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Leticia Bosch-Labrús y Blat: una barcelonesa en la corte de Alfonso XIII

Дата публикации: 22-08-2026 04:00:00


Rescatamos para la historia un personaje desconocido y singular: hija de la burguesía catalana, a principios del siglo XX protagonizó un notable ascenso social vía matrimonio y, desde su nueva posición, jugó un papel clave como enlace entre la monarquía y las élites catalanas


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El 19 de octubre de 1912, los grandes nombres de la burguesía catalana se dieron cita en Barcelona para asistir, con las necesarias galas, a la boda del momento. La de Leticia Bosch-Labrús y Blat, hija de una familia de rápido ascenso social, y el excelentísimo señor don Fernando de Borbón y Madán, primo segundo del rey Alfonso XIII y II duque de Dúrcal desde 1908. Por primera vez, en aquel final de la belle-époque, los cresos de la buena sociedad barcelonesa emparentaban con la casa real, en un claro reflejo de la buena sintonía que, desde 1875, había aunado los intereses de la gran burguesía catalana y los de la España de la Restauración. El poder del dinero comenzaba a socavar las más estrictas barreras sociales.

Descrita como “bellísima” en las crónicas, Leticia entraba con fuerza en el gran mundo aristocrático y en la corte de Madrid, en la que iba a jugar un papel de creciente importancia que no iba a dejar a nadie indiferente. Una vida todavía envuelta en un cierto halo de misterio, que despierta el interés de historiadores y curiosos. Su padre, Pere Bosch Labrús (el guion entre los apellidos se deslizaría poco después), había sido un menestral de Besalú que, como tantos prohombres de su tiempo, había tenido la sagacidad de abrirse camino en el mundo del comercio. Adalid del proteccionismos y del librecambismo y fundador del Foment de la Producció Nacional, había sido diputado a Cortes en cinco ocasiones, había militado en el Partido Liberal Conservador y, en 1880, había fundado en Barcelona la sastrería El Águila. Un próspero negocio de venta de ropa confeccionada, que floreció rápidamente con sucursales en Madrid, Sevilla, Valencia y Cádiz.

Inteligente, atractiva, culta

Así, esta hija tardía nacida en Barcelona el 14 de marzo de 1890 recibió la más esmerada educación, y trabó íntima relación con sus pares de la burguesía catalana ascendente del momento (Güell, Cambó, Fabra, Samà). Huérfana de padre con tan solo cuatro años, de la mano de su madre, Josefa Blat Caparols, no tardó en entrar en los mejores circuitos aristocráticos de Madrid donde, ya adolescente, la vemos cenando en el Ritz o en casa de la duquesa de Bailén, en compañía de lo más granado de la sociedad, y también en los estrenos del Teatro de la Princesa en presencia de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Atractiva, vivaz, inteligente y con un necesario punto de ambición, había viajado a Londres, París y los lugares de moda como Saint Moritz y, en 1911, con veintiún años, la retrató Manuel Benedito. Un óleo vibrante, hoy en día conservado en el Museo del Prado, capaz de resaltar su indudable belleza entre trazos modernos propios de la sensibilidad de pincel de Gainsborough.

Ya preparada para el mercado matrimonial, madre e hija pillaron aquel pez gordo y de rango incuestionable que era el duque de Dúrcal atraído por el dinero nuevo. Un Borbón de doble vínculo, nieto de los infantes don Sebastián y doña Cristina, cuyo padre ya había derrochado, en medio de no pocos escándalos, parte de la muy jugosa fortuna de sus antepasados y cuya madre, la canaria Caridad Madan y Uriondo, había llevado una vida un tanto fuera de los cánones. Él solicitó permiso al rey, la boda fue brillante, no faltó nadie de los importantes y los padrinos de la novia fueron sus hermanos Pedro y Luis, continuadores del floreciente negocio familiar, y el marqués de Alella.

'Leticia Bosch-Labrús, duquesa de Dúrcal', retrato de Leticia Dúrcal. Óleo sobre lienzo. 1911

'Leticia Bosch-Labrús, duquesa de Dúrcal', retrato de Leticia Dúrcal. Óleo sobre lienzo. 1911Museo del Prado/Manuel Benedito

Un matrimonio muy conveniente que se instaló con gran estilo en Madrid, donde de inmediato la nueva duquesa supo codearse con los notables sin, por ello, olvidar un momento su papel de catalana de pro en una corte muy copada por una nobleza conservadora, no siempre culta, y fuertemente atada a sus viejas formas de hacer. Y se convirtió en la representante de los valores éticos y estéticos en auge de las nuevas propuestas del modernismo y de la Renaixença catalanes. Dos años después, en abril de 1914, tomó la almohada ante la reina Victoria Eugenia y, en 1916, su esposo recibió del rey la llave de gentilhombre de cámara con ejercicio y servidumbre con entrada directa en palacio.

Entre el Rey y Cambó

Una belleza semejante no pasó inadvertida al rey Alfonso, por entonces ya en crisis en su matrimonio por el drama de la hemofilia. Eran los años de la Gran Guerra, la corte se dividía en dos bandos y, frente a una nobleza más rancia, conservadora y reacia a los cambios, Leticia supo acercarse a un núcleo más cosmopolita, ilustrado y abierto a ideas nuevas. Allí estaban el duque de Alba (“Jimmy”), su hermano el duque de Peñaranda o los condes de la Viñaza y de Yebes, a quienes la unió una estrecha amistad, representando en Madrid los postulados y los anhelos de la Lliga Regionalista, en la que militaba su hermano Pedro. Amiga de Francesc Cambó desde su juventud, desde fechas tempranas supo aprovechar su doble pertenencia para hacer de puente entre el rey y el líder de la Lliga, especialmente a partir de 1917 y hasta la dictadura de Primo de Rivera en 1923.

Alfonso XIII y Francesc Cambó. Leticia Bosch-Labrús y Blat, duquesa de Dúrcal, hizo de puente entre ambos personajes

Alfonso XIII y Francesc Cambó. Leticia Bosch-Labrús y Blat, duquesa de Dúrcal, hizo de puente entre ambos personajesEFE

Culta y moderna (había conocido a los grandes del momento como Marcel Proust), fueron muchas las ocasiones en las que el monarca acudió a ella para mover sus contactos en una Barcelona que tanto le preocupaba y en la que le era esencial contar con el apoyo de la gran burguesía. Ese fue el caso el 15 de noviembre de 1918, cuando don Alfonso mantuvo una conversación con ella, previa a una segunda con Cambó, en momentos en los que el monarca temía que las revueltas sociales de la Revolución de Octubre en Rusia se extendiesen a Catalunya. Un año antes, también había sido ella quien, a través de Cambó, había salvado de la cárcel al astro de la danza moderna, Vaslav Nijinsky, detenido por la policía en Barcelona por incumplimiento de contrato acusado por su amante y mentor Sergei Diaghilev. Para entonces, ella y Fernando Dúrcal habían tenido dos hijas, María Cristina y Leticia, nacidas en Madrid en 1913 y 1915, pero, para mortificación suya, su matrimonio iba a la deriva.

El duque mantenía una relación adulterina de dominio público con la bailaora Pastora Imperio, por entonces separada del torero Rafael Gómez (“el Gallo”), con quien, se decía en los mentideros, se encontraba en un piso de la calle Alcalá, propiedad de la Corona, junto al Casino de Madrid. Una situación de la que Leticia decía penar en sus cartas a Jimmy Alba, con quien compartía confidencias, y que se agravó en 1920 con el nacimiento de la única hija de Pastora, Rosario Gómez Rojas, hija del duque y futura esposa del también torero Rafael Vega de los Reyes (“Gitanillo de Triana”).

⁄ Una vez en Madrid con su marido, representó los nuevos valores éticos y estéticos del modernismo y de la Renaixença

El desvío se instaló en la pareja, y ambos emprendieron vidas cada vez más separadas en un rosario de viajes continuos. Ella, a París, Londres, Biarritz, Carlsbad o Saint Moritz, lugares de encuentro de la gran sociedad internacional del momento. Era necesario –recuerda altiva en sus memorias – ser rico para ir a Saint Moritz, joven para soportar la altura, y así quedaban alejadas las dos fases más tristes de la vida: la pobreza y la vejez, y todo ese aspecto mediocre de las ciudades compuestas de todo lo contrario, pequeña burguesía, proletarios, gentes de ideas provincianas. Por eso, cada vez que bajaba de Saint Moritz se tenía la impresión de bajar a la realidad después de unos meses de sueño dorado.

Puente esencial entre la burguesía catalana y los círculos de poder en la corte, en 1919 fue nombrada dama de la reina Victoria Eugenia, en momentos en los que su ascendiente sobre el rey, de quien se rumoreaba ampliamente que era amante ocasional, la acercaban a la camarilla de don Alfonso. Un grupo de gran, y perniciosa influencia, liderado por el poderoso marqués de Viana, en el que se hablaba de sus intrigas y era la salsa de todos los guisos. Su relación con el rey la colocó en una posición tensa con la reina, cada día más aislada y víctima de la maledicencia de ciertos círculos de palacio. Hasta se habló del posible rol de la Dúrcal como regia alcahueta, emulando en ello a aquella otra amiga de la intriga de alcoba que era doña Sol, la duquesa de Santoña hermana del duque de Alba.

Conexión con círculos intelectuales

En 1922, Hermenegildo Anglada Camarasa pintó a Leticia en un magnífico retrato con fondo floral exuberante y lleno de colorido, que hoy se conserva en el Museo Reina Sofía,y fue ella quien infundió en Cambó el interés por su obra. Mientras, su marido terminaba de dilapidar su fortuna y se entregaba a una vida de francachelas dentro y fuera de España, dejando a su paso un reguero de deudas, acreedores y facturas impagadas en hoteles de lujo. Viajes acompañado de un falso noble junto a quien vendía cuadros, tapices y objetos de valor procedentes de su familia, pero también revendía automóviles y hasta traficaba con estupefacientes. En 1925 sus acreedores le abrieron un proceso judicial en Londres por 14.521 libras y, dos años después, fue detenido en Fontainebleau acusado de robo, estafa y vagabundeo. Condenado a tres meses de cárcel, su caso llegó al Consejo de Ministros y el embajador de España en Francia tuvo que aclarar que la Casa Real había cortado toda relación con él.

Fotografía de grupo tomada en 1921 en la boda de su cuñada María Cristina de Borbón y Mádan. La duquesa de Dúrcal aparece de pie, a la izquierda 

Fotografía de grupo tomada en 1921 en la boda de su cuñada María Cristina de Borbón y Mádan. La duquesa de Dúrcal aparece de pie, a la izquierda Archivo

Una gran vergüenza para Leticia, que luchó por obtener una custodia de sus hijas, muy difícil en aquel tiempo en su calidad de mujer, hasta conseguir, con gran destreza, declarar como tutor de las jóvenes al director de los almacenes El Águila. Algo a lo que quizá no fue ajeno el rey Alfonso quien, en noviembre 1926, concedió a su hermano Pedro el vizcondado de Bosch-Labrús en reconocimiento a los méritos de su padre. Cada vez más cercana a Jimmy Alba, los Peñaranda y otros elegantes como Blanca de Borbón, marquesa de la Dehesa de Velayos (nuera de Romanones), con quienes se encontraba en Montreux, Saint Mortiz y Davos, ella fue uno de los grandes consuelos de Rosario de Silva y Gurtubay, marquesa de San Vicente del Barco y esposa de Jimmy Alba, severamente enferma de la tuberculosis que en unos años causaría su triste final.

Una relación muy estrecha con Alba, desde 1923 presidente de la Junta de Relaciones Culturales, que le facilitó entrar en contacto con un nutrido grupo de figuras principales del mundo del arte, las letras y la intelectualidad como Manuel Benedito, Ignacio Zuloaga, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón o el marqués de Lozoya, pero también con gentes de la escena y del toreo como Juan Belmonte o Domingo Ortega. Sin embargo, su gran golpe de efecto fue la orquestación del matrimonio de su hija mayor, María Cristina, con el multimillonario diplomático de origen boliviano asentado en París, Antenor Patiño, conocido como “el rey del estaño”. Una boda celebrada por todo lo alto en Madrid el 8 de abril de 1931, que las malas lenguas apodaron “la Venta de la Rubia” en alusión a la famosa finca de Alcorcón a la que el rey iba a montar y a cazar.

Momentos de gloria que, seis días después, se trocaron en desconcierto cuando la tarde del 14 de abril el rey abandonó España para no volver jamás. Una noche aciaga en palacio, con la reina, el príncipe de Asturias y los infantes solos al albur de los acontecimientos, durante la cual, según Carlos Seco Serrano, Leticia se acercó al alcázar para dar consuelo a los tristes miembros de la familia real. Caía la monarquía, periclitaba el poder y la presencia de la nobleza y, aunque ella intentó mantener sus posturas liberales, en 1936 ya financiaba el grupo monárquico derechista Renovación Española. Un giro a posiciones más conservadoras favorecido por sentirse atrapada, tras el comienzo de la guerra, en el peligroso Madrid republicano y por el asesinato, por las hordas marxistas según consta en su lápida, de su hermano Pedro el 25 de julio de 1936.

Una imagen de la duquesa de Dúrcal, ya en los años veinte del siglo XX, y luciendo traje de corte 

Una imagen de la duquesa de Dúrcal, ya en los años veinte del siglo XX, y luciendo traje de corte Archivo

Tras distintas peripecias, logró salir de la capital y se fue a Sevilla, donde se reencontró con otros huidos como los Peñaranda y pasó allí el resto de la guerra en la que, el 30 de enero de 1939 su sobrino Pedro, alférez de complemento de caballería, también fue asesinado. La contienda y los infortunios la habían unido aún más a Jimmy Alba, con quien mantenía correspondencia continua. Una amistad que supo utilizar para, en 1940, sacar de prisión a su amigo el marqués de Marianao acusado de masón y de colaboracionista con el gobierno de la República.

Alejamiento de la familia real

Ese mismo año partió hacia Roma para asistir a la boda de su segunda hija, Leticia, con el noble italiano Paolo Venturi Ginori Lisci, marqués de Riparbella, ocasión que quizá aprovechó para visitar al envejecido rey Alfonso en el Grand Hotel. Su marido el duque falleció en Madrid, el 29 de marzo de 1944, tras haber desaparecido completamente de la crónica social. Para entonces, y tras el fin de la segunda Gran Guerra, su relación con su hija mayor, entregada a la vida del gran mundo en París, se había enfriado, su otra hija se había instalado en Florencia y ella se había alejado de algunos de sus sobrinos por un desencuentro pecuniario. No obstante, seguía siendo una figura icónica de referencia, en Madrid y en Barcelona, aunque su alejamiento de la familia real se hizo patente como consecuencia de sus intrigas del pasado.

⁄ Culta y moderna, pronto conectó con círculos intelectuales, pero perdió influencia al caer la monarquía

Elegante y distinguida hasta el final, en su vejez continuaba viviendo en Madrid, en la calle General Pardiñas, e iba sola todos los veranos al Hotel Palace de Saint Moritz. Allí, en un entorno de lujo propio de otros tiempos, coincidía con gentes de posibles de la sociedad internacional e, incluso, con algunos catalanes como los Soldevila o la condesa de Valle de Marlés. Fernando Díaz Plaja, que la conoció al final de su vida, la refleja con sus noventa años espléndidamente llevados y recordando, ácidamente, los viejos tiempos de los poco lucidos almuerzos en palacio, en los que se comía mal porque ni el rey ni la reina eran verdaderos gourmets. Su bastón en sus últimos años, y el receptor de su legado, fue su sobrino Gonzalo Crespí de Valldaura, conde de Orgaz, heredero de sus misteriosas memorias que nadie ha sabido encontrar. Falleció en Madrid el 29 de noviembre de 1991 y su féretro fue trasladado al panteón familiar del cementerio de Poble Nou, donde yace olvidada pero merece ser rescatada para la historia.

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Ricardo Mateos Sáinz de Medrano (Madrid, 1961) es autor de numerosos libros sobre la historia de la Familia Real española, desde el siglo XIX hasta nuestros días. El último, 'Francisco de Asís de Borbón, el rey consorte' (Almuzara), junto a Jonatan Iglesias Sancho

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