La puerta se cierra por la mañana y, al otro lado, queda un animal que durante semanas se ha acostumbrado a tener compañía. El verano ha traído horarios más flexibles, más paseos y más tiempo compartido; el otoño devuelve las prisas, el trabajo, el colegio y las horas de soledad. En algunos casos, el cambio apenas se nota. En otros, aparece en forma de ladridos, destrozos, menos apetito o una necesidad de contacto que antes no estaba ahí.
“No debemos pensar que un animal nos castiga por haberlo dejado solo”, advierte Ana Ramírez Pérez, directora técnica veterinaria de Kivet en Alcorcón (Madrid). “Un cambio de conducta puede tener otras lecturas y, antes de corregirlo, conviene observar qué ha cambiado alrededor del animal y cómo está respondiendo a ese nuevo ritmo”, subraya Ramírez, en conversación con La Vanguardia.
Ana Ramírez
Veterinaria
¿Qué señales indican que un perro o un gato está teniendo dificultades para adaptarse al cambio de ritmo después del verano?
Más que una señal concreta, hay que prestar atención a cualquier cambio significativo respecto a su comportamiento habitual. Cada animal tiene sus propias rutinas, preferencias y manera de relacionarse con el entorno, por lo que quienes conviven con él son quienes mejor pueden detectar una variación. Puede comer menos, descansar peor, mostrarse más apático, vocalizar con mayor frecuencia, demandar continuamente atención o, al contrario, evitar el contacto y esconderse. También pueden aparecer conductas más evidentes, como arañar puertas, romper objetos, intentar escapar o hacer sus necesidades fuera de los espacios habituales.

¿Cuándo deja de ser una adaptación normal y conviene consultar con un veterinario?
Es normal que algunos animales necesiten un tiempo para reajustarse después de un periodo con más compañía y horarios más flexibles. La preocupación aparece cuando el cambio es repentino, se mantiene durante varios días, aumenta de intensidad o interfiere claramente en su calidad de vida. Dejar de comer, presentar vómitos o diarrea, tener dificultades para descansar, intentar escapar, hacerse daño, vocalizar de forma persistente o mostrar un aislamiento prolongado son situaciones que justifican una consulta. Además, antes de atribuir estas conductas al estrés o a la ansiedad por separación, hay que descartar una causa médica. El dolor, determinadas enfermedades o algunos cambios asociados a la edad pueden producir manifestaciones similares.
¿Qué error cometen con más frecuencia los propietarios cuando aparecen estas conductas?
Uno de los más habituales es interpretar el comportamiento desde una perspectiva exclusivamente humana y pensar que el animal actúa por venganza, enfado o para castigar a su familia por haberlo dejado solo. Un perro que rompe un objeto o un gato que deja de utilizar correctamente el arenero no está tratando de dar una lección. También tendemos a fijarnos en las conductas más llamativas (los destrozos, los ladridos o las necesidades fuera de lugar) y a pasar por alto señales más discretas, como dormir más, perder interés por el juego, esconderse, comer menos o modificar la forma de relacionarse con la familia. El comportamiento es una forma de comunicación. Antes de corregirlo, conviene preguntarse qué puede estar expresando el animal y observar en qué contexto aparece. Los gritos y los castigos no solucionan la causa y pueden aumentar su malestar.
Ana Ramírez
Veterinaria
¿Qué animales pueden acusar más el cambio de horarios y de compañía que llega con el otoño?
No todos afrontan los cambios de la misma manera. Pueden necesitar más apoyo los animales que se han incorporado recientemente a la familia y todavía están construyendo sus rutinas y su sensación de seguridad, así como aquellos que no están habituados a permanecer solos durante periodos prolongados. Los cachorros y los animales jóvenes todavía están aprendiendo a gestionar la separación y a desenvolverse de forma autónoma. En los animales sénior conviene prestar especial atención a posibles problemas de salud, dolor, pérdida de capacidades sensoriales o alteraciones cognitivas, que pueden hacer que un cambio de horarios resulte más difícil. También pueden ser más sensibles los animales inseguros o aquellos que han vivido experiencias negativas o cambios frecuentes de entorno. Pero no hay reglas rígidas: la edad, la especie o la raza no determinan por sí solas cómo responderá un animal. Hay que tener en cuenta su historia, su salud, su temperamento y su entorno.

En los gatos, muchas señales son menos evidentes. ¿Qué cambios deberían hacer saltar las alarmas?
El malestar puede manifestarse de una manera muy discreta. Un gato puede empezar a esconderse más, cambiar sus lugares habituales de descanso, reducir la interacción con la familia o perder interés por el juego sin que exista una alteración evidente de la convivencia. También conviene observar cambios en el uso del arenero, en la cantidad de alimento o agua que consume y en sus hábitos de acicalamiento. Algunos gatos se acicalan de forma excesiva ante situaciones de estrés, mientras que otros dejan de hacerlo y presentan un pelaje más descuidado. Los cambios en el sueño, la postura corporal, las vocalizaciones o la tolerancia al contacto también aportan información. La pérdida de apetito, las molestias digestivas, el jadeo o la salivación excesiva tampoco deben atribuirse automáticamente al cambio de rutina. En especial si un gato deja de comer o presenta una modificación marcada de su comportamiento, es recomendable consultar con rapidez.
Ana Ramírez
Veterinaria
¿Qué se puede hacer en casa para que el paso de los horarios de verano a los de otoño resulte más llevadero?
Ayuda recuperar unos horarios estables de alimentación, paseo, juego y descanso y hacer que el nuevo ritmo sea lo más predecible posible. Si existe margen, las ausencias pueden practicarse de forma progresiva, empezando por periodos breves y ampliándolos según la respuesta del animal. Las salidas y los regresos deben gestionarse con naturalidad, sin prolongar las despedidas ni convertir cada reencuentro en un momento de sobreexcitación. También es positivo ofrecer actividad física y estimulación mental adaptadas a cada animal: un paseo que permita explorar, juguetes interactivos, búsqueda de alimento, rascadores o zonas elevadas para los gatos. No se trata de intentar agotarlo antes de salir ni de llenar la casa de estímulos. El objetivo es encontrar un equilibrio entre actividad, entretenimiento, autonomía y descanso, y ofrecerle un espacio cómodo y tranquilo en el que pueda relajarse.
Cuando las jornadas dejan menos horas para estar juntos, ¿cómo se puede mantener el vínculo sin generar una dependencia excesiva?
La relación no depende únicamente del número de horas compartidas, sino también de cómo se utilizan. Cuando vuelve el ritmo habitual, pueden reservarse pequeños momentos de atención adaptados a la conducta natural de cada animal. En un perro, por ejemplo, un paseo que permita olfatear y explorar con calma puede ser más significativo que una salida rápida. Con un gato, unas sesiones breves de juego que reproduzcan conductas de búsqueda y captura pueden convertirse en un momento de calidad, siempre respetando si quiere participar o no. Al mismo tiempo, es necesario favorecer que el animal pueda permanecer tranquilo sin compañía constante. Mantener el vínculo y fomentar la autonomía no son objetivos opuestos; forman parte de una relación equilibrada.