Pocas frases más satisfechas de sí mismas que esta: “Eso está muy bien en la teoría, pero luego está la práctica”. Es decirla y sentir un subidón de satisfacción por tener experiencia en la “escuela de la vida”, esa institución ficticia que al parecer despacha sabiduría a cambio del mero paso de los años. La teoría queda, pues, para profesores recalcitrantes y bibliófilos que aún no han tenido que pagar una derrama. La práctica pertenece a quienes trabajan y resuelven. El dictamen tiene el mismo aire sensato que la idea de que el Sol gira alrededor de la Tierra.
Teoría viene de theorein, que en griego significa mirar, contemplar. Una teoría es una visión del mundo, esto es, un intento de entender cómo funciona. Antes de hacer algo hemos tenido que ver algo, aunque sea mal y deprisa. Elegimos pareja, profesión, amigos y enemigos según lo que creemos acerca del amor, el éxito, la lealtad y la naturaleza humana. Educamos a nuestros hijos según nuestra teoría sobre la persona y la vida buena. Hasta para cruzar la calle aplicamos una pequeña teoría que aprendimos sobre los coches y el tráfico. La práctica no se impone a la teoría: es su mera ejecución.
Todos teorizamos. Lo que pasa es que hay quien examina sus teorías y quien las deglute precocinadas. Los segundos suelen considerarse más espontáneos, una espontaneidad que consiste en obedecer sin enterarse. Repiten lo aprendido en casa o lo visto esa mañana en una pantalla, y luego aseguran que no los mueve la teoría, sino la práctica. Pero toda experiencia, para consolidarse, requiere interpretación. Dos personas viven el mismo fracaso y una aprende prudencia mientras la otra aprende resentimiento. Hechos idénticos, distintas teorías, futuros diversos. “Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de cualquier influencia intelectual, suelen ser esclavos de algún economista difunto”; palabra de John Maynard Keynes.
No es cuestión de inventar el universo cada domingo. El adanismo produce individuos convencidos de que han descubierto por sí solos lo que la humanidad lleva discutiendo tres mil años. Ha pasado demasiada gente inteligente por este planeta para empezar siempre desde cero. La cuestión es que es justamente quien sabe de la importancia de teorizar quien se procura esas bases. A esto lo solíamos llamar humildad intelectual.
Nuestras teorías gobiernan también nuestros corazones. Albert Ellis construyó la terapia racional emotivo-conductual sobre una idea que debería enseñarse antes que muchas capitales de provincia: lo que sentimos depende en buena medida de lo que creemos, esto es, de la interpretación que hacemos de cuanto nos sucede. Al orientar esas interpretaciones, cada teoría provoca un estado de ánimo y prepara una conducta distinta. Vivimos dentro de este bucle infinito entre lo que creemos, lo que sentimos y cómo actuamos; después usamos lo ocurrido para contrastar nuestras teorías. No hay una empalizada que separe la vida intelectual de la sentimental.
Es tarea de cada cual encontrar teorías mejores y hacerlas propias. Mejores quiere decir más verdaderas. La realidad existe; de ahí que algunas teorías –las que más se le acercan– se sostengan y otras fracasen. El relativismo suele presentarse como una forma refinada de tolerancia, aunque muchas veces sea simple pereza más o menos leída. No todas las opiniones merecen el mismo respeto, porque unas describen el mundo con mayor exactitud que otras.
Conviene revisar con frecuencia las teorías desde las que vivimos. Algunas son útiles, pero con el tiempo se deshacen como un terrón de tierra seca. Otras las adoptamos para agradar o pertenecer, sin someterlas nunca a la debida sospecha. Las decisiones personales y colectivas mejoran cuando mejora la visión que las precede. Quien desprecia la teoría no se libra de ella; queda a merced de la peor disponible. “¿Cómo he llegado hasta aquí?”, se preguntan, en Once in a Lifetime, los Talking Heads. No es que la vida sea inescrutable; es que descuidamos nuestras teorías y después llamamos enigma al estropicio.
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