La experta advierte que la preocupación por la salud, tanto propia como de un familiar, puede generar una especial vulnerabilidad ante cualquier mensaje que prometa una solución o una mejoría
Nunca había existido tanto acceso a información sobre salud, alimentación y bienestar. Pero esa aparente ventaja viene acompañada de un problema y es que cada vez es más difícil distinguir la evidencia científica del mito. Y es que en redes sociales, una recomendación basada en evidencia científica puede convivir con un mito, una interpretación interesada o una afirmación sin ningún respaldo. Y todas pueden presentarse con la misma seguridad y llegar al mismo tiempo a millones de personas.
El problema no es solo que circule información falsa, sino que cada vez resulta más difícil distinguirla. La preocupación por el bienestar propio o el de un familiar puede llevar a dar credibilidad a mensajes que prometen soluciones sencillas, alimentos milagro o métodos capaces de prevenir o curar determinadas enfermedades. “Ahora estamos más informados, pero se entremezcla información con evidencia científica y la relacionada con mitos o nuevas corrientes que aparecen”, advierte la biotecnóloga y divulgadora científica, Lucía Almagro.
El peligro de la desinformación sobre ciencia en redes socialesLa experta advierte de que la “problemática real”, por un lado, es que hay muchas personas que “emiten mensajes con total seguridad sin tener ni información ni conocimiento sobre ello”, y por otro, es que “las personas que reciben mensajes sobre estos temas no saben distinguir qué es real y qué no lo es, ni tampoco saben qué cuenta con evidencia científica y qué no”. A esta dificultad se suma ahora la inteligencia artificial, capaz de generar contenidos que aparentan rigor científico e incluso inventar referencias o evidencias que nunca han existido.
La facilidad con la que se propaga la desinformación sobre salud tiene, en parte, una explicación en la propia naturaleza de las cuestiones relacionadas con el bienestar. La preocupación por la salud, tanto propia como de un familiar, puede generar una especial vulnerabilidad ante cualquier mensaje que prometa una solución o una mejoría.
Lucía Almagro
Biotecnóloga
“Las personas con una preocupación intensa, tanto lo bueno como lo malo lo cogen con mucha energía y, en alguna situación más desesperada, confías en cualquier cosa con tal de ver si esto mejora”, reflexiona. Estas situaciones pueden llevar a aceptar recomendaciones sin dedicar el tiempo suficiente a razonarlas, contrastarlas o consultar con los profesionales adecuados.
Una de las principales señales de alarma, según Almagro, es “que la afirmación y la seguridad con la que se emite el mensaje son absolutas”. En este sentido, recuerda que las personas que hablan desde la ciencia y respaldándose en conocimientos científicos “sabemos que no existe la verdad absoluta porque la ciencia cambia y evoluciona, y lo que hoy puede ser una cosa, mañana puede transformarse en otra por nuevos descubrimientos”.
Lucía Almagro
Biotecnóloga
De ahí que las normas excesivamente rígidas o las afirmaciones categóricas sobre lo que debe o no debe hacerse con la salud resulten especialmente sospechosas. “Las personas que dicen verdades absolutas y sin margen, con unos límites muy marcados y con unas normas muy estrictas y muy claras, normalmente tienen que hacer sonar la alarma, pensar que algo no cuadra, porque normalmente un científico no se comunica así”, remarca.
Almagro asegura que se cometen muchos errores al interpretar la información científica, pero destaca que “lo más preocupante” es la ansiedad que genera en la sociedad “escuchar cosas nuevas y cambios de rumbo para experimentar y probarse, y todo está relacionado con la preocupación por la salud y por estar bien”.
Esa necesidad constante de experimentar puede acabar trasladándose a decisiones tomadas a partir de mensajes vistos en redes sociales, sin ningún tipo de contraste previo. El riesgo aumenta cuando se trata de recomendaciones que pueden tener consecuencias directas sobre la salud. “Lo que más miedo me da son las comunicaciones que se hacen de forma directa, hablando sobre cómo tomar el sol o beber hipoclorito de sodio, que puede ser una decisión muy sencilla”, añade.
Lucía Almagro
Biotecnóloga
Además, se mantiene la búsqueda de alimentos considerados milagrosos y de ingredientes presentados como especialmente perjudiciales. No es un fenómeno nuevo, pero sí ha cambiado la manera en que estos mensajes llegan al público. “Siempre ha existido, pero el acceso a estas cosas no estaba de forma tan directa o solo le llegaba a las personas que se interesaban de verdad”. Sin embargo, ahora, aunque no se busque, “el contenido en redes sociales te encuentra a ti, y el porcentaje de población preocupado ha incrementado”.
Destaca que la parte “positiva” de esto es que la gente joven tiene unos hábitos cada vez más saludables, aunque apunta que la otra cara de la moneda “es la obsesión y la ansiedad por cumplir las millones de normas para cumplir con la imagen de perfección que se ve en redes sociales, pero sin ser real”. En este sentido, señala que es importante enfocarlo desde la flexibilidad porque “la ansiedad y el estrés que te provoca tener que cumplir todo esto es incluso peor que no haberte tomado ese kéfir maravilloso que te cambia la microbiota”.