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Desfuturizados

Дата публикации: 16-10-2026 22:30:00


El futuro no ha desaparecido, sino que hemos dejado de tratarlo como una responsabilidad política


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Me repito como el ajo. Lo sé. Porque no es la primera vez que les digo que mis amigos son mis patrias íntimas. Y, cada vez más, también un refugio emocional, intelectual, político. No se lo digo con complacencia, al contrario: me preocupa que me interese menos lo que pasa fuera que lo que me rodea. Estos últimos días, por ejemplo, mi amigo M. me invitó a una cena con Mariana Mazzucato para hablar de su último libro, Bien común : una propuesta para que el Estado deje de ser el bombero y se atreva a ser arquitecto, a fijar misiones y a orientar al capital hacia ellas. No es fácil ni evidente, pero sí interesante.

Mi amigo D. me habló de la nueva red de economistas constituida esta semana, que se ha dado menos de un año para presentar un informe sobre “prosperidad compartida”, con indicadores que ayuden a responder una de las grandes preguntas de las últimas dos décadas: ¿por qué el crecimiento no llega a los bolsillos de la gente? Gente con ganas de pensar.

  

  Dani Duch

Y J. no paró hasta que vi la hora y diez minutos de la intervención de Andy Burnham en la conferencia del Partido Laborista. Sin papeles, sin atril. Casi se me escapa una lágrima. Y no tanto por lo que dijo como porque había olvidado que la grandeza es una condición del liderazgo y de la buena política.

Igual no me creen, pero en toda la intervención no mencionó ni una sola vez a sus adversarios políticos: ni a los tories ni a Farage. Habló de su proyecto de país a diez años. ¿Se imaginan aquí que Feijóo no pudiera pronunciar la palabra sanchismo y que el presidente Sánchez no pudiera decir derecha o ultraderecha? Se haría un gran silencio. Atronador, incluso.

Hay un consenso abrumador en que esta campaña, que ya ha empezado, va a ser “muy fea”. Una competición por la descalificación más eficaz, el corte de vídeo más viral y la atribución de intenciones más escandalosa. No hay que extrañarse. Hace tiempo que el adversario ha dejado de ser alguien con quien disputar un proyecto de país para convertirse en una amenaza moral a la que hay que desacreditar, cuando no expulsar directamente del espacio de lo legítimo.

El futuro no ha desaparecido, sino que hemos dejado de tratarlo como una responsabilidad política

Pero lo que más me agobia no son estas formas de la polarización, sino lo que esconden: el vaciamiento del futuro. La polarización es el atajo más directo hacia la inutilidad de la política. Cuando todo se reduce a quién insulta a quién, desaparece la discusión sobre qué queremos construir. Cuando cada propuesta se interpreta como una maniobra partidista, resulta casi imposible hablar de prioridades colectivas. Y cuando el debate se organiza alrededor de la indignación permanente, el futuro queda fuera de plano. No digo que no se haga nada. Digo que cada vez cuesta más justificar la distancia entre la magnitud de los problemas y la capacidad de la política para proponer soluciones a la altura.

La polarización ofrece una identidad inmediata: sabemos quiénes somos porque sabemos a quién odiamos. Pero esa certeza tiene un coste. La energía que dedicamos a destruir la legitimidad del contrario es energía que dejamos de emplear en imaginar alternativas. Una democracia necesita conflicto, discrepancia y oposición. Lo que no puede permitirse es que el conflicto sustituya al propósito, que la comunicación sustituya a la acción y que la supervivencia electoral se convierta en el único horizonte de la política. Gobernar deja de significar transformar la realidad y pasa a significar resistir. Se vota contra alguien; rara vez a favor de algo.

Estamos desfuturizados –aunque el palabro sea inventado–: no porque el futuro haya desaparecido, sino porque hemos dejado de tratarlo como una responsabilidad política. Discutimos sobre quién es peor, y de tanto debatir de quién es la culpa de que las cosas vayan mal, hablamos cada vez menos de cómo conseguir que vayan mejor. Como si nuestros políticos hubieran dejado de considerar esto parte esencial de su trabajo. Por eso me retraigo en mis pequeños refugios: lugares que invitan a volver a pensar el futuro como un espacio de intervención y no como una fatalidad.

Mucha gente les dirá que esta es una campaña histórica y que el tono subido forma parte de la magnitud del reto. ¡Qué quieren que les diga! Me gustaría tener el humor de John Cleese en Monty Python, cuando afirmaba que podía soportar la desesperación, pero no la esperanza. A mí me pasa lo contrario: soporto mal que mi esperanza dependa solo de mis amigos y no de quienes voto.

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