** En el corazón de la bestia. Drama, EE UU, 2026, 101 min. Dirección: David Ayer. Guion: Cameron Alexander. Música: Jared Michael Fry. Fotografía: Mauro Fiore. Intérpretes: Brad Pitt, J. K. Simmons, Anna Lambe.
Vaya por delante que, sean mejores o peores, no soy muy aficionado a las películas de supervivencia en lucha con los elementos desatados en paisajes abruptos y helados o desérticos y resecos, ya sea en la variante del pionero solitario, el prófugo, el astronauta o el superviviente de un accidente. Hasta donde la memoria me alcanza, ninguna me ha interesado, desde El vuelo del Fénix o Las aventuras de Jeremiah Johnson a Náufrago, Marte o el alabado pestiñazo de El renacido. Hago una excepción con la versión de La llamada de lo salvaje de 1935, en la que Jack London se encontró con un director y un intérprete -William Wellman y Clark Gable- a la altura de su relato.
Esta nueva historia de supervivencia no está ni entre las mejores ni entre las peores. Una medianía técnicamente muy bien realizada (aunque algún bicho digital cante la Traviata) y voluntariosa y esforzadamente interpretada por el Brad Pitt que puso San Sebastián patas arriba (él, por supuesto, no la película). La dirige un pega-planos muy dado al cine de acción –Vidas al límite, Reyes de la calle, Sin tregua, Sabotaje, Escuadrón suicida, Cuenta pendiente, El protector- que logró su mejor película, también de la mano de Brad Pitt, con Corazones de acero (no confundir con la extraordinaria y desgarradora Corazones de hierro de Brian de Palma).
Esta es una historia de supervivencia en la variante de después del accidente con un toquecito Jack London. El protagonista es un veterano militar acompañado por un perro entrenado para el combate que comparten cicatrices no solo físicas producidas por la guerra. El escenario es la dura e inclemente, aunque espectacular y hermosa, naturaleza salvaje de Alaska.
Entretenida para quien guste de ver sufrir con indomable espíritu de superación, los fans de Brad Pitt, los amantes de amistades humano-perrunas y los admiradores de paisajes espectaculares, tiene una realización rutinaria, flashbacks que podrían haberse evitado y una interpretación entregada que demuestra que el sesentón Pitt está en plena forma. Lo mejor, además de los paisajes, la interacción entre Pitt y el perro, estrella canina a la altura del humano que casi se come (interpretativamente) al actor y habría merecido compartir con él la alfombra roja festivalera.