Cada 31 de octubre, España dedica una jornada al recuerdo y homenaje de todas las víctimas del golpe militar, la guerra y la dictadura, tal como establece la Ley 20/2022, de Memoria Democrática. Es una fecha para preguntarnos qué significa realmente recordar y reparar, y para mirar hacia una realidad que sigue invisibilizada dentro de la memoria democrática: la de las madres a las que se arrebató a sus hijos e hijas y que todavía siguen sin respuesta.A miles de mujeres en España les dijeron, tras dar a luz, que su bebé había muerto, y muchas de ellas murieron sin saber si realmente enterraron a sus hijos e hijas o si estos siguen vivos bajo otra identidad. No las dejaron verlo, ni despedirse, ni enterrarlo. Décadas después, muchas siguen buscando a unos hijos e hijas cuya muerte nunca presenciaron.Lo que vivieron —en episodios que se prolongaron desde la posguerra hasta bien entrada la democracia— tiene un nombre jurídico preciso: desaparición forzada infantil. Así la define el artículo 2 de la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas:“El arresto, la detención, el secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúan con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona desaparecida”.Ahí está la clave: no puede entenderse como una tragedia privada. Numerosos casos apuntan a actuaciones cometidas o toleradas por agentes e instituciones que actuaban bajo la cobertura o aquiescencia del Estado. Por eso, hoy el Estado es el primer responsable de esclarecerlo y de repararlo.La propia Convención considera víctima no solo a la persona desaparecida, sino a toda persona que sufre un daño directo. Las madres son, por derecho propio, víctimas. Y son, ante todo, buscadoras.Son lo que hoy podemos llamar madres buscadoras. Su labor, sostenida durante décadas, las ha convertido en auténticas defensoras de los derechos humanos: al exigir verdad, no reclaman solo por sus hijos e hijas, sino por la calidad democrática de todos y todas.Pero su empeño revela una anomalía: que ellas hayan asumido la búsqueda nunca puede convertirlas en sustitutas del Estado ni eximir a este de su deber primordial de buscar e investigar la verdad. En España ha sucedido demasiadas veces lo contrario, dejando la carga sobre las propias familias.A ese peso se añadió el estigma. Durante años, relatos que cuestionaban su credibilidad o su capacidad como madres las empujaron a dudar de aquello que el propio sistema había borrado.El derecho a la verdad es inalienable e imprescriptible. Y no prescribe porque la desaparición forzada es una violación continua: subsiste mientras no se aclare la suerte y el paradero de la persona desaparecida. El tiempo, jurídicamente, no la borra.Garantizar esa verdad exige abrir los archivos de maternidades, hospitales e instituciones y crear un banco público de ADN. La apropiación de menores y las adopciones ilegales vulneran, además, el derecho de esos niños y niñas a su propia identidad.Porque la búsqueda ya no es solo de las madres. Muchas han envejecido o fallecido sin respuesta, y son sus hijas e hijos quienes heredan el duelo: un trauma que se transmite entre generaciones y que reclama, también, conocer el propio origen.La justicia sigue siendo la herida abierta. La mayoría de los casos se han archivado por prescripción, pese a que el estándar internacional considera continuos estos delitos. Y combatir esa impunidad es, en sí mismo, una garantía de no repetición.Y reparar no es solo indemnizar. La reparación integral incluye la satisfacción: el reconocimiento oficial de lo ocurrido, la revelación de la verdad y la memoria. El reconocimiento institucional no es un paso previo a la reparación; es ya una forma de repararla.Debe ser, además, colectiva. La memoria es también una forma de reparación: dignifica a las víctimas y previene la repetición. Restituir el relato de estas mujeres es restituir una parte de la verdad del país.También a los medios nos corresponde una tarea: narrar estos hechos con rigor, sin sensacionalismo ni revictimización, devolviendo a estas mujeres la dignidad y la voz que durante demasiado tiempo se les negó.Por eso el 31 de octubre no puede quedarse en una fecha de homenaje. Recordar a todas las víctimas exige nombrar también a quienes siguen sin respuesta, y reparar exige que el reconocimiento vaya acompañado de verdad y justicia: que el Estado investigue, esclarezca y asuma la carga que hoy siguen soportando las familias. Mientras haya familias sin respuesta, la memoria democrática seguirá incompleta.Aquellas madres a las que mostraron un féretro sellado siguen esperando una respuesta. No piden reabrir heridas, sino cerrar la que el Estado mantiene abierta: el derecho a saber, por fin, qué fue de sus hijos e hijas.________________Nadia Gayoso de la Calle, responsable de memoria democrática de FIBGAR.
Cada 31 de octubre, España dedica una jornada al recuerdo y homenaje de todas las víctimas del golpe militar, la guerra y la dictadura, tal como establece la Ley 20/2022, de Memoria Democrática. Es una fecha para preguntarnos qué significa realmente recordar y reparar, y para mirar hacia una realidad que sigue invisibilizada dentro de la memoria democrática: la de las madres a las que se arrebató a sus hijos e hijas y que todavía siguen sin respuesta.
A miles de mujeres en España les dijeron, tras dar a luz, que su bebé había muerto, y muchas de ellas murieron sin saber si realmente enterraron a sus hijos e hijas o si estos siguen vivos bajo otra identidad. No las dejaron verlo, ni despedirse, ni enterrarlo. Décadas después, muchas siguen buscando a unos hijos e hijas cuya muerte nunca presenciaron.
Lo que vivieron —en episodios que se prolongaron desde la posguerra hasta bien entrada la democracia— tiene un nombre jurídico preciso: desaparición forzada infantil. Así la define el artículo 2 de la Convención Internacional para la protección de todas las personas contra las desapariciones forzadas:
“El arresto, la detención, el secuestro o cualquier otra forma de privación de libertad que sean obra de agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúan con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o del ocultamiento de la suerte o el paradero de la persona desaparecida”.
Ahí está la clave: no puede entenderse como una tragedia privada. Numerosos casos apuntan a actuaciones cometidas o toleradas por agentes e instituciones que actuaban bajo la cobertura o aquiescencia del Estado. Por eso, hoy el Estado es el primer responsable de esclarecerlo y de repararlo.
La propia Convención considera víctima no solo a la persona desaparecida, sino a toda persona que sufre un daño directo. Las madres son, por derecho propio, víctimas. Y son, ante todo, buscadoras.
Son lo que hoy podemos llamar madres buscadoras. Su labor, sostenida durante décadas, las ha convertido en auténticas defensoras de los derechos humanos: al exigir verdad, no reclaman solo por sus hijos e hijas, sino por la calidad democrática de todos y todas.
Pero su empeño revela una anomalía: que ellas hayan asumido la búsqueda nunca puede convertirlas en sustitutas del Estado ni eximir a este de su deber primordial de buscar e investigar la verdad. En España ha sucedido demasiadas veces lo contrario, dejando la carga sobre las propias familias.
A ese peso se añadió el estigma. Durante años, relatos que cuestionaban su credibilidad o su capacidad como madres las empujaron a dudar de aquello que el propio sistema había borrado.
La apropiación de menores y las adopciones ilegales vulneran, además, el derecho de esos niños y niñas a su propia identidad
El derecho a la verdad es inalienable e imprescriptible. Y no prescribe porque la desaparición forzada es una violación continua: subsiste mientras no se aclare la suerte y el paradero de la persona desaparecida. El tiempo, jurídicamente, no la borra.
Garantizar esa verdad exige abrir los archivos de maternidades, hospitales e instituciones y crear un banco público de ADN. La apropiación de menores y las adopciones ilegales vulneran, además, el derecho de esos niños y niñas a su propia identidad.
Porque la búsqueda ya no es solo de las madres. Muchas han envejecido o fallecido sin respuesta, y son sus hijas e hijos quienes heredan el duelo: un trauma que se transmite entre generaciones y que reclama, también, conocer el propio origen.
La justicia sigue siendo la herida abierta. La mayoría de los casos se han archivado por prescripción, pese a que el estándar internacional considera continuos estos delitos. Y combatir esa impunidad es, en sí mismo, una garantía de no repetición.
Y reparar no es solo indemnizar. La reparación integral incluye la satisfacción: el reconocimiento oficial de lo ocurrido, la revelación de la verdad y la memoria. El reconocimiento institucional no es un paso previo a la reparación; es ya una forma de repararla.
Debe ser, además, colectiva. La memoria es también una forma de reparación: dignifica a las víctimas y previene la repetición. Restituir el relato de estas mujeres es restituir una parte de la verdad del país.
También a los medios nos corresponde una tarea: narrar estos hechos con rigor, sin sensacionalismo ni revictimización, devolviendo a estas mujeres la dignidad y la voz que durante demasiado tiempo se les negó.
Por eso el 31 de octubre no puede quedarse en una fecha de homenaje. Recordar a todas las víctimas exige nombrar también a quienes siguen sin respuesta, y reparar exige que el reconocimiento vaya acompañado de verdad y justicia: que el Estado investigue, esclarezca y asuma la carga que hoy siguen soportando las familias. Mientras haya familias sin respuesta, la memoria democrática seguirá incompleta.
Aquellas madres a las que mostraron un féretro sellado siguen esperando una respuesta. No piden reabrir heridas, sino cerrar la que el Estado mantiene abierta: el derecho a saber, por fin, qué fue de sus hijos e hijas.
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Nadia Gayoso de la Calle, responsable de memoria democrática de FIBGAR.