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Vicente Álamo: “Quería contar una historia de superación sin utilizar una sola palabra”

Дата публикации: 11-09-2026 05:00:13

Con ocasión del lanzamiento discográfico de Persephone, su primer concierto para piano y orquesta, conversamos con el compositor Vicente Álamo sobre una vocación musical cultivada durante años en la intimidad, sus primeros trabajos para el cine y el salto internacional que supuso grabar en Abbey Road. Una trayectoria en plena … Leer más
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Portada Vicente Álamo

Con ocasión del lanzamiento discográfico de Persephone, su primer concierto para piano y orquesta, conversamos con el compositor Vicente Álamo sobre una vocación musical cultivada durante años en la intimidad, sus primeros trabajos para el cine y el salto internacional que supuso grabar en Abbey Road. Una trayectoria en plena expansión que lo llevará próximamente al Auditorio Nacional y que avanza ya hacia un nuevo reto: la composición de su primera sinfonía.

Eligió formarse específicamente en composición y orquestación para cine y televisión, primero en la Escuela del Teatro Adolfo Marsillach y luego en Berklee. ¿Por qué esa vía y no un conservatorio al uso, y qué le dio esa formación tan orientada a la imagen que no le habría dado otra más clásica?

En realidad, la música siempre ha estado presente en mi vida. Desde pequeño tocaba, componía y buscaba determinados sonidos de una forma bastante intuitiva. Eso fue lo que me llevó a apuntarme a la Escuela del Teatro Adolfo Marsillach. Es verdad que, en un momento de mi vida, decidí meterme en la universidad, donde estudié ingeniería informática y criminología, aunque la música seguía muy presente en mi vida: seguía tocando el piano, componiendo y estudiando, aunque de una forma muy interna, privada e íntima. Simplemente no publicaba lo que hacía porque sentía que todavía no era el momento. De hecho, después de la universidad hice el máster de Berklee y, años después, me matriculé en la European Academy of Fine Arts de Sofía, vinculada a la Film Scoring Academy of Europe, con titulación de la Irish American University.

La formación relacionada con el cine llegó también porque siempre me ha interesado muchísimo la capacidad narrativa de la música. Componer para una imagen te obliga a entender qué está ocurriendo emocionalmente, a veces incluso más allá de lo que se está viendo. Aprendes a escuchar una escena, a saber cuándo la música tiene que aparecer y, sobre todo, cuándo tiene que desaparecer. Creo que eso ha influido bastante en mi manera de escribir incluso cuando compongo música puramente sinfónica.

Hace unos años sentí que había llegado el momento de sacar esa parte de mi vida —la música— del ámbito privado, que ya estaba preparado para dedicarle toda mi energía, mi tiempo y, en gran medida, mi vida. Desde entonces, la música ha pasado de ser ese espacio íntimo que siempre me acompañó a convertirse en el centro de todo lo que hago.

Mirando atrás, ¿qué parte de esa formación resultó decisiva para el compositor profesional en el que se ha convertido?

Toda formación ha sido siempre una aportación importante a mi preparación y a mi manera de entender la música. Pero, siendo sincero, siento que mi música nace de un lugar que estaba ahí mucho antes de cualquier estudio. La formación, muchas veces, lo que hizo fue poner nombre y orden a cosas que yo ya hacía de manera natural.

Evidentemente, escribir para una orquesta requiere una preparación musical muy exigente. Hay que conocer la armonía, la instrumentación, la orquestación, entender las posibilidades y los límites de cada instrumento y saber cómo conviven entre ellos. Esa parte del oficio sí la he adquirido y desarrollado a través de mis estudios, tanto en Berklee como en mi formación anterior.

Pero el núcleo de lo que escribo, el camino que toma una obra o la emoción que estoy buscando no siento que lo haya aprendido en ningún sitio. Eso viene de dentro. Con los años, quizá lo más importante que he aprendido ha sido precisamente a confiar en esa voz interna, dejarla salir y utilizar todo lo que he estudiado para poder llevarla lo más fielmente posible al papel y, finalmente, a la orquesta.

Hablemos de sus primeros pasos profesionales en el cine: ¿Cómo llegaron sus primeros encargos profesionales? ¿Cómo fue construyendo una reputación como compositor de cine a partir de esos primeros trabajos?

Mi primer encargo profesional llegó de una forma completamente casual. Estaba en una entrega de premios de un ámbito que no tenía nada que ver con la música. Entre los premiados había una persona que estaba produciendo un cortometraje y, hablando de nuestros respectivos proyectos, de manera espontánea me ofrecí a componer la banda sonora. Aceptó y así comenzó mi primer proyecto profesional para cine.

A partir de ahí todo ha ido creciendo de una manera bastante orgánica. Creo que la reputación se construye día a día y, en nuestro caso, casi nota a nota. Sinceramente, siento que todavía estoy en una fase muy inicial en términos de reputación porque mi recorrido profesional público es relativamente corto, pero tampoco es algo que me preocupe demasiado. Prefiero que mi trabajo y mi música caminen por delante de mi reputación, que cada nueva obra sea mejor que la anterior, que cada proyecto me obligue a aprender algo y que la música vaya encontrando su propio espacio. Si con el tiempo eso genera una reputación, será una consecuencia del trabajo, no el objetivo.

Tras sus primeros proyectos como «Canela y Oro» o «Con la alargaría en la mochila», llega «Sensible», de «Desde Nueva York», que le valió una nominación en los Premios de la Academia de la Música española. ¿Qué supuso profesionalmente ese reconocimiento? ¿Diría que la crítica empezó a tomarle más en serio a partir de esa nominación?

Ese reconocimiento llegó bastante por sorpresa, entre otras cosas porque fue la primera vez que inscribí uno de mis trabajos en unos premios. Cuando llegó la nominación, para mí tuvo un significado especial: fue la primera confirmación externa de que el trabajo que estaba haciendo podía tener un recorrido más allá de mi propio entorno. Cuando pasas tanto tiempo componiendo y trabajando sobre una obra, inevitablemente pierdes cierta perspectiva, y que alguien desde fuera la valore supone un impulso.

Después sí percibí un cambio. Hubo más interés a nivel de comunicación y prensa y, en algunos proyectos posteriores, la nominación pasó a ser un elemento que se tenía en cuenta. No sé si diría exactamente que la crítica empezó a tomarme más en serio, pero sí creo que ayudó a que más personas se acercaran a escuchar mi música.

En cualquier caso, intento que los reconocimientos ocupen el lugar que les corresponde. Son importantes, hacen ilusión y ayudan a abrir puertas, pero al día siguiente vuelves al piano y tienes otra vez una página en blanco delante, y ahí, de alguna manera, empiezas de cero.

Su carrera no solo se basa en la composición de bandas sonoras. ¿En qué momento de su carrera decidió que necesitaba un proyecto propio, más allá de los encargos de cine?

No hubo realmente un momento en el que decidiera que necesitaba un proyecto propio frente a los encargos de cine. Todo lo que sea música merece que ponga en ello toda mi energía. Tengo bastante claro que mi música puede convivir perfectamente entre una pantalla y un escenario. Son lenguajes con necesidades diferentes, por supuesto, pero ambos forman parte de mí como compositor. He tenido la oportunidad de estrenar mi música en el Auditorio Nacional y sentirla en un escenario, y también de verla acompañando una historia en una pantalla. No siento que tenga que elegir entre esos dos mundos.

Además, hay algo que forma parte de mi manera de ser y de trabajar es que no sé parar creativamente. No espero a que llegue un encargo cinematográfico para ponerme a escribir música porque, sinceramente, no puedo frenar esa necesidad de crear y tampoco quiero dejar ideas en el tintero.

Por eso me embarco constantemente en nuevos proyectos. Creo mucho en el movimiento constante como forma de vida y también de crecimiento profesional. Esperar a que sucedan las cosas no encaja demasiado conmigo. Si tengo una idea y siento la necesidad de desarrollarla, intento crear las condiciones para que exista y lo hago de motu proprio.

Grabar su Suite nº 1 en Abbey Road con la Philharmonia y con Hilary Summers fue un salto internacional considerable para su carrera. ¿Cómo se gestó, profesionalmente, la oportunidad?

Fue el primer gran proyecto al que me enfrenté y, sobre todo, una decisión consciente de ponerme ante una situación de la máxima exigencia posible. Trabajar en Abbey Road con la Philharmonia Orchestra era un sueño, evidentemente, pero también suponía enfrentarse a músicos de un nivel extraordinario y saber que la obra tenía que estar a la altura.

Había compuesto ya una parte de la Suite nº 1 cuando, antes incluso de terminarla, me puse el reto de grabarla en Abbey Road con una orquesta del mayor nivel posible. Quería llevar la música hasta donde imaginaba que podía llegar y comprobar también hasta dónde podía llegar yo como compositor.

Con la voz lo tuve muy claro desde el principio. Quería a Hilary Summers porque es una voz que llevo dentro desde que la escuché por primera vez siendo niño. Poder escribir una música imaginando esa voz y después escucharla realmente interpretándola fue algo muy especial para mí.

En cada proyecto me apoyo en un pequeño equipo de personas muy cercanas que me ayudan en muchos aspectos para conseguir que todo funcione, me aconsejan, me dan su opinión y en ocasiones participan activamente en las gestiones y acuerdos necesarios. Aunque finalmente una parte importante de hacer realidad cada proyecto recaiga sobre mí, contar con ese entorno es fundamental. En el caso de Hilary, además, todo fue sorprendentemente sencillo. Cuando le presenté el proyecto y pudo conocer la música, aceptó participar.

Profesionalmente, por supuesto, grabar en Abbey Road con la Philharmonia y con Hilary supuso un paso importante, pero creo que el cambio más profundo fue interno. Salí de aquella experiencia siendo un compositor diferente, no porque cambiara mi manera de escribir, sino porque había superado un nivel de exigencia que hasta entonces no había vivido. Esa experiencia me dio una confianza que todavía hoy me acompaña cuando afronto un proyecto nuevo.

¿«Persephone», su concierto para piano y orquesta nº 1, era el paso profesional que tocaba dar después de la Suite nº1?

Sí, de alguna manera era un paso que tenía en mente desde hacía tiempo. Tenía muchas ganas de escribir un concierto para piano y orquesta, pero tampoco quería hacerlo simplemente porque fuera el siguiente proyecto. Necesitaba sentir que había llegado el momento musical para enfrentarme a él. Y con «Persephone» lo sentí.

Cuando empecé a escribirlo tuve bastante claro hacia dónde quería llevarlo y también la dimensión que debía tener. Como ya me había sucedido con la Suite nº 1, las necesidades logísticas hicieron que tuviera que empezar a trabajar en las fechas, el estudio y la grabación incluso antes de haber terminado la composición. En proyectos de esta dimensión, si esperas a tener la última nota escrita para comenzar a organizar todo lo demás, probablemente la obra no vea la luz hasta un año después.

Así que durante un tiempo convivieron los dos procesos: por un lado, estaba escribiendo «Persephone» y descubriendo hacia dónde me llevaba musicalmente y, por otro, ya estaba construyendo todo lo necesario para que aquello que todavía estaba naciendo pudiera terminar convertido en una grabación.

Musicalmente, sobre todo, sentía que había llegado el momento de escribir mi primer concierto para piano y orquesta. Era una idea que llevaba tiempo dentro y finalmente sentí que estaba preparado para dejarla salir.

El título lleva el número 1. ¿Está pensando en una serie de conciertos para piano?

Sí, está en mi cabeza. Me gusta la idea de mantener una numeración correlativa para cada tipo de obra clásica que vaya componiendo, así que llamarlo Concierto para piano y orquesta nº 1 tiene una intención clara.

A veces pienso en cómo será el segundo, incluso el tercero, qué lenguaje tendrán o hacia dónde habrá evolucionado mi música cuando lleguen, pero intento no anticiparlos demasiado. De nuevo aplico esa confianza y esa calma de dejarme llevar. Llegarán cuando musicalmente sienta que tienen que llegar. No quiero escribir un nº 2 simplemente porque exista un nº 1. Quiero que cada concierto nazca porque haya algo nuevo que necesite contar.

Diría que «Persephone» es el proyecto más ambicioso de su carrera hasta la fecha. ¿Puede hablarnos de ello?

Sí, probablemente «Persephone» sea el proyecto más ambicioso y también uno de los más exigentes a los que me he enfrentado hasta ahora. Es mi primer concierto para piano y orquesta, una obra en cuatro movimientos que grabamos en Abbey Road Studios con la Royal Philharmonic Orchestra, con Isabel Dobarro como solista al piano, Alberto G. López en la dirección, John Barrett como ingeniero de grabación y Javier Monteverde en la producción, la grabación, la mezcla y la masterización. Poder contar con un equipo así me permitió llevar la obra al nivel que había imaginado mientras la componía.

Pero la verdadera exigencia no estuvo solo en la dimensión del proyecto. «Persephone» está inspirado en una persona muy cercana a mí y, sobre todo, es una historia de superación. Los cuatro movimientos recorren un periodo concreto de la vida de una mujer, desde el descenso y la lucha hasta la búsqueda de la luz y, finalmente, el regreso.

En cierto modo lo escribí casi como escribiría una banda sonora. La diferencia es que aquí no había una película proyectándose delante de mí, pero las imágenes estaban perfectamente definidas en mi cabeza. Cada compás acompaña un momento concreto de ese recorrido.

Por eso hay muy poco albedrío en la obra. Aunque al escucharla pueda parecer que algunos elementos aparecen y evolucionan libremente, no es así. Cada instrumento entra por una razón, cada nota tiene una intención y cada cambio armónico, cada textura e incluso cada silencio están asociados a una emoción determinada.

Creo que esa necesidad de traducir algo tan cercano y tan real a un lenguaje puramente musical fue lo que convirtió «Persephone» en un proyecto especialmente exigente para mí. No quería simplemente escribir un concierto para piano y orquesta, quería contar una historia de superación sin utilizar una sola palabra y ser lo más fiel posible a cada una de las emociones que forman parte de ella.

Mirando hacia delante, ¿qué le espera a Vicente Álamo? ¿En qué proyecto está metido ahora y qué es lo próximo que vamos a poder escuchar?

Después de «Persephone» me tomé aproximadamente un mes de descanso. Necesitaba parar después de un proyecto tan intenso, pero ya estoy de nuevo inmerso en varios proyectos.

El primero que probablemente verá la luz será un álbum para piano, cuerda y voz. Es un proyecto que me apetece muchísimo terminar y, sobre todo, grabar. Tiene un carácter diferente a «Persephone», más íntimo, aunque mantiene elementos que forman parte de mi lenguaje y de mi manera de entender la música.

Además, el 11 de abril tendremos un concierto en el Auditorio Nacional dedicado exclusivamente a mi música. Para mí va a ser un día muy especial porque estoy reservando varias obras para estrenarlas allí por primera vez. Otra parte del programa estará dedicada a «Persephone» y también recuperaremos alguna obra ya publicada. Me hace especial ilusión poder construir un concierto completo alrededor de distintos momentos de mi música y, al mismo tiempo, presentar hacia dónde estoy caminando ahora.

Y en paralelo estoy trabajando en mi primera sinfonía. Será una obra de gran formato y probablemente el proyecto de mayor dimensión que haya abordado hasta ahora. En este caso sé perfectamente hacia dónde va la obra y qué quiero contar con ella. La inspiración que hay detrás es muy especial para mí, pero todavía prefiero no revelarla. Lo que sí puedo decir es que estoy poniendo muchísimo de mí en ella y tengo una sensación muy especial mientras la escribo. Su inspiración tiene una fuerza enorme y ahora mi responsabilidad es conseguir trasladar esa fuerza a la música de la manera que merece. Estoy convencido de que será una obra que impactará y emocionará al público.

Darío Pérez Andrés

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