MÁS de 20.000 migrantes han entrado en España a través de la frontera de Ceuta, según las fuerzas de seguridad. La imagen fue la del caos más absoluto ante la impotencia de la ciudad autónoma. Volvió a poner de manifiesto que el Gobierno del Reino reacciona –como acostumbra– tarde y mal. No es que Ceuta no tenga capacidad para atender una avalancha así. Es que España no puede asumir sin más un volumen semejante de inmigración irregular. No rechazo un flujo migratorio que resulta necesario para la productividad española, pero no cabe semejante nivel de descontrol. El Gobierno enviará ahora al Ejército, cuando la dotación de policías y guardias civiles era insuficiente. Tarde y mal, lo dicho. Es el mismo Ejecutivo que tiende a ideologizar cualquier problema sin ofrecer soluciones eficaces. Los incendios pavorosos de este verano no son consecuencia exclusiva del cambio climático: también son el resultado de años de abandono de la gestión forestal.
La política del presidente que prometió levantar un muro frente a la extrema derecha se ha convertido, paradójicamente, en una eficaz máquina de generar expectativas de voto para Vox. Es verdad que el débil liderazgo de Alberto Núñez Feijóo también actúa como catalizador. Pero episodios como el de Ceuta alimentan el rechazo cerril y xenófobo al extranjero porque vulneran la legalidad y proporcionan munición a los extremistas.
Toda esa realidad chocó de bruces con el balance del curso político que Pedro Sánchez presentó el martes. Un panorama incompatible con el relato narcisista que desplegó desde la tribuna.
En 75 minutos de discurso sólo hubo espacio para una España idealizada: una nación sin sombras, sin errores y sin responsabilidades pendientes. La corrupción quedó fuera del cuadro y los escándalos que afectan a su entorno parecieron evaporarse por la simple fuerza de su relato: como si el Ejecutivo pudiera absolver a investigados y condenados.
El narcisista no interpreta la realidad: la moldea hasta que encaja con el reflejo que desea contemplar. Se siente por encima de las reglas que impone a los demás, confunde el interés general con el suyo propio y recibe cualquier crítica como una injusticia o una agresión. Por eso necesita rodearse de admiración, negar la evidencia incómoda y construir un relato que siempre le absuelva. Pero la realidad tiene una virtud que los narcisistas nunca aceptan: no desaparece porque uno deje de mirarla.
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