NATALIA LABOURDETTE & JOSÉ ANTONIO DOMENÉ
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XXVII Noches en los Jardines del Real Alcázar. Natalia Labourdette, soprano; José Antonio Domené, arpa.
Programa: Nuit d’étoiles
Maurice Ravel (1875-1937): Quatre chansons populaires [1910]
Gabriel Fauré (1845-1924): Impromptu para arpa Op.86 [1904] / Après un rêve Op.7 nº2 [1877] / Trois mélodies Op.23 [1882]
Claude Debussy (1862-1918): Nuit d'étoiles L.2 [1880] / Beau soir L.6 [1888]
Reynaldo Hahn (1874-1947): L'heure exquise [1890] / Si mes vers avaient des ailes ! [1890]
Manuel de Falla (1876-1946): Siete canciones populares españolas [1914]
Lugar: Jardines del Alcázar. Fecha: Sábado, 25 de julio. Aforo: Lleno.
Natalia Labourdette y José Antonio Domené regresaron a los Jardines del Alcázar, donde ya habían actuado en 2022, para ofrecer un programa construido alrededor de la canción francesa y de su prolongación española en las Siete canciones populares de Falla. Un itinerario que iba de Ravel a Falla pasando por Fauré, Debussy y Hahn, y que encontraba en la intimidad de la voz y el arpa una forma particularmente adecuada de diálogo con la noche (inesperadamente cálida) sevillana.
Los conciertos de los Jardines del Alcázar se ofrecen amplificados, una circunstancia que no siempre resulta necesaria. Hay cantantes que, por volumen, proyección o naturaleza vocal, no necesitan de esa ayuda técnica. Labourdette, que cantó además todo el programa de memoria, algo todavía inhabitual en recitales de estas características, se alejó prudentemente del micrófono y en realidad casi no lo necesitó. Su estado de forma es espléndido. La voz se proyecta con una naturalidad extraordinaria, con agudos límpidos y brillantes, pero tersos, sin la menor estridencia, y unos graves consistentes que encontraron su momento más conmovedor en el final de Les berceaux de Fauré. Ese si grave, sostenido y luego apianado de manera maravillosa, parecía recoger todo el sentido del poema: mientras los hombres aguerridos parten en los grandes buques hacia el mar, las cunas de los hijos que dejan en tierra permanecen como una imagen última de aquello que el trabajo obliga a abandonar.
Fue, en realidad, una de las notas más características de la interpretación. Labourdette no se limita a cantar los textos, sino que sabe representarlos musicalmente con un fraseo que le otorga el peso específico a cada sílaba, que halla el momento preciso para hacer una retención, dejar en el aire un suspiro o revelar con un énfasis sobre el acento la importancia de una palabra concreta. En la ligereza de Notre amour halló un tono de espontaneidad y gracia revelador, mientras que en Après un rêve fue suave y delicada, aunque quizá se hubiera deseado una mayor delectación en algunos finales de frase, una disposición más prolongada a demorarse en la sensualidad melancólica de la melodía. No dejan de ser apreciaciones muy personales dentro de una interpretación de enorme solvencia y refinamiento.
Todo comenzó con las Quatre chansons populaires de Ravel, cuatro piezas en las que la estilización de materiales populares exige precisamente evitar cualquier tipo de excesos: la música tiene que sonar natural, ni demasiado rústica ni escolástica. Labourdette supo encontrar ese tono medio pop que tan bien les sienta, una naturalidad que no rebaja la sofisticación de la escritura, sino que permite que sus ritmos, sus giros y su humor respiren con una espontaneidad casi inmediata. Y el recital terminó con las Siete canciones populares españolas de Falla, que el dúo ya había interpretado en su anterior visita al Alcázar. En ellas volvió a lucir de manera admirable la capacidad de la soprano para decir intencionadamente, para retener un final durante un instante más de lo esperado, para suspirar y quejarse, para mantener siempre la tensión musical.
Entre ambos extremos, el programa encontró algunos de sus momentos más delicados en Debussy. Nuit d’étoiles, una de las primeras canciones del compositor, fue dicha con una fragilidad de perfiles perfectamente contrastada con el tono más grave y reflexivo de Beau soir, en mi opinión el momento culminante de toda la velada. Aquí la música parece hacer realidad el consejo de felicidad que el poema descubre en la naturaleza al caer la tarde: los ríos son rosas, un estremecimiento tibio recorre los campos de trigo y la belleza del mundo casi nos exige que la disfrutemos mientras somos jóvenes y la tarde sigue siendo hermosa. Pero bajo esa invitación a la dicha late ya la conciencia de su fugacidad: la onda se aleja hacia el mar y nosotros hacia el sepulcro. Labourdette supo mantener esa doble condición de la canción, su luminosidad y su sombra, con el punto de drama perfecto, exacto. Increíble la forma de penetrar en este poema de Paul Bourget para una cantante que (pese al apellido) no es francesa y que apenas tiene 34 años.
También Reynaldo Hahn recibió una lectura de soberbia finura. L’heure exquise, sobre el célebre poema de Verlaine, resultó serena y majestuosa, sostenida por una línea de canto que parecía extenderse en el tiempo hasta ese melisma sobre “Ô bien-aimée”, antes de desvanecerse finalmente en un diminuendo mágico sobre “l’heure exquise”. Y junto a esa página inmortal, tantas veces convertida en canción por otros compositores, Labourdette y Domené reivindicaron la belleza menos frecuentada de Si mes vers avaient des ailes ! con un control minucioso de la palabra y de la respiración.
El murciano José Antonio Domené fue durante toda la velada un acompañante preciso y extraordinariamente atento. Su arpa creó esa atmósfera transparente, suspendida y sensual tan propia de buena parte de la música francesa del siglo pasado, pero sin convertir el acompañamiento en un mero fondo sonoro. Su relación con la voz fue siempre de escucha y de respuesta, con una atención exquisita a los cambios de luz, a los silencios y a las inflexiones del fraseo. Y tuvo además su propio momento de protagonismo en el Impromptu de Fauré, una obra original para arpa que interpretó con desbordante virtuosismo. La pieza permitió escuchar la riqueza técnica del instrumento en toda su dimensión, desde la fluidez de la figuración hasta la claridad de una escritura polifónica que elude lo ornamental.
Gran cantante de ópera, la artista madrileña regaló de propina un “O mio babbino caro” de extrema calidez, hermoso remate para una noche aromada por la música frágil y llena de sugerencias de las mélodies francesas, cruzada de melancolías y de silencios. Pero no de cualquier silencio, sino de esos que, como dice el poema de Armand Silvestre para Notre amour de Fauré, parecen tener voz. Y no fue una voz cualquiera.
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