El análisis de metabolitos en sangre ha encontrado señales asociadas con una muerte más temprana o tardía que se repiten en ambas especies y que podrían ayudar a estudiar procesos como el metabolismo, la inflamación y el estrés celular
La esperanza de vida humana ha aumentado de forma considerable durante las últimas décadas. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2030 una de cada seis personas en el mundo tendrá 60 años o más, mientras que para 2050 la población en esa franja de edad alcanzará los 2.100 millones. El reto científico ya no consiste únicamente en entender por qué vivimos más, sino en identificar qué procesos biológicos determinan que unas personas envejezcan de manera diferente a otras.
Una posible vía para estudiarlo podría encontrarse mucho más cerca de lo que pensamos: los perros que viven en nuestros hogares. Una investigación del Dog Aging Project, publicada en The Journals of Gerontology: Series A, ha encontrado que perros y humanos comparten determinados patrones metabólicos relacionados con la mortalidad.

El equipo analizó metabolitos, pequeñas moléculas generadas durante los procesos químicos que mantienen funcionando al organismo. Su concentración puede ofrecer información sobre lo que sucede en las células y reflejar procesos relacionados con el metabolismo, la inflamación o la respuesta celular frente al estrés.
Los científicos estudiaron muestras de sangre de perros participantes en el Dog Aging Project, un proyecto longitudinal estadounidense que sigue a animales de compañía durante su vida. En lugar de buscar una única sustancia relacionada con vivir más años, analizaron conjuntamente miles de metabolitos para encontrar combinaciones asociadas con una muerte más temprana o tardía.
Una “huella” metabólica relacionada con la longevidadKate Creevy, directora veterinaria del proyecto y profesora de la Universidad Texas A&M, explica que algunos investigadores describen estas combinaciones como una especie de “huella”. El interés está precisamente en el patrón formado por distintas moléculas y no necesariamente en una sustancia aislada.
“Cuando encontramos un biomarcador asociado con una mortalidad más temprana o tardía, no sabemos si la está causando”, advierte Creevy. Lo interesante para los investigadores es descubrir por qué aparece y qué procesos biológicos existen detrás de esa asociación.

Los investigadores compararon los resultados obtenidos en perros con cinco grandes estudios anteriores sobre mortalidad humana que habían utilizado aproximaciones similares para analizar metabolitos. Las coincidencias fueron considerables. Los patrones metabólicos vinculados con una muerte más temprana o tardía en los perros eran ampliamente similares a los descritos previamente en personas. “Las moléculas que representan un riesgo para los perros o que los protegen frente a una muerte más temprana son muy similares a las de las personas”, explica Creevy. Para la investigadora, el resultado muestra que compartimos características importantes de la biología del envejecimiento.
La conexión resulta especialmente interesante porque los metabolitos reflejan multitud de procesos que cambian con la edad. El envejecimiento no depende de un único mecanismo: alteraciones metabólicas, inflamación crónica de bajo grado, daño celular o cambios en la capacidad del organismo para responder al estrés forman parte de una red mucho más compleja. Encontrar patrones comunes permite investigar cuáles de esos mecanismos podrían conservarse entre especies.
Kate Creevy
Veterinaria
Los perros presentan una particularidad difícil de reproducir con otros modelos animales: comparten buena parte de nuestro entorno cotidiano. Respiran el mismo aire doméstico, están expuestos a factores ambientales similares y sus hábitos de actividad e incluso algunos aspectos de su alimentación están condicionados por el estilo de vida de las personas con las que conviven.
A ello se suma una diferencia fundamental: su vida es mucho más corta. Los perros suelen vivir aproximadamente 12 o 13 años, frente a las varias décadas necesarias para estudiar el envejecimiento completo de una población humana. Esto permite observar cambios biológicos y resultados de salud a lo largo de toda una vida en un periodo considerablemente menor.

El estudio no permite utilizar un análisis de sangre para calcular cuántos años vivirá un perro o una persona. Tampoco demuestra que modificar directamente los metabolitos identificados prolongue la vida. Asociación y causalidad son cuestiones diferentes, algo que los propios investigadores recalcan.
El siguiente paso consiste precisamente en comprender qué mecanismos generan esas huellas metabólicas. “Este es un punto de partida”, señala Creevy. Identificar dónde aparecen las coincidencias entre perros y humanos permite ahora investigar si detrás existen procesos modificables capaces de influir no solo en la duración de la vida, sino también en los años vividos con buena salud.
El interés de esta línea de investigación es, por tanto, bidireccional. Los conocimientos acumulados sobre envejecimiento humano podrían ayudar a mejorar la salud veterinaria y los perros podrían convertirse a su vez en un modelo especialmente útil para comprender cómo interactúan genética, metabolismo y ambiente durante el envejecimiento. Compartir casa con ellos quizá también signifique compartir más mecanismos biológicos de los que hasta ahora conocíamos.