El mejor ciclista español de la historia explicó que tener colesterol no le impidió triunfar en el deporte
Ciclismo
El mejor ciclista español de la historia explicó que tener colesterol no le impidió triunfar en el deporte"Los cinco Tours los gané con colesterol", dijo Miguel Induráin en en una entrevista con Sport, y la frase cayó sobre el imaginario colectivo del deporte español como una piedra en agua quieta. Cinco Tours consecutivos entre 1991 y 1995, dos Giros de Italia en 1992 y 1993, el oro mundial de contrarreloj en 1995 y el oro olímpico en la misma especialidad en 1996, y resulta que todo ese palmarés convivió desde el principio con un colesterol elevado. El navarro no lo contó con dramatismo, sino con la ecuanimidad que ha definido siempre su forma de estar en el mundo.
La confesión del colesterolInduráin quitó hierro al asunto explicando que ese colesterol ha sido una compañía permanente, anterior y posterior a su etapa en el pelotón. "Unas veces estaba más alto y otras menos, pero durante toda la vida me ha acompañado", afirmó. Su participación en aquella campaña de concienciación sanitaria, la que dio pie a la revelación, tenía dos condiciones que no estaban abiertas a negociación. "Sí, era imprescindible para hacer la campaña. Era una de las condiciones básicas. Y la otra, no mentir. Siempre he tenido colesterol, incluso cuando corría", declaró. No era un gesto de humildad calculada, sino el reflejo de alguien que siempre habló del ciclismo y de sí mismo en los mismos términos: sin adornos.
Sobre sus capacidades físicas, Induráin rechazó que existiera mérito alguno en haberlas tenido. "Tenía unas cualidades. Pero no es mérito mío. Nací así y lo único que hice fue aprovecharlo", reconoció. Con idéntico humor habló del célebre mito de su corazón de dimensiones excepcionales: "Tenía, tenía. Ahora, se ha ido a menos ya", admitió. A sus 61 años, sigue pedaleando con regularidad, aunque lejos de la disciplina diaria de sus años en competición. "No a diario, pero en verano bastante, bastante", precisó. Y el vínculo con el ciclismo lo mantiene activo también desde otro ángulo: "Procuro promocionarlo porque este deporte me lo dio todo", señaló en 2016.
La confesión del colesterolDe los cinco, Induráin guarda un recuerdo especial del primero, aunque no precisamente por haberlo disfrutado. "Fue muy especial, la más intensa, pero también la que menos disfruté", confesó. La presión de aquella edición fue tan abrumadora que apenas le dejó espacio para asimilar lo que estaba ocurriendo. "En aquel Tour me llevaban mareado por la tensión y los nervios", recordó. La grandeza del logro quedó en parte sepultada por la exigencia del momento, y eso que el navarro no era precisamente alguien dado a los excesos emocionales.
Sobre cómo afronta el paso del tiempo, su respuesta fue de manual induráiniano: "Bien. Hay que llevarlo bien. No hay otra", respondió. Casado desde 1992 con Marisa López de Goicoechea y padre de tres hijos, Miguel, Jon y Ana, la vida cotidiana ha ocupado el espacio que dejó la competición. Sus hijos conocen el peso histórico de su apellido en el deporte español, aunque Induráin lo atribuye en parte a los nuevos canales de difusión: "Sí, lo han vivido… Están acostumbrados. Hoy en día, con las redes, es fácil", apuntó.
El retiro, el tránsito más exigenteNinguno de los tres ha seguido el camino de la alta competición, algo que su padre explica con claridad: "Han hecho deporte, pero no les ha gustado la alta competición. La alta competición te tiene que gustar mucho y es muy obsesiva". Y es que el propio Induráin sabe bien lo que cuesta dejar atrás ese mundo. En una entrevista concedida a ¡Hola! en 2024, señaló que el momento más duro de la carrera de un deportista llega precisamente al final. "Lo peor del mundo del deporte llega cuando lo dejamos", dijo, y completó la idea con otra frase igual de rotunda: "Es una de las peores cosas que tenemos en el deporte, cuando uno deja la actividad".
Su fórmula para gestionar esa transición sin hundirse en ella pasa por mantener familia y deporte como dos esferas separadas. "El no mezclar todo: familia, deporte… Todo. Si no tenerlo como dos áreas distintas. Cuando se acaba una, tienes la otra y puedes seguir con tu vida normal", explicó. Sobre si recurrió en algún momento a ayuda psicológica, la respuesta fue directa y generacional: "En mi época ni había. Por suerte, no necesité y espero no necesitarla". Hoy volcado en su fundación y en iniciativas solidarias, con una agenda más austera en cuanto a compromisos y desplazamientos, Induráin habita ese espacio tranquilo que él mismo diseñó para cuando el ciclismo dejara de ser el centro de todo.