexuales, en su entorno le dicen “Eso no puede ser”, “Cómo vas a llevar tanto tiempo”, “No me lo creo”. Las veces que lo ha compartido con algún hombre, se le han echado para atrás. “Prefiero no ocultarlo y avisar desde un principio, para que puedan tener un poco más de paciencia o cariño, pero se ve que es algo que intimida o que piensan que hay algo raro detrás”, observa.

Su caso es menos excepcional de lo que pueda parecer. Según el estudio Sexualidad: hábitos y opiniones, elaborado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de este año, el 24,6% de las personas encuestadas no había mantenido relaciones sexuales durante los doce meses anteriores. Entre las personas sin pareja, un 73,4% decía no tener “ni relaciones ni citas”. 

La muestra

La encuesta incluye a población de 16 años en adelante, sin límite superior de edad, con estratificación en 8 grupos que llegan hasta ”75 años y más”. La muestra realizada fue de 9.009 entrevistas.

Entre los motivos, un 16,3% señalaba la falta de interés o deseo sexual, un 13,5% la viudedad y un 11,2% una enfermedad propia o de la pareja. ¿Qué cosas pueden hacer que pasemos mucho tiempo sin tener sexo? ¿Es normal o incluso esperable atravesar estos momentos de pausa, aún estando en pareja?

No se nos atrofia nada si no tenemos relaciones. El problema no es la falta de sexo, sino que no conectemos con nuestro propio cuerpo y con el placer

Sílvia Catalán

Sexóloga

Sílvia Catalán es psicóloga especializada en sexualidades y relaciones

Sílvia Catalán es psicóloga especializada en sexualidades y relacionesCedida

“Hay muchísimos factores que pueden explicar que una persona pase mucho tiempo sin mantener relaciones sexuales”, señala la sexóloga Sílvia Catalán, que aclara que lo que se entienda por “mucho tiempo” depende de las expectativas y de la vida sexual de cada persona. Esos períodos prolongados de actividad sexual baja o incluso inexistente -asegura la experta- son algo “perfectamente normal y esperable” dentro de la vida sexual propia y de pareja y, por tanto, deberíamos integrarlos y entenderlos de esa manera.

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Ainhoa Comas, psicóloga del Institut d'Estudis de la Sexualitat i la Parella, coincide en que “no existe una frecuencia sexual universalmente saludable”. Lo relevante, explica, es “si esa situación es elegida y satisfactoria para la persona o si es algo que está viviendo con malestar”. Puede tratarse incluso de una elección personal: “Hay personas que sencillamente no tienen interés en mantener relaciones sexuales durante determinados periodos, y eso puede ser perfectamente coherente con su bienestar”, explica.

Una ruptura o un desengaño amoroso, un proceso de duelo, la falta de deseo, los cambios vitales y/o hormonales, momentos de mucho estrés, de sobrecarga laboral y cansancio, los problemas de pareja o de salud física, la ansiedad y la depresión, son factores que pueden repercutir en nuestra vida sexual, según las distintas expertas consultadas.

Fue como una bola que se fue haciendo cada vez más grande, entre que no me apetecía y no quería volverme a sentir usada...

Ana

35

A Ana le cuesta reconstruir cómo fue que ya pasaron cinco años desde la última vez que tuvo un encuentro sexual. “Fue como una bola que se fue haciendo cada vez más grande, entre que no me apetecía y no quería volverme a sentir usada”, explica. Todo empezó con el final de un vínculo traumático, que hizo que la intimidad física pasara a un segundo plano. “Recuperarse de eso cuesta mucho. Me minó muchísimo la moral. No quería saber nada de nadie y nadie me atraía”, recuerda. A eso se sumaba que trabajaba los fines de semana, a contratiempo de la mayoría de la gente, lo que complicaba encontrar oportunidades para conocer a alguien.

A Guadalupe, de 46 años, una sucesión de relaciones traumáticas y abusivas la llevaron a decir: “No vale la pena seguir intentando. No quiero estar con nadie, necesito estar tranquila”, desde hace ya unos dos años. Aunque no se cierra a la posibilidad de vivir nuevas experiencias, “evalúa muchísimo” si es algo que valdría la pena antes de dar el paso.

A N., de 22 años, también fueron las malas experiencias las que le llevaron a pasar unos cuatro años sin actividad: “No me apetecía repetir patrones. Empecé a tomarme en serio la terapia y a hacer cosas reales por cambiar”, explica. El “celibato” -dice- “fue una decisión muy madura para lo joven que era”. Hoy siente que ya puede abrirse a conocer a una persona nueva.

“Un año sin tener relaciones me parece que puede ser muy normal. A la gente le puede parecer raro, pero el deseo sexual de cada persona es tan distinto”, opina Lucila, de 36 años, que también estuvo más de un año sin tener relaciones después de una ruptura. “Estaba muy trabada. No estaba abierta a conocer a nadie. Cuando te pones las pilas y empiezas a salir con gente, en algún momento conectas con alguien y pasa”, explica y recuerda que, cuando lo contaba, la gente la miraba “con cara de ‘Wow, cómo haces’”.

No es lo mismo tener bajo o falta de deseo que sufrir por ello (...) Es difícil generar deseo cuando funcionas todo el día en modo supervivencia

Ainhoa Comas

Psicóloga

Los problemas de pareja o de salud física, la ansiedad o el cansancio son factores que pueden conducir a la falta de deseo sexual.

Los problemas de pareja o de salud física, la ansiedad o el cansancio son factores que pueden conducir a la falta de deseo sexual.Getty

“Cada uno tiene una personalidad, un nivel de deseo y unas necesidades de intimidad distintas”, explica la psicóloga y sexóloga Arianna Orru y apunta que además “esas diferencias se dan dentro de una misma pareja, y a lo largo de la vida de cada persona”. La presión y la anticipación tampoco ayudan: “cuando el sexo se vive como obligación o como prueba de que la relación funciona, la ansiedad sube y el deseo baja”, indica.

Al cumplir los treinta, Lucila sintió la presión de hacer un cambio. “Dije ‘no puede ser’”, recuerda. Entonces se forzó a sí misma a retomar su vida sexual: “Quería quitarme el peso de no estar con nadie hace mil años. La verdad es que que ni lo disfruté”, reconoce, aunque siente que aquello la “desbloqueó un poco” y a partir de entonces empezó a salir con otras personas. Visto desde hoy, habría esperado más para tener relaciones. Ahora, con una hija de casi un año, la actividad sexual vuelve a no ser una prioridad. “Con las hormonas, no tengo muchas ganas. No está el mismo deseo”, cuenta.

La disminución del deseo es un motivo de consulta frecuente, dice Comas, aunque advierte de que “no es lo mismo tener bajo o falta de deseo que sufrir por ello”. En ocasiones, explica, las personas buscan ayuda porque sienten que su deseo “no debería ser así”, más por la presión social que por un malestar propio.

Además, cuestiona la idea de que el deseo siempre aparece de forma espontánea: “En ocasiones el deseo puede ser más responsivo, donde primero aparece un contexto de intimidad, contacto o excitación”. Esperar siempre a que aparezca ese impulso puede hacer que algunas personas o parejas tengan menos encuentros de los que realmente desearían. “No se trata de falta de deseo, sino de entender cómo funciona y cómo alimentarlo”, asegura.

Más que un vínculo íntimo y estable con una pareja, se llevan las relaciones esporádicas, y no encuentro el mismo nivel de disfrute en esos encuentros

Alba

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Una pareja se besa en una calle de Barcelona

Una pareja se besa en una calle de BarcelonaÀlex Garcia / Propias

Con la llegada de los hijos, Comas señala que se produce una combinación especialmente difícil para la vida sexual: menos tiempo, menos intimidad y más cansancio. A esto se pueden sumar los cambios físicos y hormonales, la recuperación del parto, la lactancia, el dolor, las alteraciones del sueño y los cambios en la imagen corporal, además de una posible redistribución conflictiva de las responsabilidades dentro de la pareja. “Es difícil generar deseo cuando una persona lleva todo el día funcionando en modo supervivencia”, resume.

Todo lo que sean cambios hormonales, “tanto posparto, como perimenopausia, medicaciones diversas y lactancia” puede afectar, dice Sílvia Catalán, que incluso ofrece un taller sobre cómo influye la llegada de los hijos en la vida sexual.

Celia (seudónimo), de 37 años, estuvo catorce meses sin tener relaciones después de que naciera su primer hijo. La cesárea le dejó una cicatriz de quince centímetros. “Entre las bragas enormes y las compresas que usaba para contener para el sangrado posparto, no me veía sexy”, recuerda.

El bebé pasaba casi todo el día sobre ella, mamando o durmiendo, y el cuello, los hombros y la espalda le dolían como nunca. “Cuando tenía las manos libres, me preparaba algo de comer o limpiaba la caca antes de que se impregnara en la ropa del bebé, pero nunca usaba esos minutos para depilarme, pintarme las uñas, peinarme o maquillarme”, relata. Hubo días en los que ni llegaba a ducharse ni lavarse los dientes. El sexo pasó a estar muy abajo en su lista de prioridades. No había tiempo, pero tampoco ganas. “Mi mejor amiga había tenido sexo al mes de tener a su hijo y yo me sentía un marciano”, admite.

El colecho dificulta retomar la vida sexual a muchas parejas

El colecho dificulta retomar la vida sexual a muchas parejasYuri Arcurs YAPR

Su hijo durmió entre ella y su marido hasta los 16 meses y tomó pecho hasta los dos años. Las ganas volvieron cuando pudo recuperar algo de independencia, volver a sentirse cómoda en su propio cuerpo, a trabajar, a encontrar ratos para ella misma y también para conectar con su pareja. “Un día se dio”, cuenta.

Los jóvenes querrían tener más sexo, pero tienen mucho menos que sus padres

Una encuesta de la revista Playboy a 2.373 jóvenes de entre 18 y 29 años en Estados Unidos detecta que mayoría de la Generación Z reporta una actividad relativamente baja a pesar de tener un deseo de moderado a alto.

Son cuatro de cada diez los que querrían tener sexo con más frecuencia. Los obstáculos que señalan van del cansancio de las aplicaciones de citas al miedo al rechazo, la falta de dinero y el hecho de vivir con los padres. A su vez, el 66,5% de las personas solteras asegura tener pocas oportunidades de conocer gente y el 63,9% dice que no ha encontrado a nadie que cumpla sus expectativas.

Alba (este nombre es ficticio), de 27 años, ha estado entre ocho y nueve meses sin sexo. “Hoy se llevan más las relaciones esporádicas que un vínculo íntimo y estable con una pareja, y no encuentro el mismo nivel de disfrute en ese tipo de encuentros”, explica.

Es algo que también observa en sus amigas. “Las relaciones sexuales tienen un factor emocional crucial para poder disfrutar de la experiencia. A mayor sea el vínculo emocional, mayor excitación y mayor placer”, indica y lamenta que “aunque cada vez son menos las ataduras ‘morales’ que cierran la puerta a la libertad sexual, se asocia libertad con ausencia de responsabilidad afectiva”.

“Los rollos de una noche no me van. Al día siguiente me siento fatal”, afirma por su parte Ana. Ella necesita una conexión más allá de lo físico, algo que le cuesta encontrar: “a los hombres les falta responsabilidad afectiva”. El paso del tiempo hace que entren en juego otros factores. Aunque hay personas que le atraen, “entre el miedo al rechazo y que tampoco estoy tan mal, pues me quedo como estoy”, dice. El hecho de vivir con sus padres tampoco facilita las cosas.

En parejas, quien no tiene iniciativa teme el rechazo o el reproche, y quien la espera lo interpreta como falta de deseo (...) Así se instala un círculo de distancia

Arianna Orru

Sexóloga

La clave no está en el tiempo que pase sin actividad sexual, sino en cómo lo vive cada persona

La clave no está en el tiempo que pase sin actividad sexual, sino en cómo lo vive cada personaOtras Fuentes

También puede aparecer la inseguridad de no saber o haber olvidado cómo hacerlo. “No desaprendemos, no se nos atrofia nada si no tenemos relaciones sexuales”, explica Catalán y dice que lo mejor es dejarse llevar por el momento, y estar atentos a lo que necesita el propio cuerpo y el de la otra persona. La sexóloga invita además a ampliar la mirada, y dejar de entender la actividad sexual desde una idea puramente coital y de pareja. Para ella, lo problemático no es la falta de actividad sexual, sino “que no conectemos con nuestro propio cuerpo y con el placer”, apunta.

La clave no está en el tiempo que pase sin actividad sexual, sino en cómo lo vive cada persona. “Habrá fases que sean más activas y otras en las que no te apetezca tener relaciones sexuales por lo que sea”, algo que no tiene por qué ser negativo, señala Catalán. A la vez, advierte que es importante prestar atención cuando la ausencia de deseo se alarga mucho en el tiempo, va acompañada de pensamientos negativos o de apatía por otras cosas, o se presenta en una persona que ha sido muy activa a nivel sexual y que, de un día para otro, dice “esto ya no me apetece”.

Si existe malestar, una pérdida repentina del deseo, dificultades sexuales persistentes o miedo y ansiedad asociados a los encuentros, puede ser útil explorar qué está ocurriendo, coincide Comas. “No hace falta esperar a que exista un ‘problema grave’ para acudir a terapia sexual”, apunta.

En las parejas, observa la psicóloga y sexóloga Arianna Orru, aunque la variabilidad es normal, en consulta ve “mucha vergüenza, porque se piensa que esto no debería pasar en una pareja” y se ve como una señal de rechazo o de que algo va mal en la relación. El silencio agrava la situación: “quien no tiene iniciativa teme el rechazo o el reproche, y quien la espera lo interpreta como falta de deseo. Se instala así un círculo de evitación y distancia”. El problema no es la ausencia de sexo “sino el malestar, la discrepancia de necesidades o la dificultad para hablarlo”, dice.

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