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Paco Ostos, el misionero en África que siempre vuelve a Marbella

Дата публикации: 27-09-2026 04:30:48

Lleva más de 50 años en la República Democrática del Congo; en un país en guerra y una zona sin electricidad, ha levantado escuelas, orfanatos, hospitales y una universidad
Fabiola Mora, viajera, interiorista de tiendas de lujo y activista social


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Con quince años, haciendo deportes, me fisuré la pelvis. Me mandaron reposo. No había mucho que hacer: lectura y la radio. El 27 de noviembre de 1964 escuché en Radio Nacional que en el ex Congo belga, los rebeldes Simba habían llegado a una misión de los Padres Blancos en Aba, en la misma frontera con Sudán —ahora Sudán del Sur—, y mataron a seis religiosos. Afloraron en mí sentimientos; como tienes ahora por los terremotos de Venezuela o Colombia, o la avalancha de agua en Nepal, te entristece. Yo dije para mí: “Señor, si un día tú quieres, voy a reemplazar a uno de estos mártires”. Lo cuenta Paco Ostos, cura de Misioneros de África (Padres Blancos) desde hace más de medio siglo, en una tregua en su casa de Marbella.

Esta es la ciudad de mi madre, de mis abuelos; vivíamos en la calle Ancha, toda mi familia Palma por parte materna. Mi madre tenía una prima en Écija (Sevilla), que la invitó para la fiesta de San Mateo, donde conoció a mi padre. Se casaron en la iglesia de la Encarnación de Marbella. Soy de Sevilla, de Málaga y nacido en Granada. Mi padre trabajaba en el Servicio Nacional del Trigo en Granada. Entré a la iglesia a los dos o tres días de nacer, hace 77 años, cuando mis padres me llevaron al sagrario de la catedral de Granada y empecé a ser cristiano. Varias cosas influyeron en mi vocación: el ejemplo de mis padres y los valores de la educación de base cristiana. Mi padre no solo se preocupaba por los suyos, sino también por los más necesitados, privándose de cosas. Los buenos ejemplos fueron calando. Cuando terminé el bachiller y el párroco me decía:

–Tú tienes vocación de sacerdote.

–No sé si tengo o no vocación, pero sacerdote como los de aquí, de España, no quiero ser. Si yo fuera sacerdote, quisiera llevar a Jesús a quienes no lo conocen y ayudar a los que tienen muchas necesidades; me gustaría ir a África, le dije. Sentía que tenía que preocuparme por ellos. Y a mi padre le anuncié: Creo que tengo vocación; voy a ir al seminario como misionero.

–Es tu decisión; nosotros estamos aquí para apoyarte. Si ves que no es lo tuyo, aquí estaremos para apoyarte y reorientarte, me contestó.

Con 16 años entré en el seminario de vocaciones tardías de Sevilla, porque no había hecho el seminario menor; durante dos años estudié Filosofía. Un día, Emilio Galindo, un padre blanco de Cúllar Vega (Granada), nos habló de Misioneros de África. Trabajaban en equipos intercontinentales de tres personas. Decidí ser misionero en África. Fui con ellos a Logroño a terminar de estudiar Filosofía; luego a Madrid a hacer un año de Sociología y después a Suiza a hacer otro de Espiritualidad, para ver si cuajaba la vocación, y los estudios de Teología en la Universidad de Estrasburgo (Francia). Tenía que optar por tres países para hacer mis votos temporales. Puse Zaire —antiguo Congo Belga y actual República Democrática del Congo— en las tres opciones. Allí aprendí el lingala, la lengua local, en dos años de mi pastoral misionera. Volví a Estrasburgo a hacer dos másteres de Pastoral y Misiones.

Paco Ostos en su casa de Marbella. Paco Ostos en su casa de Marbella. / Archivo personal

Me ordenaron, con otros nuevos sacerdotes, y fuimos al Zaire a la provincia de Ituri. Allí se creó un equipo, mandado por un superior, un padre belga, otro de EEUU, un holandés y yo para reabrir la misión de Aba. Desde 1964, cuando mataron a los Padres Blancos, había quedado sin nuestra presencia. Me acordé de lo que dije a los quince años y de cómo Dios va guiando los caminos.

A cualquier misionero, cuando llega a África, lo primero que te dice el provincial y el obispo es: “Tú aquí no haces nada”. Me río cuando aquí me dicen: “Voy contigo quince días o tres semanas para ayudarte”. Cuando allí te dicen que no hagas nada, es porque eres un estorbo. Lo primero que tienes que hacer es aprender la lengua y su cultura, su manera de vivir, porque sin conocerlas no puedes hacer nada. La inteligencia natural es muy fuerte; hoy, con tanta IA, hemos perdido la inteligencia espiritual, que son los cimientos de toda casa. En la sociedad europea poseemos todo, pero no tenemos nada, porque no tenemos bases. Perdimos los valores, estamos como una veleta, al son del último que nos diga algo y la pantalla como palabra de Dios.

A los seis meses empecé a trabajar con una gente acogedora, colaboradora, con ganas de hacer cosas juntos. Aunque son gente pacífica, toda la historia del Congo ha sido bélica. El problema del Congo es que es un escándalo geológico; hay tanta riqueza: oro, diamantes, coltán, petróleo, cobre, la madera de la gran selva; además de la gran riqueza de la agricultura, algodón, café, té y la ganadería. Hay muchos intereses: si fuese un país pobre, no iría nadie; como es rico, todos quieren llevarse su parte.

Dando un biberón a un niño. Dando un biberón a un niño.

Las guerras siguen, no solo las tribales, sino con intereses internacionales que las mantienen. En Ituri tenemos cuatro grupos de diferentes guerrillas, que no se enfrentan entre ellos, salvo dos que son tribales: los Lendu, un pueblo de agricultores, y los Hema, que son ganaderos. Hay otro de oposición al Gobierno y uno de tendencia islamista, que depende del califato de Zanzíbar (Tanzania), que actúa en el norte de Mozambique y en el noreste del Congo, donde estamos nosotros. Son auténticos salvajes, llegan a las iglesias, matan a 30 o 40 personas, desaparecen y a los pocos días aparecen en otro lugar. Desde hace 25 años tenemos a los cascos azules de la ONU, que solo hacen informes, se consideran más observadores, agentes de paz. En un país con estado de sitio desde hace más de cinco años, nadie tiene la intención de resolver el conflicto, ni los cascos azules, ni el ejército congoleño, cuyos soldados cobran un sobresueldo que no tendrían si el país estuviera pacificado. Hace un año y medio nos invadió el ejército gubernamental de Uganda, que es profesional a diferencia del congoleño. Donde todos los grupos guerrilleros, cuando se ven perdidos, tienen un encuentro con el Gobierno para depositar las armas y ponen como condición que los contraten en el propio ejército. El ejército del Congo está hecho por bandidos que no tienen interés por el país, sino por su propia supervivencia.

Ituri, la región donde estamos, ha ido evolucionando; en los años setenta éramos 105 padres blancos, cinco diocesanos de Mahagi y el obispo africano. En la escuela primaria solo estaba escolarizado el diez por ciento; en secundaria, muy pocos, unas decenas. No se habían construido escuelas secundarias. Nos reunimos con el obispo y le dijimos: Como no demos una formación básica, incluso superior, este pueblo seguirá siendo dependiente toda la vida; tenemos que hacer un gran esfuerzo para que todos vayan a la escuela. El 95 % de los que iban eran niños y solo el 4 o 5 % niñas. Los maestros no mandaban a sus niñas a la escuela. Ni tampoco a sus hijos. En diciembre y enero, la época seca, los padres iban de cacería con los niños; las escuelas quedaban vacías. Llamamos a los maestros, al director de la escuela, que tenía diez hijos, y solo tres iban al colegio. Los otros y las hijas decían que no iban porque no era costumbre. Les dábamos un trimestre para que mandaran a sus hijos a la escuela. Si pasado ese tiempo no lo hacían, tenían que firmar su dimisión.

Vista aéra de la Universidad Lago Alberto. Vista aéra de la Universidad Lago Alberto. / Archivo personal

Queríamos la formación de la juventud, escuela primaria para la inclusión de las niñas, institutos. Manos Unidas me ayudó mucho para hacer centros escolares, nueve internados, para que quienes viven en pueblos más alejados de la misión pudieran estudiar. Los internados son lugares de encuentro de las diferentes tribus, donde se aprecian mejor; luego seguimos con las escuelas maternales, infantiles; con la educación hay que empezar prontito.

En la diócesis de Magahi tenemos ocho institutos superiores: de enfermería, de comercio, de veterinaria y agricultura. Pero eso no era suficiente, había que ir más allá. Hablé con el obispo monseñor Marcel Utembi, al que conocí con 13 años —dice que es sacerdote porque le desperté la vocación— y ha estado en varias ocasiones en Marbella. Había 1.650 alumnos universitarios que estudiaban fuera de nuestra diócesis. La universidad más cercana estaba a mil kilómetros, en Kishangani, en Kinsasa, Lubumbashi, Bukavu o Europa. Teníamos una media de más de 500 alumnos que terminaban el bachillerato. ¿Por qué no comenzamos una universidad? Nos ayudaron dos fundaciones: Tipsa, una empresa de ingeniería civil de Madrid, en el desarrollo, y Mamoré, del País Vasco, con la construcción, becas e internet para los estudiantes; Ángel Haro, el presidente del Betis, me ayudó con una planta fotovoltaica y la electrificación de la universidad. La primera piedra la pusimos en 2009; ya han salido seis promociones universitarias. Con la Universidad Politécnica de Madrid tenemos un intercambio de profesores; tenemos alumnos de Ingeniería, Agronomía, Medicina, Veterinaria y Ciencia de la Comunicación y carreras no técnicas como Ciencia Económica, Derecho, Ciencia de la Educación y Psicología. Todos los que terminan encuentran trabajo o se asocian entre ellos. Esto cambió la mentalidad de Magahi y los alrededores. Estamos al lado del lago Alberto y del Nilo; hay mucha pesca y hay que saberla explotar. Queremos poner la facultad de piscicultura. Hemos tenido que poner cursos de tarde-noche porque los trabajadores de puestos estatales, sin mucha formación, que a lo mejor no terminaron el bachiller, ahora lo han hecho y quieren hacer Economía, Derecho u otra cosa.

En la festividad del Carmen en el Puerto Pesquero de Marbella. En la festividad del Carmen en el Puerto Pesquero de Marbella. / Archivo personal

Tenemos capacidad para 1.200 alumnos; vamos admitiendo poco a poco. El terreno, que es mucho, nos lo regaló el jefe de la tribu Alur de los Warr-Palara; fuimos a pedirle y nos dio 29 hectáreas de unas tierras de pasto, a tres kilómetros de Mahagi, donde vivo. Hemos construido lo que está en la maqueta más un bloque administrativo, un hotelito para que residan los profesores visitantes las dos o tres semanas que están allí. Falta construir la zona deportiva y el anfiteatro; tenemos el presupuesto; de momento está parado por las guerras que tenemos allí.

A las autoridades les digo: Vengo a hacer aquí lo que vosotros no hacéis. Si queréis que lo haga, me tenéis que facilitar las cosas y, si no, hacedlo vosotros. Lo que me dan en España y en otros lados es para hacer una universidad, un internado, una escuela, un centro de salud, un hospital, que construí gracias a Manos Unidas ¬de España y de varios organismos me ayudaron mucho¬, no para daros a vosotros para que vayáis a tomar cervezas. Si me vais a dar la lata, no empiezo ningún trabajo y devuelvo el dinero. No he tenido problemas; hay que tener buena relación, saber decir las cosas y se dan cuenta. Hoy el 90% de la juventud está escolarizada.

Con niños en un orfanato. Con niños en un orfanato. / Archivo personal

Se acaban de aprobar 15 kilómetros de asfalto; allí nunca conocí el alquitrán, las calles son de tierra, de la época de los belgas, con agujeros y barrizales. Actualmente no hay electricidad. Todo funciona con paneles solares o grupos electrógenos, mi casa, el obispado, pero tienen un límite. Un chico de Villanueva del Trabuco, José Andrés Luque, con fondos de la UE, está trabajando allí; el ministro de Minas le encargó estudiar la caída de un río para construir una hidroeléctrica y llevar la electricidad a Mahagi. Un asfaltado, una universidad, la electricidad suponen un salto al desarrollo para empezar una minindustria, soldaduras, muchas cosas.

El objetivo principal no es hacer católicos, sino estar con la gente y ver qué hacer para mejorar sus condiciones de vida, recuperar la dignidad humana; eso marca a la gente. Son ellos los que piden ser cristianos; no somos nosotros los que les proponemos. En nuestra diócesis, el 72% son cristianos; hay unos grupos importantes de anglicanos, algunos luteranos y muy pocos musulmanes. El Congo siempre ha estado bajo una dictadura; en Europa o estados bajo el amparo de una democracia nos estamos radicalizando; eso son dictaduras. Hay que convivir con ella; si no me hubiesen expulsado hace ya muchos años.

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