Se define a sí mismo, con conmovedora modestia, como «un escritor sin retrato al óleo», un alma sin pretensiones que prefiere la luz de la calle a los altares de la crítica
13/09/2026 Actualizado a las 10:33h.
Con noventa años cumplidos, este domingo 13 de septiembre, Jesús Lasso camina por los recovecos de la memoria como quien recorre una casa familiar donde cada mueble guarda un secreto. Docente, porque nunca se deja ser maestro, porque es una vocación -habitante temporal, eso sí- de una residencia donde la brisa de los años a veces desvanece los recuerdos de los demás, él conserva el pulso firme y la mirada clara.
No busca la posteridad de las grandes editoriales porque no tiene egos arrastrados. Tampoco busca el eco de los cenáculos literarios; su obra vive en fotocopias sencillas, en libritos en gusanillo de cien páginas y en vídeos artesanales donde su voz, cálida y reposada, recita versos sobre temas clásicos que él mismo ha seleccionado.
Desde que se jubiló en 1996, cuando, las aulas quedaron atrás, la poesía dejó de ser una ocupación oculta para convertirse en el latido diario de su resistencia contra el silencio. Así que el magisterio continuó bajo otra forma más libre. Ya en 2014, el hábito estaba instalado en su consciente y desde entonces nadie le ha podido arrancar las ganas de seguir adelante. Los inicios fueron un recital poético ese año, 'Los poetas cantan a la Navidad', que supuso el arranque más puro de su vocación.
Testigos de su quehacer son su esposa Antonia, sus cuatro hijos -Ana, Jesús, Marian y Rodrigo- y sus nietos Irene, Alonso, Lucía, Daniel, Marcos, Andrés y Júlia -en portugués-. Todos ellos repartidos por la geografía española y mundial. Y desde la vida eterna sus padres, Lucila y Moisés.
Y aunque su prolífica obra ya estuvo presente en su juventud, cuando de verdad ha florecido ha sido ahora, en la senectud, en esa recta final de preparación hacia la 'otra vida' en la que cree, como en el Dios —al que llama padre y madre— que le ama y a quien corresponde.
Metido en este mundo de la poesía, de joven, probó la rima atada, la métrica rígida. Pronto comprendió que las palabras exactas para no nombrar la vida, necesitaban desprenderse de ese corsé y abrazar el verso libre. Asegura que la poesía es algo «tan íntimo como yo mismo«, confiesa con una sonrisa tranquila. En sus manos, el poema no es un ejercicio de artificio retórico, sino un espejo donde caben tanto el pulso de la fe como las grietas del mundo contemporáneo: la DANA, los apagones, las pequeñas zozobras cotidianas y el latido incesante de la gente corriente.
Jesús Lasso se define a sí mismo, con conmovedora modestia, como «un escritor sin retrato al óleo, sin carnet profesional; sin diario en el que escribir» y que asegura que lo único que hace es plasmar sus «sentimientos», un alma sin pretensiones que prefiere la luz de la calle a los altares de la crítica. Sus versos caminan descalzos por la geografía de lo humano; dialogan con Burgos, con su propia identidad, con una religiosidad vivida desde la cercanía de los hermanos y con una naturaleza que le susurra al oír el paso del tiempo.
Poesía visualEl hombre que camina hacia los 90 años incluso ha osado cruzar la frontera de los lenguajes, musicalizando sus creaciones y buscando en la fotografía el puente visual exacto para ilustrar aquello que la palabra sola a veces apenas roza, lamentando con entrañable nostalgia «no haber estudiado música a fondo».
Entre los pasillos de su residencia, Jesús proyecta sus poemas audiovisuales a compañeros cuyas mentes a menudo naufragan en la bruma del olvido. Lo hace sin desaliento, convencido de que la creación intelectual es el mejor antídoto contra el marchitamiento del espíritu. Para él, la jubilación no fue un punto final, sino el umbral luminoso donde la existencia se ensancha. Nos enseña que la poesía, más que un género literario, es una forma de no rendirse, una manera urgente y sencilla de seguir mirando a los ojos del mundo para recordarle que, a pesar de todo, seguimos vivos.
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