Confundiendo veraneo con verano, los datos sobre el llamado periodo vacacional comienzan a llegar, con ese creciente afán por anticipar el porvenir, un tic contemporáneo que acelera y estresa el tiempo que vamos viviendo. El caso que comentaremos no tiene nada que ver con los asuntos verdaderamente fatales en esta estación de la violencia térmica, las fotos en barco y las canillas con grafiti a la vista; que en 2026 han sido, de momento, tres: hectáreas y animales calcinados por incendios de nueva generación, temibles puntos en la escala de energía sísmica de Richter, miles de inmigrantes ilegales ocupando Ceuta (hecho con el que, dicho sea de paso, el Gobierno reinterpreta como “crisis humanitaria” el abandono estatal de una ciudad invadida por un “socio leal”. ¡Me quito el cráneo!, genial expresión que puso Valle-Inclán en boca de Don Latino de Híspalis).
Traemos aquí hoy un dato menor, aunque no sé si esta consideración la suscribirían los comerciantes minoristas afectados: el verano del 2026 bate registros de mangancia (ocultona mangancia) en los supermercados españoles. Los calores nos ponen la mano larga, y no sólo a los chavales sin un duro o a los pobres de solemnidad, ni se trata de choriceo profesionalizado (esto me hace recordar la fama de las hordas de estudiantillos españoles de buena familia en Inglaterra o Gales, que bajaban del autobús como hunos a mangar en las gasolineras). La mangancia estival no se trata, pues, de carencia, si descartamos al “tener por tener” como carencia de compañía. No se choran bollos de pan, salchichas o Tulipán, ni contramuslos en porespán. Curiosamente, sí fruta y verdura, pero no por existir una variante de choro healthy, sino porque lo de pesar el artículo caro marcando el precio del barato da gustirrinín, uno de unos cuantos céntimos, que hace cóctel de la intrepidez enana y la adicción al gorroneo y al gratis. Es vicio, y según he oído hoy a un experto en sirle de lineal, tiene mucho que ver con el pecado de envidia.
Los hay más prácticos. Aun sin asumir que protegerse la piel y el cerebro exige gorra y crema solar, los productos con “factor de protección” son objeto de hurto principal en el súper de verano. No son baratos, pero ya no son caros como antes: lo caro es el cáncer que vendrá. Pero bien parece que la mano larga –en pareo o torso/cacha al aire, ¡#nosinmitatoo!– sigue considerándolos artículo de lujo, y por eso el establecimiento los coloca cerca de la cajera. Quien, por cierto, con un salario muy bajo agrega a su función de cobrar y cuadrar caja la de auxiliar de seguridad. Vaya por terminar, ya en modo homilía y al hilo de lo anterior: mangar en un supermercado es faltar el respeto a quien allí trabaja... y un síntoma de subdesarrollo. No ya del atraso social de un sitio, sino del de la cabeza del pequeño delincuente. Según el experto, estamos ante un choricillo que no tiene por qué ser un tieso riguroso. “¿Tarjetita o efectivo? Ea, pues tecléame tu pin, cariño”.
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