Malvinas se apagó como papel en un asado, la economía no repunta y la reforma electoral está estancada. En Nueva York, Kicillof le disputó la vidriera a Milei con Manzano de padrino. Y en el Gobierno ya piden aplausos ante una mayoría social que no protesta, pero tampoco aplaude. Leer más
El Gobierno parece un autito de juguete a cuerda: arranca con fuerza en algunos temas de opinión pública y al rato se le acaba el impulso. Eso le pasó con el tema Malvinas, como era de esperar. Entre que no es una prioridad ciudadana –más allá de la alta sensibilidad que despierta– y cierta sospecha de oportunismo oficialista más que de convicción, la agenda está funcionando como cuando se quema papel para prender el fuego de un asado: tiene alta combustión de corto plazo, pero se esfuma rápidamente. Si, en cambio, usara madera, tardaría más en arrancar, pero garantizaría la combustión necesaria para contagiar al carbón. Como en muchas situaciones, se trata de aplicar una regla de la física. Por eso, el discurso del Presidente en las Naciones Unidas lució intrascendente. Además, tuvo encuentros de pasillo, pero no bilaterales (dicen las malas lenguas que el canciller estadounidense no se lo banca).
Más allá de las fotos de rigor y de los anuncios de inversión en infraestructura –ambos muy necesarios para mostrar músculo, porque su ausencia habría sido vista como una señal de debilidad–, el Gobierno tuvo otra semana complicada. Las malas noticias económicas persisten y ya se teme que cerremos el tercer trimestre con recesión técnica. Mal mes de julio en actividad, crecimiento de la pobreza, caída sostenida del consumo masivo básico, aumento de la desocupación y, como si esto fuera poco, dudas sobre la reelección, reflejadas en la suba del riesgo país. Así, es muy difícil cambiar el clima general. Además, la semana neoyorquina del Presidente tuvo otro protagonista: el precandidato presidencial Axel Kicillof. El gobernador bonaerense no solo fue a darse una “ducha de mercado”, sino que además tuvo como invitado especial al inefable José Luis Manzano. ¿Es un aval? Obviamente no. ¿Es un certificado de “proceso de domesticación”? Probablemente. El multitentacular mendocino no da puntada sin hilo, y sus apuestas tratan de ponerle un guardarraíl a la política argentina. Algo así como ser él mismo una política de Estado (desde ya, protegiendo e incrementando sus negocios, como haría cualquiera en su lugar). ¿Es cierto que la jefa siempre mira con especial atención las apuestas y los movimientos del expolítico renovador?
Axel tuvo en la Gran Manzana –además de su foto con Manzano– una agenda progresista con el alcalde local, el complicado Pedro Sánchez y otros personajes. Esas reuniones no cambian la historia, pero lo ponen en una vidriera internacional. ¿Es la mejor? Probablemente no, pero está claro que empezó con la clásica estrategia de dominó de alguien que necesita ganar volumen y correrse al centro.
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Viajó la misma semana que el Presidente, se mostró bastante razonable en sus declaraciones y generó expectativa entre los inversores que querían conocer al “cuco” de primera mano. Total, lo que iban a decir el Javo y el Toto era previsible: está todo bien y vamos a ganar el año que viene. Cualquiera que tenga dinero invertido en papeles argentinos quiere olfatear cuánto riesgo corren sus apuestas, sobre todo teniendo en cuenta que el personaje en cuestión está empatado con el león en una eventual segunda vuelta. ¿Quién garantizaría que no hará locuras? ¿José Luis?“¡Pero el Gobierno sigue ganando votaciones en el Congreso!”. Es verdad: Inocencia Fiscal II, biocombustibles, reforma del Banco Central y zona fría. Ninguna despierta un debate de opinión pública en el corto plazo (veremos qué pasa con los tarifazos cuando se caigan los subsidios). Y en discapacidad, recalculó. La administración libertaria está obligada a mantener un superávit fiscal exigente, que se complica por la persistente caída de la recaudación y la expone al juego de la manta corta: para tapar el norte tuvo que destapar el sur. Pero lo que no avanza es la reforma electoral, y eso abre todo un capítulo muy jugoso.
Que los votos no están es vox populi. Los dialoguistas quieren ayudar al Gobierno, pero ponen un precio demasiado alto que Santilli no puede asegurar, entre otras cosas, por lo comentado en el párrafo anterior (más allá de los anuncios oficiales, varios gobernadores afines al oficialismo tienen in pectore adelantar sus elecciones). Y como las encuestas siguen mostrando una consolidación del balance negativo, se suman los actores que creen que les conviene que sigan vigentes las PASO, o al menos unas PAS. Un personaje que da la impresión de estar “trabajando a reglamento” en este sentido es el Hada Patricia, que, si algo sabe en la vida, es cobrarse cuentas pendientes. Porque, si ella puede ser un plan B para el establishment, ir a una primaria le sirve y puede cerrar la discusión. O, al menos, si no gana, le contaría las costillas al “pobre jamoncito”, lo que lo debilitaría para un segundo mandato. A esta altura, la senadora no se priva de tener diálogos subterráneos con nadie.
Pero hay un problema más: ¿cuándo debería aprobarse la reforma electoral? La Cámara Nacional Electoral –garantía de que en la Argentina no haya zafarranchos en los comicios– dijo que no debe ser en 2027. Eso significa que quedan solo dos meses para tratarla en el período de sesiones ordinarias (eventualmente tres, si se habilitan extraordinarias en diciembre). El problema es la diferencia de criterios en la mesa política respecto del timing. Parece que Karina quiere que primero se apruebe la reforma y después se negocien las situaciones provinciales, mientras que los dialoguistas piensan al revés. Los Menem, en tanto, creen que el toma y daca debe demorarse a la espera de que la economía se reactive y cambie el clima (complejo). Resultado: la reforma está estancada.“Aplaudan, por favor, porque si no es desesperante”, pidió el secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca a un auditorio de productores.
Ya había hecho algo similar en mayo. Es una muestra de cómo viven muchos funcionarios lo que ocurre fuera de los despachos. Una mayoría social que no protesta, pero tampoco aplaude.
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